219. El sueño de Martín
Apuntaban los primeros destellos del amanecer, aquel despertar, sería la última vez que vería entrar la luz por aquella ventana, que tanta veces soñaba mirando el cielo azul.
La noche había sido tormentosa, el sueño intermitente como un semáforo verde esperanza, a la libertad, pasando al rojo frustrante, abrasivo de la desesperación, donde el consuelo de la incertidumbre de su destino le hacía retorcerse de dolor, los sentimientos los tenía encontrados, aquella noche, había sido un ir y venir de lágrimas que brotaban sin cesar de sus ojos negros, resbalándole por su rostro de joven pulido, hasta desaparecer en el interior de su amigo inseparable, su olivo plateado, su fiel compañero.
Se tomó el último sorbo de leche, el último bocado de su tostada empapada en aceite de oliva y se despidió de sus compañeros.
La directora del centro de menores, lo acompañó hasta la puerta de salida, recitándole un rosario de buenas acciones que debería llevar a cabo, confiaba en su madurez, su sensatez y equilibrio, lo abrazó, él lloró, lloró tanto que se juró a él mismo no volver a llorar nunca más. Cruzó la verja sin mirar atrás, desapareció de aquel lugar para siempre.
Caminaba con la mirada perdida, sin rumbo, sin sentido. Se adentró en un barrio marginal, deambulando por las calles desconfiado, intranquilo, cruzó aquel barrio, el corazón le palpitaba , aquel lugar no le había gustado, aquel sitio, no era para él ni para su compañero de viaje, salió corriendo como si le persiguiera una estampida de dinosaurios. Caminó hasta llegar a la estación de tren de otra ciudad, se lavó las manos y rostro, se sentó en un rincón, extrajo de su mochila un bocadillo y lentamente se lo iba comiendo, se acurrucó en un rincón y durmió unas horas, el trasiego de los transeúntes lo despertó, inmóvil, escuchaba las conversaciones de la gente, hablaban de olivos, aceitunas, cosechas y de Jaén. En su mente quedó grabado el nombre de Jaén. Visitó sus campos, quedó impresionado con los cultivos de olivos, los campos parecían mares, las ramas se balanceaban suavemente de un lado hacia el otro formando pequeñas olas. Entre los cultivos vislumbró una variedad que era una réplica de su Plateado, extasiado, y con pena y miedo de descubrir a sus antecesores volvió a la estación, decidió conocer otra ciudad, cogió un billete para visitar Úbeda. Se paseó por toda la ciudad volviendo a quedar impresionado por la arquitectura. Después de una semana viandante decidió ir a Extremadura, eligió un pueblo al azar, llegó de noche se cobijó entre las frondosas ramas de un árbol y quedó plácidamente dormido, soñó que vivía en medio de una plantación de olivos debajo de su Plateado. Plateado había tenido muchos hijos, todos eran iguales: hojas largas, finas y muy verdes y un ribeteado por todo su contorno, haciéndole brillar. Los olivos estaban cubiertos de ramilletes de flores blancas, de ellas nacían unas hermosas aceitunas que manaba aceite pura. Una procesión de personas, empapaban rebanadas de pan saboreándolas y deleitándose de tal apreciado majar. Se despertó muy contento y alegre. La tristeza de los días anteriores había desaparecido, le envolvía un entusiasmo inexplicable. Desayunó en una cafetería, leche con tostadas rociadas de aceite de oliva, se acercó al cuartel de la guardia civil y se dio a conocer, me llamo Martín, acabo de cumplir dieciocho años, estoy solo, viviré en este pueblo, dormiré en el parque de los patos, vengo en son de paz, me acompaña una guitarra, regalo de un orientador del centro, una mochila cargada de buenos sentimientos y mi olivo regalo del dueño del vivero que abastecía al centro.
– ¡Te vigilaremos!
Fueron las únicas palabras de la guardia civil.
Esas palabras se le tatuaron en su cerebro como clavo ardiendo
Martín, día y noche recorría el pueblo parándose en diferentes puntos de la localidad a tocar su guitarra y recitar algunas canciones, así poder conseguir algunas monedas para comprar comida.
Llevaba seis meses durmiendo en el parque. Acechaba el otoño, las noches chorreaban frío por todos los costados Martín, llevaba unas cuantas noches entrando en calor a base de guantazos, así que quiso poner fin a ese mal. Entró en una inmobiliaria, arrendó una cochera para vivir. ¡Estaba contentísimo!
– ¡Ves Plateado! ¿Qué bien estamos? Aquí viviendo en la cochera, en el centro del pueblo, Tenemos agua corriente y luz. Mañana limpiaré la hiedra que invade el pequeño patio que tenemos.
– ¡Qué sorpresa Plateado! Al limpiar el patio, me he encontrado una puerta secreta que da acceso a un hermoso terreno. Este terreno abandonado lo limpiaré, y lo cultivaré, veo que tiene muchos árboles frutales. Ahora sé que mis sueños se realizarán, ese sueño que una y otra vez se repiten, tú, protector, abrazando con tus ramas a tus hijos, dando las mejores de las aceitunas de la comarca, goteando aceite virgen extra ¡ qué bien vas a vivir aquí!
Plateado, ¿Sabes que hace ocho años que vivimos aquí en la cochera ? ¡qué frondoso, majestuoso y bello te veo hoy! ¡tus ramas están cargadas de ramilletes de flores! ¡tú eres fuerte como la madre naturaleza y podrás con su fruto! Mi corazón se encoge al pensar que estas en peligro, mañana solucionaré tu porvenir y dejaras de ser un ocupa. Iré a la inmobiliaria
– Buenos días.
