241. Los olivos de los abuelos

Mercedes Pailles

 

Los árboles son el interminable esfuerzo

 de la tierra por hablar al cielo que la escucha

Rabindranath Tagore

A mi tía abuela

 

Teresa nos envió unas fotos de los dedos de papá. Las diez puntadas en cada mano y su caída desde cuatro metros de altura, lo emparentaba con los olivos. Justo cuando las imágenes fotográficas ondulaban entre mi alma presagiando la inmensidad guerrera de mi padre, el aroma de los olivos me envolvió. Sus abuelos los habían plantado y así como ellos, mi padre se adaptaba a las condiciones climáticas del instante. Las historias de sus parientes resonaban, “Su rusticidad hace que sobrevivan a condiciones tan desfavorables como las intensas y recurrentes sequías”. Papá podría ser descrito justo con las mismas palabras otorgadas a esos bellos ejemplares. 

 

Entre sus actividades estaban también los ciruelos, en su momento vendió su madera y por cuestiones del azar, su segunda esposa plantó algunas semillas. Hoy los árboles crecen majestuosos y le han regresado a padre frutos y salud. En las tardes de viento se les ve danzar contoneando sus copas, ellos y yo sabemos; ¡honran la laboriosa siembra! Entre la tenacidad de buscar opciones, al descubrir la riqueza de sus taninos, logró, después de los minuciosos análisis científicos, guardar la cosecha en refrigeradores y así cada día, padre alimenta su corazón con una buena dosis de cerezas. Los doctores ante la sorprendente mejora cardiaca, contraria al diagnóstico, se maravillan por su buena salud mientras las cerezas enfriándose se sonrojan y elevan su temperatura.

 

Recorrer la casa de padre reaviva los pasos andados. Las flores blancas de los olivos, 

ligeramente plateadas con centros amarillos dejan escapar su delicado aroma dulce, y suave como la brizna matutina. 

 

De niña jugaba una y mil veces a vendarme los ojos y girar, girar para después descubrir su rastro; su aroma dulzón me guiaba… Los primos venidos de América, sorprendidos quedaban con mi capacidad de llegar a los olivos. No sin antes cerciorarse, que la venda de los ojos no dejaba penetrar ningún atisbo de claridad. 

 

El corazón de padre en tardes sin sol se oscurecía, mientras en voz baja recordaba la tala de aquellos olivos en Palestina…dolía verlo. Rápido se sacudía lo ocurrido aunque su andar asomaba tristeza. Sin embargo, al sentirnos cerca, emprendía el ritual de contar alguna hazaña, la cual con el paso de los años, se volvía una reliquia histórica.

 

Tiempo después leí sobre la destrucción de los olivares como primer paso para confiscar a sus dueños árabes de la tierra en la que se asentaban. Algo en mi se rasgaba, un dolor tan inmenso como la tala inmensurable me hacía perderme. Corrí a la cocina de la abuela y al verme, de inmediato me abrazó. Entonces con aquellas manos tan llenas de vida, abrió su alacena y sacó un frasco de aceite de olivo. ”Recuerda, lo produce tu abuelo y una cucharada, acomoda todo”. El aceite aposentaba algo muy dentro de mi. ¡El sorbo de aquella viscosa sensación me llevaba a sentir alivio entre los olivos! 

 

A veces, cuando padre narra sus historias, pienso en la longevidad del olivo, puede vivir más de 2000 años y tiene capacidad de soportar condiciones adversas: frío, calor, nevadas, sequías y la lista continúa. Su longevidad e inmortalidad me llevan a meditar sobre las narraciones de padre y como éstas traen entre palabras, años de vida. Escucharlo también renueva las hojas de cada olivo, los cuales la abuela tanto quiere y cuida. Sé de sus secretos como aquel sobre los injertos. Tal vez la abuela se refleja en ese recomenzar cuando su hermana se desprendió de su natal Palestina. “¡Ellos simbolizan la resistencia!” Y su cantar viene a mi…

 

El olivo roto de la codoñera busca las raíces de sol y de piedra 

busca las raíces fuera de la tierra 

 

Tierra resecada y vuelta a mi

mamando el aceite de llanto y dolor

mamando el aceite de negro color 

 

Y al anochecer todos los olivos…

 

La abuela nació en su tan querida España mientras su hermana Azahara, llegó a sus cinco años. Era ya mayor cuando la abuela nació y más que hermana fue una madre. Cuando preguntaba sobre algunas costumbres presentes en sus hogares, como el arte de aquellas ramas del olivo talladas en las puertas de mis familiares, o el manojo de ramas naturales recibiendo al visitante… los parientes dichosos me daban respuesta mientras el amor por la tía abuela Zahara se hacía presente; uniéndose al aroma de los olivos.  El cantar de la abuela también se entrelazaba al perfil de su tan amada hermana, “Luminosa, como una flor…”. 

