204. La reina de las verdes cumbres

Vicen Sánchez Guerrero

 

Corría el año 3000 en la ciudad de Eala. Era una ciudad moderna cuyos habitantes se enorgullecían de pertenecer a una civilización tecnológicamente muy desarrollada. Eala se asentaba sobre una extensa llanura presidida por una alta y verde montaña en cuya cumbre residía la Reina de las Verdes Cumbres, así llamada porque se hallaba  rodeada de  frondosa vegetación.

Mientras que en lo alto de la montaña se respiraba paz y armonía, abajo, en el valle, todo era frenesí, estrés y automatismo. Los habitantes habían desarrollado unas máquinas capaces de realizar los trabajos que requerían fuerza física y también intelectual. Gracias a unos microchips instalados en su cerebro, se comunicaban con la mirada sin hacer uso del habla.  La realidad en la que vivían era una realidad virtual basada en la ficción y el deseo; incluso la educación de los niños se hacía a través de la realidad virtual. A través de ella viajaban a lugares imaginados sin moverse de sus casas. En ese afán de crear comodidad, habían inventado en laboratorios un sistema de alimentación basado en cápsulas que les hacían sentir saciados, con lo que dejaron de cultivar y producir  alimentos de origen animal y vegetal. Por este motivo, los árboles que los habían alimentado cayeron en el olvido.

La gente vivía voluntariamente encerrada en las casas porque no tenían que ir al trabajo, ni al colegio ni siquiera al hospital. Y cuando salían se desplazaban con unos vehículos tan rápidos que eran capaces de atravesar  ciudades  en cuestión de segundos. Nadie tenía necesidad de nadie. A los niños desde pequeños se les instruía en cómo moverse y formarse e incluso alimentarse con la realidad virtual.

Todo funcionaba gracias a unas enormes bombillas inteligentes instaladas sobre bloques de hormigón enterrados en la tierra. Esta, al estar abandonada, dejó de ser fértil. Las bombillas  se alimentaban de la luz del sol y eran las encargadas de producir la energía necesaria y eficiente para el funcionamiento de toda su  tecnología.

Sin embargo, a pesar de todos los avances logrados, no habían conseguido controlar el paso del tiempo, que parecía ir más rápido de lo normal, pues la gente moría muy joven. Los más viejos contaban leyendas sobre un tiempo  muy lejano en el que la gente vivía hasta los ochenta años mientras que ellos sólo lograban llegar difícilmente a los cincuenta.

Apenas habían cumplido dos años, perdían su sonrojado color de piel  que se volvía de color blanquecino. Su pelo empezaba a caerse y en la adolescencia ya no tenían ningún pelo en todo su cuerpo. Empezaban teniendo problemas intestinales por la alimentación a base de fármacos y a la edad de cuarenta años se convertían en ancianos con pocas fuerzas y débiles para seguir viviendo.

Por el contrario, la Reina de las Verdes Cumbres tenía el don de la longevidad. Aunque se sabía que era muy mayor, se decía que seguía manteniendo una apariencia jovial y lozana. Nadie la había visto, pero las antiguas leyendas contaban que allá sobre las cumbres, vivía una hermosa reina de piel suave y brillante, con mucho brillo en sus ojos y de serena sonrisa. Su cabello era rubio, largo y sedoso  y de su cuello colgaba una piedra preciosa de color verde esmeralda, que era única en el mundo y de la que se decía que tenía propiedades mágicas y sanadoras. Contaba la leyenda que  la reina poseía el don de la vida, de la fertilidad y de la inmortalidad; pero había quien decía que todo era un mito inventado y transmitido de generación a generación por  los viejos del lugar. Lo cierto es que todos los habitantes del reino adoraban el colorido, la majestuosidad y luminosidad que emanaba de la gran montaña y eran muchos los que se preguntaban qué hacía que esa parte de su reino gozara de ese esplendor, frondosidad  y color. Sin embargo, como estaban tan inmersos en sus avances tecnológicos, nadie se planteaba subir a la cima y averiguar la razón de tan asombrosa belleza.

Pero ocurrió que un día, las bombillas inteligentes  encargadas de abastecer de energía a todo el valle, se incendiaron a causa de la sobreexplotación y de repente, una cadena de sucesos contrarios se desencadenó: dejó de haber luz en las ciudades, la realidad virtual era imposible de imaginar, los laboratorios no podían crear alimentos vitamínicos y lo que era peor aún, como estaban acostumbrado a no dialogar entre ellos, casi se habían olvidado de hablar y comunicarse, con lo que  se creó un enorme caos y nadie sabía qué hacer ni a dónde ir.

