199. Mesié Boné

Marta Vidal del Palacio

 

Una vez encontré mi asiento, coloqué la mochila y el regalo en el portaequipajes y me senté pegado a la ventana. Minutos después, el tren arrancó. Mientras mi mirada se perdía entre los olivares valencianos, mi mente se sumergía en los recuerdos, vivencias de una vida que parecía otra y, sin embargo, era también mía.

Cuando tenía once, doce años, nos mudamos a Francia. La situación en España se caía a pedazos y mis padres decidieron probar suerte en el país vecino. Yo, en esa edad en la que uno ya se cree mayor, detesté la decisión desde el primer momento. Ahora, ya adulto, me compadezco de mis padres. Entre lo mal que lo tenían que estar pasando por dejar su país y encima yo, molestando continuamente con mi actitud y mis comentarios, no debió ser nada fácil.  Mateo, mi hermano pequeño, no dijo ni pío. Pero claro, con diez meses, qué iba a decir.

Una vez en territorio francés, acabamos en una localidad llamada Claira, cerca de Perpiñán. Mis padres buscaron trabajo rápidamente: mi padre en los olivares y mi madre, como costurera. El paso siguiente fue apuntarnos al colegio, decisión que reafirmó mi idea de que el traslado a Francia había sido un error monumental. En España me gustaba poco el colegio. En Francia, descubrí que si encima no entendía nada de lo que decían, me gustaba aún menos.

Mateo empezó a ir a la guardería, o maternelle como se llama allí, y fue bilingüe desde que se puso a hablar. Ningún tipo de acento. Actualmente vive en Lyon, felizmente casado, dos hijos. Yo, entre que era mayor y que seguía sin aceptar nuestra partida, fui más reticente a la hora de aprender el idioma, pensando que de ese modo facilitaría mi vuelta a España. Qué idiota fui. Doce años tenía, tampoco le pidamos peras al olmo…

Inicialmente, debido a mis dificultades con el idioma, me costó hacer amistades. En clase estaba en mi mundo y en el recreo, cualquier intento de comenzar una conversación se desvanecía rápidamente. Sin embargo, un chaval muy agradable no desistía en su empeño y se acercaba siempre a mí, intentando usar palabras simples, hablar despacio. Gracias a Dios tenía un nombre sencillo: Nicolá. Yo no entendía por qué decía “Nicolá” si en su cuaderno ponía “Nicolas Dubois”.

—¿Nicolás? —le pregunté varias veces, apuntándole con un dedo índice y el ceño fruncido.

—Nicolá— respondía él, con la mano derecha sobre el corazón y una sonrisa risueña.

“Bueno, pues como los andaluces, sin pronunciar la « s » del final”, pensé para mí. Mi padre había coincidido con algún jornalero andaluz durante la recogida de la oliva. Yo abría las orejas y atendía cuando hablaban, bebiendo de ese acento tan familiar y a la vez, tan diferente. En esa época, antes de nuestra partida a Francia, mi mejor recuerdo era ayudar a mi padre en la recogida de la oliva. Al ser tan pequeño tampoco podía hacer mucho, pero en mi mente era un jornalero más.

El padre de Nicolá, Mesié Dubuá, tenía campos de tomates. La recogida de la oliva era bastante corta y el colegio me interesaba más bien poco: me ofrecí para trabajar recogiendo esas deliciosas frutas rojas. Poco a poco se empezó a fraguar una amistad entre Nicolá y yo, por lo que, cuando coincidíamos los dos juntos trabajando, nos entendíamos sin necesidad de esas palabras que tanto me costaban pronunciar.

Durante los años que trabajé en los campos de Mesié Dubuá, me metía a menudo en el bolsillo un trozo de tela, doblado con mimo, con un pellizco de sal en su interior. Cuando encontraba un tomate terso, maduro, de esos que relucen con la piel tirante, lo arrancaba del racimo y en vez de meterlo en el cesto, me lo guardaba en el bolsillo. Luego esperaba el momento oportuno. Escondido entre las plantas, sacaba mi botín y el trozo de tela. Espolvoreaba el tomate con un poco de sal y le daba en mordisco, sintiendo la explosión de zumo en mi paladar. ¡Menudo manjar!

En alguna ocasión, Nicolá me vio y abrió los ojos como platos, aterrado. Yo cruzaba un dedo delante de los labios exigiendo un pacto de silencio que, a día de hoy, creo que en ningún momento traicionó. Eso no quiere decir que nunca me descubrieran. En varias ocasiones recibí un varazo de Mesié Dubuá, que me había pillado manos en la masa. “Yo te pago para recoger tomates, ¡no para que te los comas!”. Algo así creí entender, aún no me defendía del todo bien. Yo ponía cara de inocente y me escabullía rápidamente. A pesar de los desencuentros, nunca me echó. Esos tomates que comía de vez en cuando eran la propina por el trabajo que hacía: tenía manos ágiles, buen ritmo y nunca me quejaba.

