218. Dulce despedida
Siempre pensé que tenía alma. Su baluarte gigante de piedra nos abrazaba. Sus cuatro torres nos protegía de toda desventura y el olivo, en el centro de la plaza, era su fiel guardián.
Necesitaba ese abrazo, esa paz que sólo allí pude sentir y respirar los aromas de mi amanecer.
El taxi me dejó junto a la plazoleta empedrada, testigo de mis correrías infantiles. Lucía preciosa, limpia, serena. Me senté en un banco, junto al viejo olivo, para contemplarlo, saboreando cada segundo de este reencuentro, dejándome seducir por la esencia de su flor que envolvía al pueblo.
Sonreí recordando que ese aroma, que ahora tanto apreciaba, me libraba de la recogida de las olivas con mis padres, ya que mi alergia a su flor persistía en su preciado fruto. Alergia que, no obstante, no me impedía disfrutar de las meriendas con el oro líquido resultante sobre una tostada y su aderezo con una pizca de sal, o azúcar.
Al cabo, las deliciosas callejuelas me guiaron hacia mi viejo hogar, mi nueva vida, mi ineludible atardecer.
Volvía a mi pueblo. Donde pasé mis mejores años. De donde nunca debí salir.
Donde esperaré la noche y, lo prometo, no saldré jamás.