Pasaron unos días y la gente empezó a morir  porque no tenían qué comer y la luz del sol no llegaba a ningún lugar, porque las nubes de polvo y humo se lo impedían. Hacía frío y todo estaba oscuro. Bueno, todo no. La montaña seguía resplandeciente y luminosa. Sin duda, el sol sí que llegaba allí. Entonces se les ocurrió que debían subir a la montaña en busca de luz, oxígeno, calor y alimento. Y uno a uno comenzó a escalar la ladera de la montaña. Los más jóvenes llevaban cargados a los mayores y las mujeres a los bebés. Pasaron unos días y estaban casi desfallecidos, cuando lograron atravesar la barrera de nubes que separaba el valle de la montaña. Y lo que vieron sus ojos fue algo asombroso e inesperado: todo un paraíso de árboles frondosos, llenos de hojas pequeñas y cargados de unos frutos redondos y pequeños de distintos colores que colgaban agrupados entre sus ramas. Uno de los más mayores se acercó al árbol y tomando un puñado de pequeñas hojas entre sus manos, olió su aroma y entonces recordó qué era aquello.

—¡Son aceitunas!- exclamó! Estamos salvados!

Los más jóvenes no sabían qué era aquello que se llamaba “Aceituna” pero al ver al abuelo feliz cogiendo esas bolitas y metérselas en su boca, hicieron lo mismo, ya que hacía días que no comían nada. Los más viejos comentaban entre ellos:

—Es extraño- se decían- al comerlas es como comer la hierba fresca del campo

—Esta sabe a plátano.

—Pues esta tiene sabor amargo, a frutos secos.

—¿Plátanos? ¿Frutos secos? ¿Qué tipo de alimentos eran esos?- quiso saber uno de los jóvenes.

—Hace mucho tiempo, cuando aún éramos muy pequeños tomábamos fruta y una de ellas, era el plátano. Luego dejaron de existir y ahora tenemos pastillas con olor a plátano- les explicó otro de los mayores.

Las mamás empezaron a estrujar las aceitunas intentando dar de comer a sus bebés con el jugo que salía de ellas. Después de que hubieron comido bastante, se sentaron a descansar antes de retomar el camino hacia la cumbre. Los más jóvenes quisieron saber más de ese tiempo que ellos no habían vivido y que los mayores apenas recordaban.

El  más mayor de los abuelos, que tenía más de cincuenta años, sentándose bajo la copa de uno de aquellos árboles, tomó la palabra para contarles una leyenda que hacía muchos años se contaba entre los habitantes del lugar y que tenía que ver con esos árboles y frutos que tenían ante sus ojos.

—“Cuenta la leyenda que hace muchos años, tal vez siglos, todo nuestro valle estaba lleno de estos árboles y sus frutos que se llamaban aceitunas. Había distinta variedades de ellos y cada uno daba un tipo de aceituna diferente, según fuese la tierra donde estuviese cultivado o las características genéticas de cada árbol. Se dice que cada familia poseía un trozo de tierra y sembraba unos cuantos olivos (que así se llaman estos árboles) y recogían sus aceitunas en otoño. De ellos decían que  emanaba un líquido verde que  servía para cocinar y que creo recordar que lo  llamaban “Oleum” que significaba “aceite”. Había aceite de muchos tipos: Hojiblanca, Cornicabra, Picual, Picudo, lechín…La leyenda cuenta que había otro alimento que se llamaba “Panis” o “ pan”, que hacían de un cereal llamado trigo. Dicen las leyendas que hubo un tiempo en que  las familias se alimentaban mojando el pan en el aceite y nunca pasaban hambre ni tenían dolores, pues las aceitunas aportaban antioxidantes a las células del cuerpo de las personas que lucían  un bonito color de piel. Había un aceite especial llamado “Virgen Extra” gracias al cual nadie  tenía problemas intestinales pues ayudaba a reforzar las defensas del sistema inmunitario, purificando el cuerpo por dentro y por fuera. Los bebés no sufrían de cólicos ni alergias, pues su piel era masajeada con ese aceite balsámico y aromático. Los jóvenes rociaban sus rostros con el aceite “Virgen Extra”  para evitar el acné. Dicen las historias que cuando los hombres y mujeres tenían heridas en las manos o en los pies por el duro trabajo, se untaban la piel con aceite y sanaban rápidamente.

