263. Olores a raíces
Hacía décadas que Lola no pisaba las calles del pueblo. Unos días antes, le había llegado una carta anónima. Decía algo sobre las tierras de su familia, asuntos pendientes que debía atender. Nada más, pero suficiente para hacerla volver. Se quedó mirando la carta durante horas, preguntándose si debía responder o ignorarlo, como lo había hecho con todo lo que la conectaba a su pasado. Cuando se marchó, se prometió no regresar jamás, alejarse del calor sofocante, de la tierra seca, de los interminables campos de olivos. Incluso dejó atrás su acento, como si borrarlo la acercara más a la vida urbana que tanto ansiaba.
En los años 70, la ciudad parecía prometer todo lo que el campo no podía: futuro, trabajo, comodidad. Y por un tiempo, creyó que así sería. Las grandes avenidas, el ritmo frenético, las luces que nunca se apagaban, todo parecía señalar que había tomado la decisión correcta. Pero, con los años, se dio cuenta de que las capitales llenas de desconocidos y edificios de metal no llenaban el vacío. El eco del asfalto no resonaba igual que el susurro de los campos, y el olor a café y a gasolina no reemplazaba el perfume del aceite fresco y la tierra húmeda tras la lluvia. Lo que ahora le faltaba, lo que realmente daba sentido a su vida, había quedado en algún lugar entre aquellos campos de olivos y las manos ásperas de la gente del pueblo.
Ahora, más de cuarenta años después, volvía. El taxi se detuvo frente a la casa de su tía, que seguía tan inmutable como la recordaba, aunque el peso del tiempo se notaba en los detalles, las tejas desgastadas y las paredes desconchadas por el sol implacable. Desde fuera, parecía como si nada hubiera cambiado, pero Lola sabía que todo era distinto. Respiró profundamente y de inmediato le llegó ese olor familiar, la tierra, el aceite, las hojas de olivo. Bajó las maletas, fue recibida con un abrazo cálido de su prima, que ahora vivía en la casa de la tía, y tras unas palabras amables, salió a caminar, incapaz de contener el impulso de enfrentarse a esos recuerdos que llevaba tanto tiempo guardados.
Se dirigió al bar del pueblo, esperando ver algún rostro conocido, algún vestigio de su infancia. Pero lo que encontró fue desolador. El bar, que antes era el centro de la vida social del pueblo, estaba prácticamente vacío. Solo un hombre de mediana edad estaba detrás de la barra, limpiando la vajilla con una delicadeza casi obsesiva. No le conocía, y eso le resultó extraño; tantos años fuera del pueblo le habían pasado factura. Recordaba aquel bar como el corazón de sus tardes de adolescencia, lleno de risas, futbolines y meriendas improvisadas con aceitunas, pan y aceite. Cada rincón evocaba una escena, una conversación, un trozo de vida que había dejado atrás. Pero el tiempo lo había cambiado todo. Bueno, no todo: aquel cuadro que colgaron sus amigos en la pared seguía intacto, con las firmas de cada uno de ellos, una de ellas le resultó extrañamente familiar.
Salió a la calle con un nudo en la garganta. Necesitaba ver los campos, comprobar con sus propios ojos lo que quedaba de ellos. A medida que caminaba por los viejos caminos polvorientos, o más bien lo que quedaba de ellos, se dio cuenta de que el paisaje era otro. Los olivos, antaño robustos y llenos de vida, ahora parecían cansados. Las hojas, que solían brillar con un verde plateado al reflejar la luz del sol, estaban amarillentas y quebradizas. Las aceitunas, arrugadas, colgaban como recuerdos de la cosecha que nunca fueron. Le dolía verlos así, a medio morir, como si los olivos también sintieran el abandono y el paso del tiempo.
Recordó entonces las tardes de otoño, cuando con su madre recogían las primeras aceitunas de la temporada, guardándolas con cuidado para hacer aceite en casa. Ese momento, en el que las manos de su madre trabajaban con destreza en la molienda, era uno de sus recuerdos más vívidos. Su abuela solía decir: “Cada gota de aceite tiene el alma del olivo”, una frase que a Lola le hacía reír de niña, pues no entendía cómo un simple líquido dorado podía contener algo tan grande. Para ella, el aceite era solo aceite, un ingrediente más en las comidas de cada día. Pero luego, en la ciudad, todo cambió. Con el tiempo, y la distancia, fue consciente de lo que significaba. Cada vez que probaba el aceite, sentía que no solo el árbol, sino también las manos que lo habían cultivado, las que lo prensaron y hasta las del cocinero que lo servía, dejaban un pedacito de su alma en cada gota que saboreaba. Y en esas pequeñas gotas, encontraba un resquicio de lo que había perdido al dejar su hogar.
Al acercarse a uno de los olivos más antiguos, vio a una joven iluminada por los últimos rayos del día, agachada entre las raíces, trabajando con manos firmes pero delicadas. Lola la observó por un momento, sintiendo una mezcla de curiosidad y nostalgia. ¿Qué hacía alguien tan joven trabajando el campo? Se acercó lentamente, como si el sonido de sus pasos pudiera romper la quietud del momento.
—Perdona, ¿necesitas ayuda? —preguntó Lola, algo insegura.
La joven levantó la vista, sorprendida por la presencia de alguien más en los campos, pero le sonrió con agradecimiento. Era bajita y delgada, pero sus manos eran la evidencia de alguien acostumbrado a trabajar la tierra.
