207. El olivo de Federico

Maria Rosa Jurado

 

“El campo

de olivos

se abre y se cierra

como un abanico.

Sobre el olivar

un cielo hundido

y una lluvia oscura

de luceros fríos.”

Paisaje

Federico García Lorca

 

Se le vio, caminando entre fusiles

por una calle larga,

salir al campo frío,

aun con estrellas de la madrugada.

El crimen fue en Granada.

Antonio Machado

 

Aquí estoy…no recuerdo muy bien hace cuando tiempo estoy en este barranco. La verdad es que no lo recuerdo. Si me acuerdo cuando fui creciendo, lento y fuerte. Fui arraigando mis raíces a esta tierra cálida y árida, que quiero con todas las fuerzas de mi estirpe.

A veces soy vigoroso y otras veces frágil ante el primer soplo del viento. Recuerdo que jugueteaba con mis hojas ante la más mínima brisa que sentían mis ramas y me mecía lentamente al ritmo de aquellos sonidos que apenas escuchaba. Con el paso del tiempo mis nervaduras se iban nutriendo con toda esta savia que fue recorriendo cada parte de mí. Se fue transformando mi copa en un entrelazo de ramas, grandes y pequeñas, todas firmes y resistentes a medida que pasaban las estaciones. Qué alegría sentía con cada nueva aceituna que colgaba de mis ramas. Las sentía crecer a cada una. Percibía como se iban poniendo carnosas y maduras, con ese color brillante, propias de ellas. Y a cada paso sentía el orgullo por cada uno de mis frutos. Yo iba entretejiendo en mis pensamientos, cuál sería su destino. Que le esperaba a cada una de ellas. ¿Irán a una mesa o serán el aceite más valorado de estas tierras? Cualquiera fuera su fin, yo estaría orgulloso por cada una de ellas. Siempre prestas a la mejor misión que el futuro les aguarde. Ese tiempo lo he atesorado en lo más profundo de mí ser.

Y qué hermosas eran aquellas tardes de primavera, donde se mezclaban olores de tierra fresca y algún perfume suave en el aire. Disfrutaba de cada mañana y cada tarde, esperando el paso de algún amigo que siempre me visitaba. A veces murmurando noticias, otras contando amores o compartiendo andanzas. ¡Días donde yo estaba lleno de hojas nuevas, lleno de brotes! Mis hojas relucían brillantes cuándo el sol se reflejaba. ¡Cómo olvidar aquellos momentos!

Así fui creciendo hasta convertirme en este olivo añoso que soy hoy, resistente por momentos, endeble en otros. Que guardo recuerdos, que junto con desdén  añoranzas y nostalgias de otro tiempo. También he acumulado dolores que se han incrustado en toda mi esencia.

Y aquí estoy aferrado a esta tierra con todas mis fuerzas y el vigor de mis años

Desde aquí pude y puedo divisar el camino y varios senderos. Siempre he estado atento a lo que pasa a mi lado.

Y lo recuerdo a él. Recuerdo haberlo visto pasar, con paso seguro, ojos profundos y una mirada que iba escudriñando todo, como queriendo retener los más mínimos detalles de este paisaje agreste y dulce, que es también mío. A veces silencioso, otras escuchando a uno o más amigos comentando andanzas y viajes.

Estoy casi seguro, que a cada paso iba susurrando algún poema,  entretejido con esa sonora forma tan particular de contar nuestras historias. También oí algunas veces de sus andanzas con Margarita, una tal Xirgu. Como olvidar ese nombre. Lo recuerdo hasta hoy. He escuchado que salían juntos por los cafés y se divertían por aquellas lejanas calles porteñas. Todavía resuenan por mis ramas aquellas noticias que me iban llegando de sus recorridos americanos. Estoy seguro de haber escuchado, entre tantas, estas anécdotas. Me iban llegando a través de muchos que lo conocían y acercándose a mí contaban sus historias. Seguro alguien me las murmuró, porque yo las recuerdo muy bien.

Y entre todos estos momentos, también recuerdo esa madrugada del 36. Una madrugada oscura. Se presentía algo. En esa época todos presentíamos muchas cosas. Y lo que no presentíamos, era porque se cristalizaba en una realidad llena de persecución, tortura y muerte. Cosas terribles de lo que sabíamos y de lo que íbamos escuchando. Sabíamos como nuestros amigos y conocidos eran perseguidos, en sus casas o a la vera de un camino. La zozobra y el miedo se acostaban con nosotros y con ellos nos despertábamos. Eran nuestros compañeros: la tristeza, el dolor, la pérdida.

Es así como en esa madrugada escuché murmullos, alientos agitados y pasos ensordecedores. ¿Quiénes son? Me pregunté inquieto. ¿Qué hacen a esta hora? ¿Qué pueden estar haciendo en este momento? No quise responderme a esta pregunta porque sabía en mi interior que algo trágico se avecinaba.

