261. El Guardián
En el antiguo campo sembrado de olivos, había un olivo tan viejo como el tiempo mismo. El guardián del olivo era un elfo sabio que arrastraba su milenaria barba cuando marchaba por el pedregoso camino. Era tan respetado y admirado que los jóvenes elfos procuraban seguir su ejemplo, poniendo todo el empeño en cuidar las ramas, los frutos y los sueños del árbol que a cada uno se le había encomendado.
Noll era uno de estos elfos, tan joven que no llegaba a los cien años. Pasaba los días revisando el envés de cada hoja y hasta el último rincón de la corteza de su olivo protegido; por las noches, se escondía detrás de un brote o de una aceituna, y vigilaba con sólo la luna de compañía. Solían surcar cirros finos en el cielo, haciendo que las luces nocturnas jugueteen como en un teatro de sombras. Él, ya habituado a la función, nada más descansaba la vista y suspiraba de a ratos. Esa noche sin embargo, el juego de luces y sombras, más allá de las ramas, le pareció materializarse, como si ya no fuera un simple haz de luz etéreo. Pero, ¿podía decirse que aquello no era etéreo? No supo en ese entonces si eran pétalos que sacudió la brisa, o el vaivén reflejado de un hilo de agua, o el centelleo ilusorio de un espejismo. Comprobó que no era nada de ello sólo después de ver un rostro redondo con ojos grandes como flores de nomeolvides, cuya mirada lo hizo estremecerse, aún sin saber por qué. Reaccionó recién cuando aquella aparición batió sus desflecadas alas, alborotando el aire en torno suyo, y desapareció.
Al amanecer aún se encontraba atontado y sin poder explicárselo, cuando volvió a la realidad repentinamente al descubrir innumerables surcos en las hojas de su olivo. Tal escenario era, para un guardián, poco menos que catastrófico, y quizás Noll hubiese entrado en un lapso frenético intentando deshacerse de la recién descubierta plaga cuanto antes, de no ser porque de pronto se oyó distante un ruido y enseguida se precipitó a tierra una lluvia tan insistente que hubo de refugiarse en su hogar, dentro del tronco del olivo. Tuvo, entonces, tiempo de pensar el asunto con calma, y arribó a suponer que la plaga se relacionaba con la aparición de esa noche. Aguardó primero a que terminara la lluvia, lo cual ocurrió, como por un capricho, ya entrada la tarde; luego se aprestó a hacer guardia, proponiéndose enfrentar aquella visita no deseada.
Cuando cayó la noche, sin embargo, no hizo falta siquiera que la buscara, ya que la criatura apareció mansa y sutil frente suyo, como si no fuera más que un juego. Noll supo, entonces, que estaba en lo cierto: ella era tan pálida como la muerte, con ojos a la vez intimidantes, a la vez ridículamente tiernos, con alas que de mirarlas demasiado cegaban la vista con sus reflejos plateados. La voz de la visitante rompió el silencio como si fuera una débil campana de cristal.
-Soy Pray –dijo.
Noll observó con rostro consternado y perplejo. ¿Se habría visto antes, o siquiera alguien hubiese imaginado, que un hada guardiana de las polillas se presentase con tanto descaro frente al guardián de la planta de la que ella era plaga?
Y sin embargo, por más que escudriñó el rostro del hada, Noll no vio sino inocencia en ella.
Estaba demasiado molesto y contrariado, no obstante, de modo que la empujó para seguir de largo, y sin voltearse, simplemente le advirtió que no se meta con su árbol.
El elfo no volvió a verla aquella noche, pero a la mañana siguiente hubo más surcos en las hojas del olivo. Al atardecer, Noll se encontraba frustrado por obvias razones y, también, por el hecho inexplicable de no poder apartar de su cabeza el rostro pequeño y pálido del hada. Entonces ella apareció, frente a él, con una naturalidad que lo sacó de sus casillas.
-No me has dicho tu nombre –dijo enseguida Pray, y Noll sintió que iba a explotar. Ella siguió hablando, empero, sin darle tiempo a reaccionar -Mis orugas necesitaban una casa, y tu olivo es tan frondoso y bien cuidado que me pareció ideal.
Noll ya estaba rojo de la ira. ¿Acaso se estaba riendo de él? Pero entonces vio la sonrisa ingenua de ella y se bloqueó por un segundo. Tomando aire, muy luego, le dijo con toda la calma que le fue posible que no toleraría que ninguna oruga se quedase allí ni mucho menos que se alimentase del olivo. Pray puso cara triste y preguntó de qué vivirían sus orugitas, a lo que Noll replicó que no era asunto suyo, y dio por cerrada la discusión.