—Gracias, pero ya casi he terminado. Solo intento salvar lo poco que queda —dijo la chica, señalando el olivo y sus ramas secas.
—No me imaginaba encontrar a nadie aquí, y menos a alguien tan joven —comentó Lola, más como un pensamiento en voz alta que como una pregunta.
—Mi abuela siempre decía que el olivo lo es todo. Sin él, el pueblo muere. Ella se fue joven, pero de pequeña me contaba cómo era la vida aquí. Cuando crecí, decidimos venir a vivir juntas al pueblo e intentar revivirlo —dijo la chica, con un tono que mezclaba nostalgia y determinación.
Lola se agachó junto a ella, sintiendo cómo una brisa suave rozaba las hojas. La conversación, aunque desgarradora, continuaba. La joven, que se presentó como Vero, le contó cómo las sequías y los incendios habían convertido el cultivo del olivar en una lucha diaria. El agua escaseaba, las aceitunas apenas crecían, y las pocas que sobrevivían no bastaban para producir el aceite que antes sostenía al pueblo. Muchos se vieron obligados a mudarse a otros lugares. Lola sintió una punzada de traición hacia sus propias raíces, la misma que había sentido años atrás cuando su amiga de la infancia se marchó a la ciudad antes que ella y la dejó atrás. Esa marcha fue una de las causas por las que decidió abandonar el pueblo.
Después de esa charla, el silencio que siguió fue casi palpable. Se quedaron un rato largo viendo como el atardecer daba paso a la oscuridad de la noche. Entonces Vero rompió el momento.
—¿Te apetece ir al bar? Es lo único que aún sigue abierto en el pueblo.
Lola asintió, agradecida por el cambio de tema. Al llegar al bar, pararon delante del antiguo cuadro que Lola ya había visto. Vero se quedó mirando el rostro de aquellas personas que un día fueron niños, después de analizarlo un rato, señaló decidida una de las caras.
—Mira, ahí está mi abuela —dijo Vero, señalando a una figura borrosa en la esquina de la imagen—. Esta foto es de hace muchos años, cuando ella era joven. Solía venir mucho a este bar.
A Lola no le sorprendió, en el pueblo no eran muchos. Se acercó a la imagen con el fin de reconocer aquel rostro difuso. Pero el paso de los años y la mala calidad no se lo permitieron.
Pasaron unos minutos más de conversación, hablando del futuro incierto del pueblo, del esfuerzo que se necesitaría para volver a revivirlo. Cuando, de repente, la puerta se abrió, entró una señora mayor, con el rostro tapado en un intento de abrigarse del frío que la noche traía. Al acercarse, Vero la saludó con una sonrisa.
—¡Abuela! —exclamó Vero—. Mira, esta es Lola, vino para ver cómo estaban las tierras.
—Hola Lolín —dijo la mujer, casi en un susurro, antes de darle un par de besos, como si el tiempo no hubiera pasado.
Lola sintió que todo su cuerpo se estremecía. Hacía siglos que no escuchaba ese mote. Se lo puso esa amiga de la infancia a la que tanto rencor tenía por haber salido del pueblo antes que ella. De repente, todo encajó. Vero era la nieta de aquella amiga. La imagen borrosa en la foto era ella, la firma que tan familiar le resultaba, era la de la carta que había recibido. Era Carmen.
Carmen se sentó al lado de Lola y antes de que esta pudiera decir nada, empezó un discurso que casi parecía preparado:
Sé que han pasado muchos años desde la última vez que hablamos y que no tenía derecho a hacerte regresar al pueblo del que ambas huimos. Sin embargo, sentía que había algo dentro de ti que te llamaba de vuelta. Seguro has visto cómo está todo, cómo estamos todos. Las cosechas son casi imposibles, y el pueblo está a solo un par de años de vaciarse por completo. Pero yo sola no puedo hacer nada para intentar levantarlo. Aunque parte de las tierras son de tu familia, ya hace tiempo que nadie se preocupa por ellas. No importa. He visitado otros pueblos, asistido a charlas, leído libros… y creo que la mejor manera de devolverle el favor a estas tierras es recibirlas de nuevo. Y me parece que el oleoturismo puede ser la clave.
Lola se quedó sin palabras. ¿Oleoturismo? Claro que deseaba que el pueblo volviera a ser lo que fue, pero no entendía a qué se refería Carmen.
Verás, Lola, si la gente comienza a venir y a probar el aceite de otras temporadas, se darán cuenta de que vale la pena invertir en el campo. Además, reconoceremos el esfuerzo de nuestros padres y abuelos, quienes pasaron tantas horas bajo el sol y el frío recogiendo aceitunas. Así, podremos reunir el dinero suficiente para mejorar el riego, sobrevivir a las sequías y establecer planes para prevenir incendios.
Mientras las palabras de Carmen resonaban en su mente, una mezcla de emociones la invadió. La nostalgia por los días perdidos se entrelazaba con una chispa de esperanza que no había sentido en años. Aquella conexión con su pasado, con sus raíces, la llenaba de una calidez reconfortante. Miró a Vero y a su abuela, dos generaciones que, a pesar de la distancia, compartían la misma pasión por el pueblo y sus olivos. Con un renovado sentido de pertenencia, se sintió lista para enfrentar el pasado y construir un futuro que honrara a su pueblo, a su familia, y, sobre todo, a sí misma.