—¿Qué era eso del trabajo?-quiso saber uno de los más jóvenes

—Trabajar era esforzarte para producir algo útil para uno mismo y para la comunidad y así mejorar la sociedad y el mundo. Hace mucho tiempo, nuestros antepasados, trabajaban cultivando la tierra y no era necesario tener un laboratorio que les diera alimento. Ellos mismos elaboraban su propio alimento que sacaban de la tierra y además de servirles para su alimentación y salud, lo intercambiaban con otros pueblos que cultivaban otro fruto y así se ayudaban entre ellos. En los mercados se  hablaba y se intercambiaban sus mercancías.

—¿Se hablaba?

—Sí. La lengua que vosotros los más jóvenes ya apenas usáis, en un tiempo fue un tesoro a través del cual la gente se comunicaba. Cada uno tenía su propia lengua y había zonas que tenían  lenguas diferentes y las aprendían para poder intercambiar ideas y opiniones.

—¿Entonces…no usaban la mirada o los símbolos para comunicarse?

—Según dicen las leyendas, la mirada la usaban para expresar emociones: alegría, tristeza, pena, ilusión. Pero esas miradas iban acompañadas del lenguaje, y así se expresaban más y mejor los sentimientos de las personas.

—Luego, con las nuevas tecnologías, el lenguaje fue considerado algo antiguo y la gente prefería no hablar y usar la mirada virtual..- apuntó otro de los más longevos- Y ahora nos hallamos  aquí hablando porque tenemos un problema y el temor de la supervivencia nos invade; pero hasta hace poco, nadie hablaba con nadie  y moríamos en soledad cuando nos debilitábamos.

 

Todos los ciudadanos permanecían en silencio escuchando al gran abuelo que, a pesar de sus cincuenta y tantos  años seguía recordando las leyendas contadas por sus antepasados.

—Apenas recuerdo nada más, pero sí sé que los habitantes de nuestro reino dejaron de visitar la montaña, cultivar los campos y se encerraron en las paredes de sus casas, absortos por las nuevas tecnologías que iban apareciendo de forma atropellada en la sociedad. Y dejaron de tomar el sol tan necesario para la salud, abandonaron las tierras que se volvieron infértiles, olvidaron preparar alimentos y se refugiaron en la comida química. La tierra se volvió  árida y triste y estos árboles que veis aquí, los olivos, empezaron a desaparecer. Mis antepasados me contaron que solo en la cumbre de la montaña, consiguieron sobrevivir aunque no sabían la razón porque nunca nadie se atrevió a subir aquí y comprobarlo.

Se hizo un gran silencio y por un momento un sentimiento de tristeza invadió el corazón de todos, pues comprobaron que eran esclavos de sus avances y verdugos  de su existencia. De repente todos se dieron cuenta de que tenían fuerzas y ganas de seguir subiendo hasta la cumbre y comprobar si de verdad esos árboles, los olivos,  eran los árboles de la vida, de la fertilidad y  de la resurrección de su pueblo.

Y continuaron ascendiendo a la cumbre  ilusionados de poder salvarse, comiendo el fruto de esos árboles que, aunque parecían milenarios, les regalaban un delicioso manjar que les daba fuerzas y energías. Y así, día a día, alimentándose de  aceitunas, lograron llegar a la cima con entereza y alegría. Llegaron al anochecer y buscaron a la reina de las Verdes Cumbres pero no la hallaron. Pero cuando, al amanecer, el sol salió detrás de las montañas, un ruido atronador se oyó en el firmamento y una figura con forma de mujer apareció ante sus ojos. Su cabellera era larga y rubia y en su cabeza llevaba un casco a modo de guerrera. Sobre su hombro derecho se posaba un búho; en su mano derecha llevaba una lanza y en la izquierda, un escudo. A pesar de su atuendo guerrero, podía verse que les miraba en son de alegría y paz. Todos callaron y ella habló con una voz pausada pero firme.

Llevo siglos esperando este momento y por fin os habéis atrevido a venir a mi templo. Soy la reina de las Verdes Cumbres pero mi verdadero nombre es Atenea y hace miles de años luché contra Poseidón por ver quién ofrecía algo mejor a la humanidad. Él hizo brotar agua salada de una roca, pero yo hice que de una rama brotara un olivo. Me preocupé por dar a la humanidad lo mejor de la tierra, algo que no solo les sirviera como alimento, sino como esencia y perfume para su cuerpo, calmante para sus dolores, bálsamo para su estómago, oro para su piel, manjar para su paladar y condimento para su yantar. Gracias a mí, cientos de distintas especies de olivo poblaron la tierra y cada uno de ellos aportaba un aroma, un sabor y olor particular, pero todos ellos mantenían las células del cuerpo de los hombres y mujeres  sanas y fuertes, gracias a su Aceite Virgen Extra.