Pero la realidad es que el asunto no acabó ahí. No sólo sucedió que cada mañana, Noll se encontraba con más y más surcos en las hojas, sino que además Pray llegaba cada noche para hablar con él como si fuesen amigos. Podría decirse que el único motivo por el Noll no perdía del todo sus estribos era porque al parecer Pray había indicado a sus orugas que comieran sólo cierto sector del olivo, de modo que la mayoría de las ramas se vieran libres de la depredación; al tiempo que recogía y ofrecía las hojas caídas a sus gusanitos, de manera que Noll no se viera tan molesto. Pero él seguía molesto de cualquier forma, porque ciertamente no era lo que quería y, por otra parte continuaba, por alguna razón, sin poder dejar de pensar en Pray todo el día.
Sea como sea, el hada era de conversación agradable e inteligente, así que en el silencio y soledad del olivar nocturno, a Noll no le quedaba otra que escucharla. Parece a Pray le gustaba demasiado hablar, por lo que incluso, con pura paciencia y habilidad, enseñó a sus orugas a formar palabras con sus surcos en las hojas, de modo que ahora Noll no sólo oía sus monólogos durante noche sino que también se topaba con sus mensajes durante día.
“Creo que esta noche va a llover, así que llegaré un poco tarde”
“Llevaré algo de comer hoy, ¿te gustan las setas?”
“Qué pena que ya llegue el verano, detesto el calor”
Noll llegó a habituarse tanto a estos mensajes que, a su pesar, se desilusionaba cuando Pray no le dejaba ninguno, aunque, naturalmente, jamás iba a admitirlo.
Pasó algún tiempo, y fue entonces cuando el elfo, que ya se estaba acostumbrando a la presencia del hada y sus orugas, volvió a molestarse. Ocurrió que, de improviso, las orugas se convirtieron en polillas y, al poco tiempo, aparecieron nuevas orugas que hicieron caso omiso a las hojas y en cambio comenzaron a comerse los pimpollos y flores del olivo. Cuando Noll se lo reclamó, Pray expuso una dedicada explicación sobre los hábitos alimenticios de las distintas generaciones de las polillas del olivo. Noll se aburrió de escucharla y permaneció irritado durante algunos días (también estaba el hecho de que, sin orugas que hicieran surcos, ya no había mensajes escritos en las hojas). El hada, sin embargo, siguió educando a las orugas para que se alimentasen sólo de una parte del árbol, recogía los trozos de pétalos desechos que éstas dejaban a su paso y con ellos tejía intrincadas guirnaldas mientras tarareaba suavemente una desconocida melodía. Noll solía observarla sin saber qué pensar. En una ocasión ella levantó la vista y sus miradas se encontraron. Noll volteó avergonzado.
-¿Quieres que te teja una guirnalda?-preguntó Pray enseguida.
-¿Qué? Claro que no. ¿Por qué querría eso? -se enfureció Noll.
Pray quedó observándolo tan fijamente que él, muy a su pesar, volvió a hablar con tal de romper el silencio incómodo:
-Sólo me preguntaba…qué es eso que estabas susurrando…
-Oh, ¿eso? Lo oía de niña, cuando vivía entre las zarzas al otro lado del monte. La brisa que pasaba entre los espinos producía un particular sonido y yo fantaseaba con que era una canción de cuna hecha para mí.
Pray dijo esto último con un dejo de tristeza. Noll se sintió aún más incómodo.
-¿Dónde aprendiste a tejer? -atinó a preguntar al cabo de unos minutos. No es que tuviera ganas de conversar, ni mucho menos, pero ver a Pray triste lo entristeció también, sin saber por qué.
Pray le respondió de manera tan efusiva y detallada que Noll finalmente pensó que tal vez no debió haber preguntado. Sin darse cuenta, comenzó a cabecear, y se quedó dormido. Despertó al oír que Pray lo llamaba. Había amanecido.
-Ya me voy –dijo ella –se que dijiste que no querías una guirnalda, pero te tejí una de todas formas.
Y sin darle tiempo a reaccionar le ensartó una diadema de pétalos en la cabeza.
-¡Ahora tenemos el mismo tocado! -exclamó a la vez que se coronaba a si misma con otra guirnalda- ¡Bueno, adiós!
Noll la observó irse, aún medio dormido, y no acertó a decir nada.
-Rayos –exclamó al fin –Yo le pedí que me contase dónde aprendió a tejer, ¿y me quedé dormido? ¿qué habrá pensado de mí?
Continuó mascullando esto mientras se disponía a realizar sus tareas matutinas, cuando se detuvo en seco.
-Un momento. ¿Por qué me preocupa lo que ella piense de mí? ¡Si al fin y al cabo, no es más que una molestia!
Sus reflexiones se interrumpieron cuando el elfo de un olivo cercano pasó por allí y al verlo rió:
-¡Ja, ja, Noll! ¿Qué te pusiste en la cabeza? ¡No sabía que te gustaban esos accesorios!
