231. A lo que sabe el deseo

Patricia Collazo González

 

“Agregamos aceite de oliva con generosidad y untamos las pechugas procurando que queden completamente embadurnadas”. Escucho la voz masculina que sale de tu móvil. Lo tienes apoyado sobre la tostadora y observas la imagen un momento antes de detenerla con un índice de dudosa pulcritud.

Estás absorta ante la encimera. El pelo se te sale de la coleta y juega travieso con tu hombro. Una fuente de vidrio frente a ti, dos pechugas prolijamente colocadas en el centro, mientras intentas echar sal con el salero que tiene los orificios tapados. Impaciente, lo abres y coges un puñado entre tus dedos para irlo dejando caer con delicadeza sobre la carne rosada.

De los pimenteros, escoges el manual. Dices que el eléctrico nunca te funciona. Y te emberrinchas si lo cojo yo, aprieto el botón y muele la pimienta sin protestar. Mejor pimienta negra. Giras el molinillo con ímpetu mientras una lluvia gris cae sobre el pollo. Observo el movimiento firme de tus brazos y la forma en que suben y bajan tus hombros bronceados. Te vuelves hacia la ventana y estornudas. Siempre te pasa con la pimienta.

No me ves, aunque te hayas girado bruscamente. Procuro no hacer ruido porque me encanta mirarte sin que sepas que lo estoy haciendo.

Llega el momento del aceite. Destapas la botella que has sacado del mueble superior y echas una buena cantidad. Con generosidad, como ha dicho el cocinero de tu móvil.

Cómo me gustaría que cuando te digo cómo hacer algo, me hicieras tanto caso como le haces a este señor que no conoces de nada, me digo. Pero si lo hicieras no serías tú. No te gusta que nadie te diga cómo hacer las cosas, sin embargo, si te lo dice un tío por YouTube…

Tus dedos masajean ahora las pechugas con una mezcla de suavidad y firmeza que me tienen cautivado, viéndolos trabajar a través del vidrio.

Cuánto anhelo esos dedos en mi espalda. Cuantas noches me despierto extrañando la forma en que se deslizaban sobre el aceite de aquellos masajes que hemos dejado de darnos.

¿Por qué? Yo no lo sé. Ni creo que tú lo sepas. Pero el dorado aceite de oliva impregnando la carne me transporta a aquellas tardes de domingo en que no había niños insistiendo con ir al parque, en que podíamos quedarnos tres horas en la cama sin dormir, con tu cuerpo lánguido y amodorrado pegado al mío, resbalando por el aceite, latiendo acompasados, guiándonos hacia el océano una y otra vez. El océano era inmenso y en él podíamos flotar entre olas y dejarnos llevar y ser sal, y ser aceite y quedarnos dormidos hasta que el atardecer pusiera al sol perpendicular a nuestra persiana y los rayos invadieran la cama, pintaran el brillo aceitoso de nuestros cuerpos exhaustos y te levantaras de golpe, diciendo que tenías hambre, que qué tal si pedíamos una pizza.

Tus dedos siguen masajeando el pollo, mientras de vez en cuando, con el dorso de la mano, te quitas el mechón de pelo que te cae sobre la nariz. Y yo te recuerdo sobre mí, con ese mismo mechón subiendo y bajando sobre mi frente, cosquilleándome en los ojos. Y los tuyos, brillantes, y tu cuerpo aceitoso cabalgando las olas majestuosas de nuestro océano.

Te giras de pronto y me ves, parado en medio de la cocina mirándote y muestras sorpresa. Me observas como diciendo, deberías saber que necesito algo ¿no ves que tengo las manos pringosas?

—¿Qué necesitas? —pregunto.

Y quisiera que me dijeras que necesitas una tarde de domingo sin niños y sin siesta. Un masaje de aceite de oliva. Unas sábanas pringosas echadas a la lavadora al atardecer. Quisiera que me dijeras que necesitas que volvamos a ser nosotros. Quisiera que me dijeras que me necesitas.

—Alcánzame el trapo, por favor. Y ve a ver qué están haciendo los niños. Demasiado silenciosos están…

Te alcanzo un paño y te limpias las manos con destreza. Me quedo allí mirándote, sin ser capaz de desprenderme de ti.

—¿Pasa algo? —preguntas confusa.

Niego. Niego con la cabeza. Qué te voy a decir ahora. ¿Qué te deseo? ¿Qué aun después de tanto tiempo sigo deseándote? Eso deberías saberlo ya, pienso. Pero si lo sabes, no pareces recordarlo nunca. ¿Cuándo fue la última vez que nos lo dijimos? ¿Entre Anita y Joaquín? Puede ser… Pero desde que llegó el peque, ninguna.

Te quedas mirándome sin comprender. Debo tener cara de tonto, o de iluso. O de soñador frustrado.

—Te queda bien esa camiseta —digo. Por no decir que me encantaría ponerte las manos sobre los senos y recordar su tacto, su peso. Que pusieras tus manos aceitosas sobre mi camiseta y luego la cogieras por el borde inferior y la deslizaras hacia arriba invitando a quitármela.

—Es la camiseta que uso siempre en casa —respondes con un vaivén de dedos para restarle importancia.

—Pues a mí me gusta

Me das nuevamente la espalda y aprietas el play.

