202. La salita de la princesa
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.・*˚⁺‧༺✧ La salita de la princesa✧༻.⁺˚*・.
Pseudónimo: Princesa Ópalo
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Adelita llegó a una gran sala preciosa, refulgente, con piedras preciosas, macetas de porcelana lila, celeste y rosa, de plantas altas tipo palmera, cortas, exóticas.
En el centro había una mesita de patas doradas y un sillón de color pastel neorococó.
Se sentó allí, dejando colgar los zapatitos de charol perla, dejando en un ladito su sombrero de plumas rosas.
Al poco, se apareció, entre millares de luces, espectros, fragmentos de prisma, brillantina y purpurina iridiscente, opalescente, un hada con multitud de joyas en su tiara sobre su cabello recogido, en el cuello y en su vestido de seda y gasa.
Ésta le traía dos cajitas de lata muy bonitas y una botellita de cristal del color del oro:
En una de las latas de color rosa, azul y dorado se apreciaba una gran S, Adelita leyó con su vocecita en alto «El de mejor gusto y el más higiénico», «Sucursal n°8 Rambla de Canaletas, 5» y en la botellita, otra S, multicolor, adornada con una planta y en la que se alcanzaba a leer en su interior «Aceite de Oliva Salat Barcelona».
En la otra lata color escarlata con decoraciones art nouveau en oro, Adelita leyó: Carbonell «Medalla de Oro en la Exposición Universal de Barcelona en 1888», «Proveedor Oficial de la Casa Real Española desde 1895, otorgado por la Reina Regente, María Cristina de Austria», «Único Gran Premio obtenido en la última Exposición de San Luis». Aquí Adelita se sorprendió, ¿no era aquella la exposición de Estados Unidos, de los grandes palacios y canales de aguas y fuentes, de los cucuruchos de helado, del algodón de azúcar y de los grandes edificios como aquel de estilo art nouveau con el rostro de un payaso en cuyo interior había espejos distorsionadores?
Adelita siguió leyendo… “Primer gran premio en la Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza de 1908″ y «Gran Premio en la Exposición Internacional de Buenos Aires de 1910».
Sonó una dulce campanita y llegó enseguida desde detrás suya un gnomito bicolor rosa y celeste con pompones de Pierrot que traía en una bella bandejita de oro un platito blanco con un bonito mollete de pan en su centro. Otro gnomito llegó desde una puerta dorada y blanca a su izquierda trayendo un set de vinagrera y aceitera de estilo modernista y lo dejó elegantemente sobre la mesa poniéndose de puntillas. Abrió la botellita y puso su contenido con gracia en la aceitera de cristal.
En cuanto Adelita dio las gracias, este se fue corriendo muy rápido cómicamente.
Con gran solemnidad, por su lado derecho apareció un gran Pegaso de color lila, en el cual iba montado un pequeño saltimbanqui de traje lila de seda que le entregó con gran majestuosidad un azucarero de cristal con cucharita de oro.
Adelita abrió el mollete de pan, le puso un poquito de aquel líquido tan brillante y luego unas cucharaditas de azúcar. Pero se dio cuenta al alzar su cabecita de rubios cabellos, de que los gnomitos, el saltimbanqui y el Pegaso la miraban desde detrás de la puerta dorada, como expectantes a ver su reacción ante tal manjar, pero también como si quisieran ellos mismos un poquito de aquel delicioso postre, así que con una pequeñita sonrisa se puso a preparar unos cuantos más molletes con aceite y azúcar para ellos.
Los duendes lo probaron, y empezaron a correr cada vez más y más rápido por la salita con hiperactividad hasta casi desaparecer por la velocidad, y a saltar por los aires como fuegos artificiales de miles de colores con pequeños grititos de alegría; y el Pegaso lila dio un respingo y con ojos de zafiro llenos de brillantitos y diamantitos asintió una y otra vez dando vueltas elegantes alrededor de ella y de la mesita de oro.
El Pegaso la agarró delicadamente con el cuello para que subiera a su montura de estilo rococó y los gnomitos y el saltimbanqui subieron también, saliendo a través del gran ventanal de cristal al gran cielo azul. En su bolsito rosa llevaba un mollete preparado, que agarró con firmeza en el viaje veloz del equino fantástico.
Se oían grandes voces reales a lo lejos, aplausos y bandas militares festivas, fuegos artificiales y luces infinitas, gallardetes de colores enarbolados en el cielo cian, y una nave aerostática dorada de la realeza, que flotaba en el aire, ingrávida y solemne.