El trasiego de gente que subió y bajó del tren me sacó momentáneamente de mi ensimismamiento. Miré hacia la pantalla, que anunciaba la parada en Barcelona. Después, desvié la vista encima de mi cabeza, confirmando que todo mi equipaje, mochila y obsequio, seguían en su sitio.

A las doce en punto, el tren arrancó de nuevo, y con él, mi memoria volvió a ponerse en marcha. Mesié Boné era el propietario de los olivares. Un hombre amable y sincero con sus trabajadores, incluso con los inmigrantes. Era un francés algo menos estirado que los demás, lo que me permitió, cuando mejoré ligeramente mi francés, poder picarle un poco. Siempre que tenía la oportunidad le decía que el aceite de oliva español era el mejor del mundo. Él se reía, me pasaba con brío una mano sobre la cabeza, despeinándome la mata de pelo castaño que tenía, y me rebatía.  “El día que lo pruebe, te diré”. Cuando mi padre falleció repentinamente de un infarto, Mesié Boné se encargó de nosotros y nos trató como parte más de su familia. Siempre digo orgulloso que tengo un padre español, en el cielo, y otro francés, cerca de los Pirineos.

Cada vez que llegaba la recogida de la oliva, invitaba a Nicolá a ver el proceso, más violento y enérgico que la recogida del tomate. El chaval se encogía un poco con los varazos a los olivos. La primera vez que vino, le di a probar el aceite. Abrí una de las garrafas de Mesié Boné, mojé un poco el dedo y me lo metí en la boca, temblando de placer. Le invité a hacer lo mismo. Él, con ese aire asustadizo que le caracterizaba, negó con la cabeza. Estos franceses, tan estirados siempre…

—Ven, ven —le invité con un gesto apremiante de la mano derecha, mientras con la izquierda sujetaba con cuidado la garrafa.

Nicolá se colocó frente al líquido dorado. Miró a izquierda y derecha y en un parpadeo, mojó raudo el dedo para luego chuparlo con brío. Con el índice en la boca, se tomó unos instantes para asimilar el sabor. Luego, se encogió de hombros.

—El de España está mejor —gruñí, contrariado con su reacción. Nicolá me miró con gesto confundido.

—Aceite, —dije, señalando el líquido — España, mejor —aclaré, con un gesto del pulgar hacia arriba.

—Ahhh —asintió Nicolá, haciéndome ver que lo había entendido. No me había entendido. Había puesto la misma cara que ponía yo en el colegio cuando la maestra me hacía una pregunta y yo sentía que me hablaban en hebreo.

 

—Próxima parada: Perpiñán.

La voz metálica anunciando mi parada puso fin a mi viaje a través de los recuerdos. Me levanté, excusándome con la chica que se había sentado a mi izquierda, y cogí el equipaje. Una vez en las escaleras de la estación, posé el regalo en el suelo para consultar el móvil, revisando el itinerario que tenía que seguir a continuación. Tras pasar casi la mitad de mi vida en ese país, acabé hablando un francés decente, pero que había cogido tanto polvo después de décadas de falta de uso, que no me atrevía a utilizar.

En el autobús me quedé mirando por la ventana, concentrado en el paisaje, asombrado de lo que había crecido la ciudad en unos pocos años. Ya enfrente de la casa de Mesié Boné, una chispa de nostalgia me atenazó la garganta. Respiré hondo y con el regalo bajo el brazo, llamé al timbre. A la puerta salió un hombre más cansado, más canoso y más arrugado de lo que yo recordaba, pero con esa sonrisa irregular que nunca abandonaba su cara.

—¡Martán! — El hombre vino con pasos rápidos hasta la puerta del jardín, dejando la puerta de la casa abierta, y me dio la bienvenida con los brazos abiertos de par en par.

Yo me llamo Martín, pero en Francia cambié tanto, que me cambiaron hasta el nombre. En el colegio todo el mundo empezó a llamarme Martán. Yo era bastante pasota en ese momento y los franceses, muy tercos con su gramática: me quedé con Martán. Al menos en Claira. Sentía que era una identidad diferente, dos hombres viviendo en un solo ser. Posé el regalo en el suelo para darle un abrazo como Dios manda al señor Bonnet. Una vez nuestros cuerpos se separaron, le ofrecí mi obsequio.

Et voilà, je vous ai apporté une carafe de la meilleure huile d’olive du monde* —le dije, guiñándole un ojo y ofreciéndole el regalo que le había traído desde España.

El hombre se rio con gozo mientras cogía la garrafa y la miraba con ojos vidriosos. La posó en el suelo y me pegó un segundo abrazo, más emotivo incluso que el anterior. Con su brazo robusto por encima de los hombros, me acompañó al interior, hacia un salón en el que nos esperaban Nicolá y su padre. Entré con una sonrisa y un nudo en la garganta. Teníamos muchas cosas que contarnos.

 

 

*Le he traído una garrafa del mejor aceite de oliva del mundo. (N. de la A.)