“Ahora dejamos reposar unos minutos mientras pelamos las cebollas y las cortamos finamente” dice la voz mientras cubre sus pechugas con un papel film y las aparta.

Abres el cajón buscando el rollo de papel film. Procuras despegar el inicio sin conseguirlo. Tus uñas no están tan cuidadas como entonces. Ya no tienes tiempo de ir a hacerte la manicura y has olvidado esos diseños osados con los que hacías que te las pintaran.

Ahora no tienen esmalte. Tal vez solo algo de brillo y algunas están quebradas. Al fin consigues separar el inicio y tiras del papel cubriendo la fuente de vidrio. Haces equilibrio para coger las tijeras del primer cajón y cortas decidida.

—¿Qué haces ahí parado todavía? —preguntas cuando vas a buscar las cebollas.

—Nada —digo. Si te dijera que te estoy mirando, preguntarías para qué. O si se te ha roto el pantalón, o si no tengo nada mejor que hacer. Y sí, se me ocurre algo mejor que hacer. Cogerte la mano y arrastrarte hasta nuestro cuarto. Encerrarnos. Llevarme el aceite de oliva que sigue sobre la encimera, y dibujar el deseo con un hilo dorado sobre tu espalda desnuda. Sin sal ni pimienta. Solo aceite debajo de mis dedos serpenteantes. En tus hombros, en tus omóplatos, en tu cintura, en la curva de tus nalgas para ir poco a poco bajando, insistiendo, rompiendo todas tus barreras. Eso es lo mejor que tengo para hacer, pero no lo hago. Miro la botella de aceite sin tapar y repito que nada, que no estoy haciendo nada.

—Estás un poco raro, ¿o me parece a mí?

—¿Te parecería raro si te dijera que te deseo?

Una mezcla de sorpresa y disgusto se cruza en tu mirada. Aunque en el fondo hay una chispa. Una chispa que es mi única esperanza.

—No me vengas ahora con esas cosas… Ve a ver a los niños, por favor…

“… y ahora echamos los dientes de ajo bien picados…” la voz sigue hablando desde tu teléfono. Pero tú no le haces caso. Te has quedado mirándome. Como si no entendieras por qué no hago caso a lo que me estás pidiendo.

Tú me miras brazos en jarra, y yo miro la botella de aceite, como si del santo grial se tratara.

 

*    *    *

 

—Ha sido buena idea lo de las botellas de aceite, ¿no? —preguntas mientras apoyas las cuatro o cinco que sobraron sobre la mesa de la cocina y te descalzas.

Asiento mientras me dejo caer en una de las sillas.

—Es agotador esto de las bodas —pronuncio en medio de un bostezo

Por suerte es la última que nos toca organizar. De la de Anita ya pasaron tres años, solo nos quedaba Joaquín y acabamos de sacarnos de encima el jaleo

Estás tan guapa. Has sido la madrina más guapa del mundo. Has bailado toda la noche y si no fuera porque son las seis de la mañana y sabes que no te lo permitiré, te pondrías a acomodar la casa ahora mismo.

Está todo descolocado. Luego de que el fotógrafo estuviera acompañando al novio para hacer una sesión mientras se preparaba, luego de las prisas de última hora: un botón que se cae, una etiqueta que cortar, un beso tierno que dar en la mejilla de nuestro hijo deseándole lo mejor. De todo te has ocupado. Hasta de escoger esas botellas con las que los novios han obsequiado a los invitados. Aceite de oliva artesanal. De una calidad exquisita y con una etiqueta con los nombres de los protagonistas grabados en dorado encima de la fecha de hoy. Bueno, la fecha de ayer, que ya son casi las siete y no nos hemos acostado.

—¿Vamos a dormir?

—Me tomo una leche caliente y voy —dices paseando tus pies descalzos de colegiala por las baldosas de la cocina —¿No quieres nada?

Miro tu cuerpo que no ha cambiado a pesar de los años. Hace tanto que he dejado de permitirme querer, que no recuerdo a qué sabe el deseo. Sin embargo, lo intuyo.

Las botellas alineadas sobre la mesa me recuerdan esa receta con pollo y aceite, abundante aceite masajeado sobre la carne rosada. Y parece que fuera ayer la última vez que te lo he dicho, pero desde aquel domingo sin siesta y con niños queriendo ir al parque, no he vuelto a hacerlo. Llámame cobarde. Llámame rencoroso. Desde entonces han pasados casi veinte años. Dos escuelas primarias, dos institutos, dos adolescencias y dos selectividades. Y a pesar de todo eso, te sigo deseando. Hemos hecho el amor muchas veces, dirás, pero no ha sido suficiente.

Me acerco a ti mientras observas absorta la taza de leche girando dentro del microondas. Te abrazo por la espalda. Hueles al perfume caro que usas solo en ocasiones especiales, a sal en la nuca y hasta un poco a sudor. Pero si hundo la nariz en tu cuello, sé que olerás a aceite de oliva. Y yo desearé resbalarme en ti. Como siempre lo he deseado. Aunque no te lo haya vuelto a decir. Aunque ahora me avergüence hacerlo.

—Deja la leche —digo con voz firme, mientras te alzo en brazos como en aquellos domingos de sábanas pringosas.

Me miras sorprendida mientras te llevo hacia el cuarto, no sin antes parar el microondas y de paso coger al pasar, una de las botellas de aceite de oliva artesanal. Ese de calidad exquisita.