225. El último canto de un olivar

Somni de neu

 

Siento frío, un frío glacial que atraviesa cada fisura de mi corteza para clavarse, como un cuchillo de hielo, en el centro de mi ser. Percibo cómo se expande, en busca de las ramas más finas, más frágiles. ¿Para qué las quiere el frío? ¿Para qué las necesita? Quizás admira a los barrenillos, esos bichos que disfrutan perforar, cortar la savia y secar mis ramas. Quiero ser más rápido que el frío. Intento despertar mis ramas entumecidas para ahuyentarlo, pero esta vejez, esta nueva lentitud, las deja atrapadas en su letargo, y no puedo más que contemplarlas desde lejos. Veo cómo el viento las mueve, pero yo ya no las siento. Ya no me pertenecen. Son antiguas partes de mí, muertas ya, indistinguibles de aquellas que en otro tiempo eran parte de mí y que ahora yacen, inertes, a mi alrededor. 

No debería haber salido. Antes, cuando el viento tenía la fuerza para zarandearme a su antojo, me hundía en el suelo, hondo, más hondo; tan hondo que la tierra dejaba de ser seca y áspera, y se volvía cálida, llena de vida. Las piedras, que se aferran como pueden al suelo seco y duro, antes me envidiaban, ahora no entienden por qué he salido. Son jóvenes. Los rastrillos y esas máquinas ruidosas las trajeron hace poco. Se irán antes de comprender. Seguirán los surcos que nos rodean y encontrarán a otro, como yo, pero más joven, a quien envidiarán por quedarse al calor del subsuelo, protegido de este viento. ¿Se acordarán, entonces, de mí? ¿De ese loco que salió?

Si supieran que fue el canto del viento el que me despertó de mi sopor. Si intuyeran que no fue el viento quien me robó el calor del sol, sino su melodía, evocando su voz, la que me impulsó a salir, lo entenderían. Si fueran tan viejas como yo, y la recordaran, lo entenderían.

 

Malditas cosquillas.

Siento el agua golpear mis hojas, deslizarse por mi corteza y colarse entre mis nudos. Con cada lluvia me he torcido un poco, y un poco más, a veces para jugar con sus caricias, otras para esconderme de sus cosquillas. De joven, las gotas de agua resbalaban rápido por mi tronco, y yo deseaba que sus caricias duraran más, por lo que me contorsionaba para retenerlas. Ahora, quiero engañarlas, que pierdan el miedo a caer y se despeguen de mi corteza. Pero se aferran a mí como si el vacío fuera un abismo desconocido, y no el mismo del que provienen; o como si el terror a perderse para siempre las paralizara. No las entiendo. ¿Por qué no caen cuando están boca abajo, como hacen las hojas de otros árboles, pintadas de naranja? ¿Por qué no se marean con mis vueltas y confunden lo que es arriba y lo que es abajo?

Mientras las gotas se aferran a mí, abajo, en el suelo, las piedras juegan con el agua, o quizás es el agua la que juega con ellas; cada una cree que tiene el control sobre la otra. A veces las pierdo de vista, enterradas por fin bajo la tierra cálida que tanto deseaban; otras veces las veo flotar en charcos, alejándose o acercándose. Se creen libres, se cuentan historias de cuando estaban en otros lugares, se imaginan a dónde irán, qué verán y a quiénes conocerán. Me observan cuando la lluvia se calma y mis raíces, desquiciadas, se sacuden las cosquillas del agua, haciendo temblar el suelo. Se compadecen de mí, de mi inmovilidad y de mi amargura. Me creen condenado, encadenado a este trozo de tierra. No lo entienden, son jóvenes; la lluvia aún no les ha sangrado el sustrato para convertirlo en arena. No comprenden la dicha de las cosquillas, de la lluvia, del brotar de las hojas y de las flores, ni la ilusión por anticipar cuántas aceitunas nacerán, cuántas crecerán. Ignoran que mi apatía hacia estas cosas no es condena, sino melancolía por las nuevas flores que saldrán y que ella no verá.

 

Maldito calor.

Siento que ardo por dentro, que me reseco. La corteza de mis ramas está bronceada, y hasta los nuevos retoños, que nacieron tras las lluvias, están marrones, endurecidos, medio calcinados por el sol. El sol se ha empeñado en que todo arda. Arde el cielo, arde la tierra y arde el agua. Observo cómo cae el agua, gota tras gota, despacio, casi con pereza, desde la fuente donde está fresca, hasta un pequeño charco inmóvil, sucio de arena, y caliente. Cuando el charco se llena, un hilo de agua parece querer venir hacia mí, a través de un surco de tierra seco y duro. Pero las piedras, esas malditas piedras negras, me la roban, y veo cómo, al chocar con ellas, el agua se quema. Estoy tan cansado que no tengo fuerzas siquiera para respirar el vapor que emana.