-¿De qué habla? – se preguntó Noll mientras el elfo se alejaba.
Entonces lo recordó, y de un tirón, se quitó la guirnalda de la cabeza.
-¡Qué humillante…!
Pero entonces sus ojos se clavaron en la corona: por la sacudida se había roto.
-¡Oh, no! Pray se pondrá triste si ve est…no, espera, ¿a mí qué me importa?
Y arrojó la guirnalda al suelo.
Mas, al fin y al cabo, terminó recogiéndola, y dentro de su hogar en el interior del árbol, intentó repararla trabajosamente. Como de costumbre, Pray llegó al atardecer.
-¡Noll! ¡No traes puesta tu corona!
-La guardé en mi casa –respondió él, cortante.
-Sabía que no ibas a querer usarla, es una pena –sonrió el hada.
Noll la miró por un segundo y se volteó.
Aquella noche transcurrió como de costumbre, Pray hablando hasta por los codos y Noll apoyado en el tronco del olivo, perdido en sus pensamientos. Estaba molesto, porque había gastado toda la tarde en reparar la dichosa corona, y ni siquiera sabía porqué.
-Noll, ¿me estás escuchando?
-¿Eh? -exclamó él sacado de sus cavilaciones.
-Si estabas escuchándome.
Él no respondió. Miró aquel rostro coronado de flores, el cabello revuelto y esos ojos que lo estremecían tanto.
-Noll, ¿estás bien? Estás rojo.
-¿Q-qué?
-¿Tienes fiebre? ¿O estás enojado?
El elfo no supo decir nada.
-¿Te estoy molestando con mi charla? ¿Quieres que me vaya por hoy?
-¡No, no te vayas! -contestó Noll casi gritando.
Pray lo miró sorprendida.
-¡Quiero decir…! Eh… puedes quedarte, igual estoy habituado a que hables sin parar –se corrigió, volteándose e intentando parecer indiferente.
-Eh… ¿bueno? – respondió ella, confundida.
Cuando Pray se fue, Noll se escondió en el hueco del tronco, avergonzado.
-¿Qué rayos me está pasando?
Transcurrieron las semanas, los meses. Pray siguió siendo la misma. Noll, por su parte, evitaba dirigirle la mirada, pero se comportaba inusualmente amable sin siquiera darse cuenta. Una noche, pero, Pray encontró a Noll enfurruñando en un rincón del olivo.
-¡Noll! -exclamó en un susurro –¡Traje esto para cenar!
El elfo no respondió y sólo miró de reojo al hada que amistosamente le mostraba una tarta de malvavisco y una diminuta botella llena de rocío.
-¿Podrías dejar de actuar como si nada? -dijo finalmente con vos quejosa, mientras Pray se sentaba a su lado y comenzaba a cortar la tarta.
-No se a que te refieres –respondió cordial el hada -¿actuar cómo?
Noll no dijo nada y sólo se mordió los labios, irritado.
-¿Estás enojado? -continuó entonces Pray, haciendo que el elfo se crispe.
-¿Ves lo que pasó, no? -exclamó él, extendiendo el brazo hacia el “sector de las orugas”.
-¿Qué? ¡Ah! ¿Eso?
-¿Eso? Lo dices como si no fuera nada.
Había sucedido que las nuevas orugas se habían convertido asimismo en polillas y surgió la tercera generación de orugas, la cual se ensañó en comerse los frutos del olivo.
-Pero Noll, te había dicho con anticipación que eso ocurriría, ¿lo olvidaste?
– ¡No! Pero igual es irritante.
– No quiero que te enojes…
– No estoy enojado – respondió el elfo, ceñudo.
– ¡Mejor prueba un trozo de tarta!
– Escúchame, se que tus orugas necesitan comer. Pero se acerca la época de cosecha.
En este poblado de elfos, era tradición que durante el día culmen de la cosecha el anciano sabio recorriera lentamente el olivar, visitando los árboles y sus guardianes. Posaba su mirada reflexiva en cada olivo, daba consejos a su guardián y elogiaba la labor bien hecha. Para Noll, así como para todos los elfos, era una cuestión de honor enorgullecer con su trabajo al anciano, y ganarse el respeto de los demás elfos del olivar.
-Pero este año será difícil – finalizó Noll.
Pray quedó un instante en silencio. Luego exclamó:
-¡Tranquilo! ¡Yo me encargo!
Él contempló su cara sonriente y enseguida desvió la mirada.
El día de la cosecha, Noll se levantó al alba y con cuidado se dirigió hacia el “sector de las orugas”. Su plan era recoger todas las olivas mordisqueadas, de modo que el anciano no notara que las orugas habían estado haciendo estragos. Pero, con sorpresa, vio que no sólo las aceitunas mordidas ya no estaban, sino que las orugas habían desaparecido. Quedó pasmado por un momento.
– Pray… – murmuró.
