90. Nuestro olivo
El camino de subida hacia el montecillo me conmovió los sentidos y los sentimientos. No era la primera vez que lo recorría, pero no recordaba que el montículo estuviera lleno de olivos. Me sorprendí y, al tiempo, me desplació; considerando que eran oliveras abandonadas que daban olivas nuevas, pensé: “Cuánto fruto malmetido, cuántas bocas hambrientas lo aprovecharían…” A pesar de este primer momento triste, los olivos me proporcionaron otros mucho mejores.
Volví a comprobar que estos árboles tienen un color especial: una rota tonalidad, entre verde, gris y plateado, según como se posa el sol, que me enamora. Así, los olivares dan al paisaje un aire misterioso, encandilador y, a veces, agresivo. Es decir, lo visten de cierta majestuosidad. No en vano son el símbolo de la paz y de la fuerza: dos grandes palabras.
Este verduzco oliva, cuando se difumina con el marrón de los troncos, y con el azul del cielo, hace, también, de estos, unos matices peculiares. Entonces, sobreviene una armoniosa amalgama, a la cual, si se le suma el silencio, nace la tranquilidad. Los olivos de mis, de tus, amores… ¡Llego a casa, al atardecer, y te hallo podando nuestro único olivo, querido Oliver!