Todo quema. El suelo se ha vuelto duro y abrasador, y mis raíces se han secado. Antes, cuando era joven, era capaz de excavar la tierra endurecida y enojada, arrancándole unas míseras gotas de agua. Ahora no. Ahora vislumbro cómo, a mi alrededor, los demás se mantienen despiertos por la noche, cuando todo es más fácil, y consiguen el agua necesaria para que sus aceitunas sean bonitas, verdes y llenas. Mis aceitunas, como yo, se han quemado. Están negras, más negras que la noche, y se han marchitado y llenado de arrugas… parecen viejas, casi tan viejas y vetustas como yo.

Las piedras, refrescadas con mi agua, me observan mientras me marchito. A ellas les gusta el sol; ningún pájaro se les acerca, ninguna hormiga les hace cosquillas con sus patitas. Se aferran a la tierra seca y disfrutan del contraste entre la noche y el día, creyéndose seguras en su inmovilidad, notando que ahora el agua no les erosiona las esquinas. Ellas no la recuerdan y por eso se regocijan al robarme el agua; no saben que antes, mucho antes de que llegaran, el agua se llevaba a otras piedras como ellas. Yo no la he olvidado, y es por eso que siento agrietarse mi interior.

 

Maldito viento.

Finalmente ha llegado el viento, y se ha llevado el frío, la lluvia y el calor. Sopla desde las montañas y lo borra todo a su paso. Sopla fuerte, muy fuerte, corre entre mis ramas, desgarrando mis hojas, arrancándolas como si fueran pedazos sin vida. Se queja porque no le acompaño en su danza. Antes me mecía con él, pero ahora solo lo miro, quieto, inmóvil, en silencio. Solo quiero que se lo lleve todo, que me despoje de mis hojas que ya no son verdes, de mi corteza agrietada y seca, de las aceitunas mustias y arrugadas. Que se lo lleve todo, y no me deje ni siquiera el aliento.

¿Para qué quiero yo las aceitunas? ¿De qué me sirven? De nada. ¿Las queréis vosotras, piedras negras? Os las regalo. Podéis aplastarlas y teñiros con su jugo. Aunque sabed que atraerán a los zorros, y sé que les tenéis miedo. Os he visto aferraros a la tierra cuando se acercan. También podéis llevároslas cuando vuelva la lluvia y os arrastre con ella. Serán buenas compañeras, os ayudarán a no hundiros. Con suerte, las golondrinas las verán y vendrán a rescatarlas, salvándoos de acabar convertidas en polvo.

O, podéis hacer aceite. Si os juntáis y, entre todas, las aplastáis, en el tiempo que tarda el sol en salir dos veces, tal vez consigáis extraer su esencia. Entonces, puede ser que ella se acercase. Y vosotras lo entenderíais todo. Hasta el viento se callaría, porque, ¿para qué llenar el cielo de ruidos, pudiendo escuchar su canto?

Pero ella no vendrá. Han pasado demasiados fríos desde la última vez que la vi. Yo aún no era viejo, y mis aceitunas eran verdes, relucientes, bonitas y codiciadas. Vosotras, o las que estaban antes que vosotras, me escuchaban y me hacían caso. Y ella venía, y me cantaba. Su voz llenaba el aire, y mis ramas, más jóvenes entonces, se mecían con su canto. Ahora, solo quedo yo, un olivo viejo, olvidado en un campo lleno olivos más jóvenes. Veo sus aceitunas brillantes, verdes, tan llenas de vida. Y yo… solo tengo estos recuerdos, estas aceitunas negras, marchitas, tan viejas como yo.

Solo quiero que el viento se lo lleve todo, mi último aliento, junto con este canto, que es para ella, mi alondra querida. Y cuando el viento haya barrido todo rastro de mí, cuando la tierra sepulte las ramas caídas, los animales se deleiten con el último pedazo de estas aceitunas y el agua arrastre al mar los piñones, tal vez entonces me olvide también de mí, y de lo que perdí.  Y en ese silencio del olvido, piedras negras… solo quedareis vosotras y el viento.  

Con suerte, cuando mi tronco solo sea madera muerta, ella o cualquier otra descendiente de su estirpe tal vez llegue volando de nuevo, con su canto resonando en el aire, como un eco de lo que una vez fue.