El Pegaso se deslizó suavemente en su descenso, trotando feliz con sus cascos color oro al llegar hasta la alfombra azul de preciosísimos bordados dorados en espiral hasta los piececitos de tacón de ópalo del Rey Azúcar. Su cabello plateado adornado de pequeñísimos diamantes brillaba en espirales, caracoles de fantasía y maravilla, su mostacho en forma de galaxia, la corona de piedras luna, banda de seda azul cruzando su pecho y pancita, una capita lila larga que se extendía por toda la alfombra, y un cetro de magia de hada y mago al mismo tiempo, con una piedra preciosa caleidoscópica que giraba y giraba, adornada en lazos y estrellas de espejo al más puro estilo art nouveau.
El Rey Azúcar la vio, y su rostro y su gran bigotón se animaron, y Adelita, ante un pequeño golpecito de morro de Pegaso en su manita que agarraba el dulce y un pequeño relincho, sacó de su pequeño bolsito el mollete de azúcar y aceite, el cual depositó en un pequeñito y mullido cojín de fieltro de color blanco que el saltimbanqui le entregó amablemente y sonriente.
Adelita se acercó con nerviosismo, pero en seguida el Rey Azúcar la interceptó, se empezó a oír una música de órgano de feria o limonaire, y unas haditas vestidas con traje de bailarina y tiara de princesa empezaron a cantar en unas gradas con guirnaldas y unos querubines bailaban en el aire desincronizados; los señoritos de bigotito y bombín, las señoritas de parasol y niños de la multitud vestidos con lazos, sombreros emplumados y gorritos de marinero les señalaban y sonreían.
El Rey Azúcar dijo:
– Princesita Adela, ¡cuánto tiempo! ¿Qué me traes esta vez?
– Le traigo este mollete con aceite de oliva purísimo y riquísimo y un azúcar también muy rico, rey Azúcar.
Ahora se oía a los ángeles cantar, mientras el Rey Azúcar observaba el delicioso dulce, que tomó con ternura de la princesita con sus manos a rebosar de anillos de hadas, estrellas, y diamantes, ópalos y dragones de oro. Le dio un pequeño mordisquito y sonrió, y en seguida pidió a sus lacayos de casaca versallesca celeste, brocados y peluca blanca de lazo color pastel, que lo probaran, cortando unos trocitos con cuchillo de plata, y también a los pajes circenses de trajes arcoíris. Sus trajes y labios brillaban con los restos del azúcar como pequeños diamantes y del aceite.
Finalmente, el Rey Azúcar le otorgó a la Princesita Adela una Medalla de Ópalo por su innovación y sencillez…»Medalla de Ópalo en la Exposición Universal del Palacio de Hadas en 1910”, …Adela se sintió muy feliz…y entre todos los vítores, y las banderas enarboladas de los distintos palacios mágicos, la princesita empezó s sentir mucho sueño, y notó como Pegaso la abrazaba con sus alas grandes y suaves antes de caer en un profundo sueño…
Adelita despertó en su mullida cama de dosel rosa y almohadones de plumones, cubiertos de fina seda celeste,… que le recordó inmediatamente al brillo angelical de las alturas… por siempre inhabitadas por pegasos lilas, querubines y mensajeros alados de uniforme coqueto azul índigo de princesas escritoras y lectoras y de libélulas en busca de nuevos palacios, como exploradoras de lo etéreo,… y enseguida, erguida, buscó su medalla, pero palpando no la encontró, fue rápido a abrir la puerta dorada de su habitación y esperando encontrar el cielo azul de aquellas nubes de fantasía, vio el salón majestuoso de su palacete barcelonés; todavía en sueños, preguntó por telegrama a los astrónomos, pero ellos negaban, mientras escribían sus respuestas, mientras escrudiñaban nuevos titilantes diamantes del firmamento a través de finas gafitas de montura dorada, que ellos no sabían nada; preguntó entonces por carta a los escritores y poetas de mostachito y traje elegante, pero ellos hacía décadas que no los veían y abrían los ojos como niños con aquellas preguntas, y preguntó a los circenses de maillot rosa y azul o lila, en sus sueños, que la escuchaban atentamente parados en poses diversas de práctica sobre las nubes, pero ellos nunca habían oído hablar de tan curiosa troupe y buscaron periódicos en amplias bibliotecas de palacios ensoñados celestes, información sobre sus amigos, sin llegar a encontrar ni tan siquiera sus nombres. Ansiosa, recorrió la casa, los dormitorios, los jardines interiores, y superiores, los pasillos blancos acristalados en busca del Pegaso, de los gnomitos, del saltimbanqui, de los pajes circenses y del Rey Azúcar……no los vio.
– ¡A desayunar! oyó decir a su madre a lo lejos.
Su madre, vestida de camisón de seda lila y encaje de algodón mañanero y cabello cobrizo recogido, la vio, diciendo: ¡Pero, Adelita, mira cómo te has puesto, tienes aceite en la cara, azúcar en el vestido, pero niña, ¿qué has hecho?
Adelita abrió mucho los ojos como estrellas y fue a desayunar.
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Fin