Todo marchó como de costumbre. Junto a su comitiva, el anciano elfo hizo el recorrido habitual. Cuando llegó al olivo de Noll, contempló largamente su tronco, sus hojas, sus ramas, su copa, sus frutos. Finalmente se retiró sin decir palabra. Noll se sintió algo decepcionado, pero a la vez suspiró con alivio: al menos el sabio no había hecho ningún comentario negativo. ¡El silencio seguramente significaba su aprobación!
Por la noche se realizaba un festival celebrando la ocasión y como siempre, Noll asistió. La estaba pasando bastante bien hasta que en un momento oyó casualmente la conversación de un grupo de elfos vecinos:
-Parece que el sabio se llevó una gran desilusión.
-Bueno, si me lo preguntan, Noll parecía distraído últimamente.
-Ja, esto supuso una ventaja para mí. Él era mi principal competencia. Este año obtuve un buen elogio del anciano sabio.
-¿Quién hubiese dicho que el disciplinado Noll fracasaría así? Aunque no sea una competencia, terminó como perdedor.
-Es cierto. En realidad, dicen que es la primera ocasión en que el anciano se abstiene de hacer un comentario al inspeccionar los olivos.
-¿Enserio? ¡Vaya!
-Bueno, si hablamos de cosas vergonzosas, hace un tiempo vi a Noll con una corona de flores…
-¿Qué?
-¡Tal vez se le dio por estar a la moda en lugar de cuidar su olivo!
-¡Ja, ja!
Noll no pudo seguir escuchando. Huyó volando del lugar. Llegó al pie del olivo, lo contempló desde allí. Contemplo toda la rama dedicada al “sector de las orugas”: totalmente vacía, sin ningún fruto. ¿Cómo pudo permitir esto? ¿Por qué dejó que un hada de la polilla lo manejara de esta forma? ¿Cómo pudo creer que el silencio del anciano significaba aprobación? ¿Por qué se humilló así?
-¡Noll! -oyó exclamar de repente.
Era Pray.
-¡Me ocupé de lo que te prometí! ¿Recuerdas? ¡Recogí las olivas comidas y las orugas, y las llevé a otro lugar! ¿Cómo te fue en…?
-¡Tú! ¡Todo esto es tu culpa! – exclamó él tomándola del brazo y apretándole fuertemente la muñeca -¡No quiero volver a verte aquí, ni a ti ni a tus estúpidas orugas! ¡Vete!
-¿Eh? Pero…
-¡Que te largues!
Pray lo miró incrédula, sus ojos se llenaron de lágrimas, y huyó.
Los días siguientes Noll permaneció encerrado en su agujero. No tenía apetito, ni sueño. Pero, más que la humillación que había pasado, le dolía el vacío que sentía dentro suyo, y lo que había hecho en un momento de furia. Finalmente decidió visitar al anciano sabio.
-Señor- dijo al llegar- vine a disculparme. No he sido un buen guardián. Lo mejor sería que encargue a otro el elfo el cuidado de mi olivo, porque yo…
El anciano soltó una risa por lo bajo.
-Entonces, era lo que suponía.
-¿Disculpe?
-No dije nada en ese entonces, supuse que no querrías que se supiera. Dime, si encargo a alguien más cuidar de tu olivo, ¿tú que harás?
Noll permaneció en silencio. No podía decirle que iba a partir en busca de un hada guardiana de las polillas para pedirle perdón.
-Tráela aquí -dijo entonces el anciano.
-¿Traer?¿A quién…?
-Al hada. Les daré mi bendición. Y puedes seguir siendo el guardián de tu olivo. Lo comprobé durante el día de la cosecha. Unas cuantas orugas no harán daño a un árbol tan fuerte como el tuyo.
-¿Pero cómo es que supo…?
El anciano volvió reír.
-Hace milenios que me encomendaron como guardián de estas tierras, hijo. Es mi deber estar enterado.
Esa noche,Noll partió rumbo al zarzal, esperando poder hallarla. En medio del cielo nocturno, tropezó con el vuelo de alguien más. Era ella.
-¡Pray!
El hada apartó la vista.
-Ya me iba. Perdón por las molestias que te causé.
-¡No!-exclamó Noll, y entonces vio la muñeca enrojecida- Lo lamento…lo lamento mucho. Por favor regresa.- tartamudeó-Tus…tus orugas… necesitan de mi olivo…
Ella lo miró asombrada. Nunca antes lo había visto llorar.
-Pero, Noll…
-Y yo…yo te necesito a ti.
Fue así como contaron
que un lejano sembrado
un pedazo de cielo se
halló en un olivo.
Enemigos siendo amigos,
la armonía antigua
que se había perdido.
Aquella paz inverosímil
que promete el escrito ancestral,
quiso lo alto se volviese real
velado por el perenne silencio
en un olivar.



