232. Infinito gris verdoso
Ricardo González Rejano
Echó a correr. Al caerle las lágrimas encima sintió tal miedo que solo pensó en huir lo más rápido posible. Primero, fuerza pura, entre peñas y desfiladeros. Más tarde, ya en la vega, relajó el paso para recuperar resuello. El paisaje cambió: las montañas quedaron atrás y los valles se fueron abriendo paso entre sierras onduladas. El hielo de las cumbres se le fue templando. Fue entonces cuando apareció el olivar. Se paró en algún recodo y solo vio, hasta donde le alcanzaba la vista, un infinito gris verdoso. Sintió paz. Al principio pensó que había llegado al mar, donde acabaría su huida, pero aquellas raíces milenarias le sacaron de su error. No hay mares que envidiar en la campiña. Vio que se le habían unido algunos compañeros que le dieron fuerza para seguir su camino, pero entre los olivos se dijo «aquí puedo ser eterno». Con los olivos compartía el agua y el alimento, jugaban al pilla-pilla entre las albarizas, y por la noche descansaban espalda sobre espalda. Nunca había sentido tanta libertad.
Sí, definitivamente se quedaría un tiempo allí, su huida podía esperar.
El llanto de Boabdil regó sus aguas. Su nombre era Genil.