Y yo, como siempre, en mi barranco, inmóvil, pero atento lo vi. Desde mi lugar lo vi. Lo divisé entre la penumbra de esa noche. En medio de ellos estaba él. En medio de ese pelotón estaba él, Federico. Apenas se divisaba su pequeño cuerpo entre aquellos desconocidos que iban armados. A los empujones se iban acercando. Cada vez más. Cada vez más cerca de mí. Y ahí bien cerca mío, lo vi con ellos. Pude divisar con claridad aquellos salteadores nocturnos qué lo llevaban. Aún tengo el recuerdo de sus rostros enérgicos, atravesados por el odio y el desprecio. ¡Traen a Federico! Pensé en medio del pavor que sentía en ese instante. Y volví a preguntarme si lo que veía era cierto. ¡Es Federico! Me repetía una y otra vez.

Y allí estaba él. Era él. En esa penumbra era un poeta con ojos penumbrosos y labios apretados, aquellos que había cantados tantos amores y sueños, hoy solo son testigos de la angustia, de la desolación. Su mirada buscaba ayuda en medio de la oscuridad. Había descubierto abruptamente su futuro. Sus pasos temblorosos, a punta de fuego, dibujan el trayecto de sus últimas huellas. Caminaba y se sentía a la muerte rodeando  mi barranco. La muerte iba abrazada con sus asesinos. Federico ya no andaría más por estos senderos, ya no descubriría con asombro cada rincón de su amada tierra andaluza, ya no, ya no.

Y el pelotón disparó y ahí cayó Federico. Y casi sin darme cuenta, escuché un estruendo que atravesó todo su cuerpo.

Y ahí estaba, a mis pies. Me miró. Yo tengo en mi interior su última mirada. Yo tengo su último aliento. Cayó junto a mí. Todo su cuerpo estremeció mi tierra. Sacudió todo mi tronco, mis ramas y mis hojas. En ese momento y por un instante se detuvo mi sabia. Un silencio profundo me rodeó. Inerme y con una profunda soledad, todo el dolor cupo en mi duramen. Nunca había sentido estremecer toda mi esencia. Mis ramas se aquietaron y por un instante contuve el sonido que siempre hago cuando juego con la briza y el viento.

Su cuerpo estaba ahí, a mis pies. Yo estaba ahí, junto a él, y por un instante fuimos uno.

Si hubiera podido retener entre mis ramas sus palabras, cobijar en mi copa sus poemas y esconderlos frente al terror que se asomaba, esa madrugada hubiera sido distinta. Si mis frutos hubieran podido atesorar sus sueños y secretos, nunca hubiera permitido que me los cortaran como nunca hubiera permitido que nos arrancaran a Federico, pero no pude.

Sé que tengo en mi copa, en mi tronco, en mis hojas, las huellas de esa madrugada.

Y yo, un humilde olivo, que había nacido y crecido ahí, a la vera del camino, solitario, soy el testigo de su última mirada, de su último suspiro.

Yo tengo su último gemido atravesado por el dolor, solo yo tengo sus últimos susurros y quejidos. Solo yo tengo el suplicio y el desgarro de su cuerpo.

Su sangre brotó de su cuerpo y se refugió en mis costados. Atesoro gotas de su sangre que fueron mezclándose con mi savia y que hasta hoy corre por cada parte de mi tronco y de mis ramas.

Y ahí estaba, a mis pies, con su última mirada, con su último aliento.

¡Ah, si hubiera podido detener ese pelotón, esconderlo a él entre mis ramas! Hubiera querido que mis raíces lo abrazaran tan fuerte y así nunca soltarlo, esperando juntos una nueva  mañana. Si hubiera podido protegerlo y acariciarlo con mis hojas; si hubiera podido esconderlo, alimentarlo con mis frutos, cobijarlo; si hubiera podido hacer tantas cosas, pero mi naturaleza no me lo permitió.

Y aquí estoy buscándolo como muchos de nosotros. No pude ver a donde se lo llevaron. A donde ocultaron ese cuerpo frágil, lacerado y penetrado por la venganza y el odio. Lo ocultaron, pero no pudieron ocultar su canto y su música que aún resuena en estos lares.

¿Dónde estás Federico? Yo también me lo pregunto cada día. ¿En qué lugar enterraron tu delicado cuerpo? ¿Qué tierra te cubre? ¿A qué sombra reposas? Todos queremos encontrarte para reencontrarnos una vez más contigo. Para arroparte y contarte que vives en tu canto, en tus poemas, en mí y en mi memoria.

No puedo olvidar y no quiero, esa madrugada donde el horror se apoderó de mi tierra, de mi pequeño espacio en este barranco.

Esa madrugada marcaría para siempre mi humilde historia como olivo, y marcaría mi terruño, pero nunca dejare de ser tuyo.

Soy tu olivo, Federico.