193. Un día en el olivar

Félix Valero Pérez

 

El día despunta con el ulular del viento en la chimenea del chozo, colocándole las alforjas al musculado mulo.

Contemplo, sobre tierras ocres y rojizas, verde esperanza a raudales; un mar de olivos mecidos al antojo del viento que en hileras cabalgan a Sierra Morena.

Abre la gélida mañana el chasquido de las lumbres y el recrujir de la cencellada bajo mis pies. De pronto, irrumpe la música en el frondoso olivar con los compases de verderones, jilgueros y el vareo con cañas y palos; entre el murmullo de la cuadrilla y la alentadora voz del manijero. Todos van entrando en calor.

El refulgor de las aceitunas sobre los mantos despierta mi mirada, mientras escucho espontáneos aleluyas del olivo.

El almuerzo aguarda en corro, con la sartén de gachasmigas y el porrón de vino. Animados los jornaleros, con orgullo contemplan costales hinchados y esportones repletos de relucientes aceitunas.

El sol ya despertó con ganas y comienzan los arrullos incesantes de las tórtolas enamoradas, a la vez que todos se despojan de gorros y chaquetas.

En la tarde, el canto inconfundible del chotacabras, anunció el fin de la jornada.