230. La abuela Patro

Antonio Carlos Ruiz Marín

 

Una ligera brisilla comenzaba a mecer las hojas del limonero que reinaba en el patio. Debía tener varias décadas de vida y la vasta sabiduría popular mantenía que su producción la alentaban las lunas llenas, aunque aquello no me cuadraba demasiado: “¿qué tendría que ver una luna y un limón?”.

Ajena a mis inquietudes de infancia, la abuela Patro, sentada sobre un pequeño taburete de culo ensogado y embutida en sus cavilaciones, daba golpazos por turnos con un mazo de madera a las aceitunas que le tocaban. Lo hacía sobre una tabla ocre que tenía un agujerito en su centro y por el que, ya machacadas, las despeñaba hasta una orza de barro donde las aliñaría con agua, sal, ajo y tomillo. El protocolo lo ejercía con la maña de llevar años ejecutándolo. Al proceder, apenas levantaba la mirada del siguiente fruto verde a majar, salvo para limpiarse el sudor, que perlaba su frente arrugada, con un viejo pañuelo de tela sacado de una faltriquera bordada en la que se dificultaba distinguir lo que no era mancha.

Cuando volví al pueblo con mis hijos, el taburete de la abuela Patro seguía allí, a la sombra del limonero.