 

Han pasado más de veinte años y aún recuerdo aquella duplicidad presente entre la apariencia plateada de la copa del olivo y la blancura de la luna. Esta misma duplicidad es parte de la Diosa Atenea, quien lo ama y representa. Una doble participación, recordándonos su condición de guerrera. Ella, como la abuela, viste sus armas defensivamente en el día, y de noche; reina.  Perfecta para el oráculo: dormir en verano en un olivar entre las argenteas de sus árboles, dejándose llevar por la magia de la luna llena y el canto agudo de la vigilia nocturna de los cárabos, está entre los rituales de la abuela.

 

Mi interés por los olivos me llevó a leer. Donde descubría lo narrado por los parientes, la abuela y padre: En Grecia el olivo ahuyentaba los malos espíritus e infundía paz, y así en el mundo mediterráneo se conservó a lo largo de los siglos la costumbre Griega de colocar ramas del olivo-naturales, pintadas o esculpidas- en las puertas de los hogares. Este mismo sentido de protección daba cabida a la costumbre de labrar en madera de olivo imágenes que se colocaban en los campos para propiciar buenas cosechas, conociéndose algunas de estas estatuillas por haberse reproducido en bajorrelieves del siglo I.  Cuando me adentraba en la historia, las puertas de los parientes se abrían acomodando una comprensión sutil y profunda de mis antepasados.   

 

Hasta la música de la abuela y sus letras inventadas alimentaban enalteciendo al hermoso árbol de Flores Blancas. 

 

Esta rumba va pa un sabio cantante lírico y actor

Chupa de cuero, temple bravo 

viejo canalla soñador 

 

Al viento van los tatuajes que brotan del corazón.

Poeta de la montaña  

Que siempre lleva guardado 

Recuerdos en la petaca y flores blancas en sus manos…

 

Desde pequeña mi sueño era conocer Atenas. Había perdido la cuenta sobre el número de veces cuando la abuela me contaba del surgimiento de aquella ciudad. Embelesada por sus palabras y su amor a los olivos, soñaba con visitarla.  

 

El nacimiento de Atenas era un arrullo en mi corazón . Y entonces, la abuela me frotaba las manos con aquel aceite tan apreciado mientras decía, “Cuenta la leyenda que el Olivo en la antigua Grecia estaba considerado como un árbol mágico, simbolizando inmortalidad, vida, victoria, fertilidad, y la paz. Todo ello gracias a que surgió de las manos de una Diosa; Atenea. Esta reina de la sabiduría se disputaba contra Poseidón el patronato de una importante ciudad griega. Por lo que Zeus, rey de los dioses les impuso una prueba. Y aquel que triunfara se llevaría los honores. Entonces, Poseidón, Dios de los mares clavó su tridente en una roca y ahí mismo surgió un manantial de agua salada que a punto estuvo de inundar la ciudad. Atenea por su parte, golpeó la roca con su lanza y brotó un olivo. De él obtendría aceitunas y aceite para alimentarse, iluminar a los mortales y para hacer perfumes. Y allí mismo surgió Atenas. En honor a su patrona Atenea”.

 

Las palabras de la abuela como las historias de padre me acompañan hoy en día.  En las mañanas donde las noticias del medio oriente laceran y casi me inundan como aquella agua salada producida por Poseidón, pienso en el olivo como símbolo de paz y pido que el conflicto en medio oriente termine. Y así como padre intenta sacudirse las memorias de los olivos de Palestina del corazón, yo bebo una cucharada de aceite, entre cierro los ojos mientras su perfume dulzón salva y reconforta.  

 

La foto de los dedos de papá y las diez puntadas en cada mano a veces regresan, mientras mi alma presagia la inmensidad guerrera de mi padre y el aroma de los olivos me envuelve.  Mecida entre su inmensidad, agradezco a la vida por cada árbol. Ahora yo, como la segunda esposa de padre planto semillas esperando el milagro del cese al fuego. Y los primos entre llamadas de año nuevo me piden alguna historia de la abuela o el tarareo de sus canciones.

 

El olivo roto de la codoñera busca las raíces de sol y de piedra 

busca las raíces fuera de la tierra 

 

Tierra resecada ,,, 

mamando el aceite de llanto y dolor

mamando el aceite de negro color 

 

Y al anochecer todos los olivos

Con el carear, todos los olivos vuelven a …

 

El preguntar de los primos me lleva una y otra vez al amor de mis padres por los olivos y así como los árboles, hago una venia y doy gracias mientras mi alma me lleva a bailar…

 

Esta rumba va pa un sabio cantante lírico y actor

Chupa de cuero, temple bravo 

viejo canalla soñador 

 

Al viento van los tatuajes que brotan del corazón.

Poeta de la montanha 

Que siempre lleva guardado 

Recuerdos en la petaca y flores blancas en sus manos…