– Buenos días. ¿Qué deseas?
– Vengo a comprar la casa grande.
– ¿Qué casa roja?
– La casa grande de la Plaza de España.
– ¿Tú sabes lo que estás diciendo?
– ¡Sí! Vengo a comprar la casa grande.
– ¿Sabes el valor de esa casa?
– ¿No? Pero me lo imagino.
– ¿Cómo vas a pagarla?
– Con dinero en mano.
– Esa casa se vende con otras dependencias, es una casa señorial, tiene una cochera justo enfrente de la fábrica del pan , otra cochera por la parte, (casi tres mil metros cuadrados de terreno y la casa, que es una auténtica joya.
– Conozco todo eso vivo ahí y por eso la quiero.
– ¡Mira, chico! Tenemos otras casas más asequibles.
– ¿No me entiendes? ¡Quiero esa casa!
– Recapacita hijo, ¡mira otras casas!
-¡No vuelvas a llamarme hijo! Yo ¡ No soy hijo de nadie!
– Plateado, que nervioso estoy con esto de la casa, el dueño de la inmobiliaria parecía un toro en rebeldía, ya movía la cabeza para un lado, ya la movía para el otro, y yo pensando: si tuviera cuernos me los clavaría, para ver si entraba en razón.
Llaman a la puerta
– ¿Qué desean?
-Traemos orden judicial. Venimos a hacer un registro
– ¿Ahora de que se me acusa?
– Aquella vez me acusaron del robo de una motocicleta, menos mal que se aclaró con las cámaras. ¿Sabéis? Llevo ocho años viviendo aquí, soy autónomo, trabajo en los mercadillos vendiendo verduras que yo mismo cultivo, vendo frutas que yo recojo del huerto y otras que compro y luego revendo. Trabajo día y noche. Los fines de semana trabajo como músico. ¿Veis, qué bonito tengo el huerto? ¿Oléis la flor de azahar de los naranjos? ¡Mirad que lechugas, espinacas, coles… y las tomateras como van para arriba! ¡Mirad mi plantación de olivos injertado de mi plateado! Y ¿Qué me decís de él? Padre de los demás olivos, hijo de una variante autóctona de Jaén, ahora, adoptivo de este pueblo.
– Todo esto está muy bien, pero… ¿por qué tienes tanto dinero?
– ¡Ah! ¿Eso es? ¿Por eso habéis venido? Pues, ya os lo he dicho. Trabajo mucho.
– Sabemos que tienes mucho dinero. Nos hemos informado. ¿De dónde sale ese dinero?
– No lo sé, preguntárselo a quien os ha informado.
– ¡Te lo preguntamos a ti! Hemos ido al banco.
– Pues… preguntárselo al del banco,yo, no lo sé.
– O ¿no quieres decirlo?
– Os lo voy a decir sólo una vez. Con diez años me dejaron tirado en el centro de menores, tengo veintiséis años, él que sea o la que sea, quiere limpiar su conciencia y santificarse y todos los primeros de cada mes ingresa una limosna en mi cuenta. Nunca he tocado nada de ese dinero y ahora he decidido cogerlo para comprar esta casa donde tengo plantado a mi protector. Ya os dije que vengo en son de paz con mi guitarra, mi mochila cargada de buena terapia emocional, mucha meditación y mi olivo.
– No te molestaremos más.
– Con lo que hemos pasado junto, Plateado, hasta el covid pasamos juntos.
-¡Qué susto he pasado! Mi cuerpo temblaba más que la tierra cuando la atraviesa el arado, he sentido miedo como aquella vez, que aquel tipejo me llevó para adoptarme y me acusó de loco por hablar contigo. -¿Te acuerdas, como te arrebató de mis brazos? Te tiró con fuerza, saliste volando por los aires, aterrizando en la calle desmembrándose todas tus ramas al chocar con el pavimento e incluso tus raíces quedaros al aire libre, quedaste gravemente herido. ¡Qué mal lo pasé! ¡Cuándo te recogí del suelo! Ahora que yo lo agarré por la melena y le tiré su peluquín a la chimenea. Cuando llegué de vuelta al centro todos reían al escucharme, pero yo, lloraba por ti.
Aquella mañana de Domingo de Ramos, Martín madrugó, cuidadosamente, cortaba ramas a sus olivos, mientras las cogía, cantaba la canción de los niños hebreos “ Tomando ramas de olivoos se fueron al encuentro del Señor”
Aquel domingo por vez primera, después de estar cerrada más de cincuenta años la casa grande abría sus puertas.
La plaza estaba preciosa, una gran alfombra de ramas verde adornaba la entrada. Martín había elaborado unos bonitos ramos de olivos con florecillas blancas, las repartía a todo aquél que se acercaba a él.
La procesión del Señor montado en su burrita se acercaba, se paró encima de la alfombra, las hojas de los olivos brillaban como la luna, de las florecillas blancas emergía una fragancia sin precedente. Martín se santiguó, acercándose al sacerdote le entregó una botella de aceite de su Plateado para que el obispo la bendijera, para que con ella celebrara los Santos Oleos. El sacerdote, desde la entrada bendijo la casa, a Plateado que asomaban sus ramas por el patio y a Martín. Martín, de rodillas daba gracias a Dios Padre y unas lágrimas de alegría resbalaban por sus mejillas en ese mismo instante que alzaba sus rodillas lo vio, allí estaba delante de él, con los ojos vidriosos acompañado del dueño del vivero. ¡Abuelo! Lo abrazó, le susurró, ahora seré verdaderamente feliz sabía que en mi Plateado estaba tu esencia y la esencia de Jaén.