Este olivo que veis aquí, fue el primer olivo que planté y bajo él nacieron todos los dioses griegos. Una rama de olivo fue la primera antorcha olímpica y del olivo se construían las coronas para laurear a los héroes en las primeras olimpiadas griegas. Con su aceite ungía Moisés a su pueblo. Los fenicios lo llevaron por el Mediterráneo llegando a  Andalucía y desde Jaén a toda España. Cruzó el Atlántico y se extendió al continente americano, poblando  México, Perú, Argentina… y en Asia, llegó hasta  China y Japón. Este árbol que veis aquí ha dado de comer a civilizaciones enteras en los cuatro confines de la tierra y, sin embargo, hubo un día en que ese mismo pueblo, al que alimentó, lo despreció y lo desterró de sus vidas y de sus tierras. Vuestros antepasados no supieron calibrar su valor y  riqueza y prefirieron cambiar sus frutos por productos químicos de laboratorio que han hecho que enferméis.

En su lugar, pusieron una especie de árbol de metal, hormigón y cables  y dejaron de consumir aceitunas que cambiaron por manteca insalubre y dañina para vuestro cuerpo y vuestra mente. La comida dejó de estar exquisita y la grasa saludable de la aceituna fue sustituida por la  grasa  animal y perjudicial para vuestros corazones, que se hacen viejos antes de tiempo y os provocan enfermedades del corazón y la muerte.

Mi padre, Zeus, ante semejante catástrofe para la humanidad, me encomendó proteger el árbol de la vida y sus frutos y me vi obligada a salir del olimpo de los dioses para rescatar unos ejemplares de las distintas especies de olivos, que hay en el mundo,  para poder algún día rescatar a la humanidad.

Y los traje aquí, a esta montaña donde los he alimentado con la luz del sol y protegido con mi coraza y mi poder de diosa de la sabiduría. Aquí han sobrevivido durante miles de años mientras yo aportaba a cada uno de ellos las condiciones climatológicas propias de cada especie. Los dioses del olimpo venían todos los otoños a recolectar las aceitunas en su determinado momento de maduración. Y mientras tanto, esperábamos que el  hombre se diera cuenta de su error y viniera a rescatarlos  para volver a repoblar la tierra con olivos y aceitunas que le aportaran a la humanidad salud, aroma y color.

En esos momentos, agarrando el medallón esmeralda que colgaba de su cuello y apretándolo fuertemente con sus dos manos, dijo, alzando la voz:

—Este es el oro líquido que la madre naturaleza os regaló y que os salvará y os hará envejecer hasta que salgan arrugas en toda vuestra piel. Este aceite que hoy brota y se escurre  entre mis dedos, no es una realidad virtual, sino una realidad tangible y valiosa que solo los hombres sabios de todas las épocas han sabido apreciar. Este aceite es el alimento de la salud y solo él os hará invulnerables ante las enfermedades y el paso del tiempo.

En esos momentos la gran cumbre verde detrás de la diosa Atenea se abrió y una cascada de aceite de color verde sólido y  transparente, brotó estrepitosamente inundando toda la montaña y llegando a los pies de todos ellos, que estaban  atónitos  mirando a la diosa. Los bebés mojaban sus dedos en el aceite y se lo llevaban a la boca, las madres se ungían sus rostros con ese bálsamo suave y aromático, los hombres enterraban sus manos en la tierra y salían llenas de aceitunas tersas, hermosas, llenas de brillo y de distinto color y aroma.

Desde la cumbre, la diosa Atenea contemplaba satisfecha la magnitud de su regalo. Por segunda vez, cortó una rama de olivo y la enterró en la tierra y al pronto creció un hermoso y pequeño olivo. Ella, una vez más, daba la oportunidad a las civilizaciones futuras de valorar la riqueza de un fruto que les salvaría y les regalaría longevidad, salud, vida y paz. Gracias a su protección, el olivo y su fruto, la aceituna, habían logrado sobrevivir. Ahora les tocaba a ellos protegerlo, cuidarlo y hacer que las futuras generaciones pudieran disfrutar de las propiedades y cualidades de tan valioso tesoro que la tierra les daba: un árbol milenario bajo el que soñar y un lujoso  manjar  que, ahora más que nunca, habría que proteger y salvar.