190. La butaca verde oliva
La butaca nos mecía en su vaivén de danza infantil. La uña de mi dedo índice rascaba la envoltura gruesa de la mancha en su delantal hasta que desaparecía dejando una huella. La modorra se apoderaba de ambas cuando la canícula del mes de julio envolvía el momento sagrado de la siesta. Una brisa de levante exhalaba por la puerta abierta del vestíbulo, secando el sudor entre mi espalda y la mano caliente de la abuela María.
Aquella dormilona había mecido generaciones escuchando nanas. Ahora, me vuelvo a encontrar con ella en esta casa, ya acabada, ya apagada. Me siento y la siento crujir. Quiere sincerarse conmigo. Acaricio las olivas pintadas en los barrotes del respaldo. Sus brazos me acogen cálidos al descanso del guerrero.
Entro en el mágico trance de su balanceo, mientras espero a los operarios de la mudanza. ¡Ojalá se retrasen! Tengo que despedirme de la abuela y buscar ese cuaderno que escribí con sus coplas. Estoy segura que ella lo ha conservado. Su muerte irrumpió sin despedirnos. Los abuelos se van, es un hecho admisible. Ya el abuelo se fue hace apenas dos años. Pero ella, irse sin más, sin darnos una sola pista de su enfermedad. Su carácter independiente le impedía mostrarse débil y achacosa. Nunca le gusto llamar la atención para no preocuparnos. Era muy consciente de los ritmos de lo que ella llamaba “la vida moderna” y no quería ser una carga para nadie.
No dejó dicho qué hacer con sus pertenencias. Tan solo que sus cenizas fueran enterradas junto a las del abuelo debajo del olivo centenario dónde él le pidió matrimonio. Una vida reducida en un camión de mudanza. Vengo con la idea preconcebida de no llevarme nada a casa, en un pisito tan minúsculo, nada puedo llevarme. Solo el cuaderno.
Subí en su búsqueda. Un escalofrío me recorrió desde los pies a la cabeza al traspasar la puerta del dormitorio. Su olor permanecía, el olor a olivo, a las ropas de trabajar la tierra, a tomillo, a romero, a ella.
Sin pensarlo, me dirigí al único cajón de su mesita de noche, lo arrastré por los rieles gastados, y allí estaba, protegido por su intimidad. Un bloc de los que yo usaba para el cole, tamaño cuartilla de color rojo. Lo atrapé, cómo si alguien me lo fuera a quitar. No lo abrí al momento. Bajé la escalera, me entregué a la ancestral poltrona abrazandolo. Cerré los ojos columpiándome en mis recuerdos, sintiendo la ternura con la que ambos me cuidaron y añorando esos veranos felices de mi infancia. Sus brazos acogedores me seguían acunando, anhelando un final mejor.
Me resistía a cerrar los ojos, entiendo por qué los niños se resisten a dormir. Cuándo la abuela reducía el balanceo de la butaca, mis párpados hacían un esfuerzo por abrirse. Era el momento de mi primera tregua.
—Abu, ¿por qué no me cantas esas canciones de las aceitunas?
—Vale, pero lo haré muy bajito para no despertar al abuelo.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
Andaluces de Jaén…
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos
Los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Andaluces de Jaén…
—Abu… ¿por qué ya no se cantan?
—Ya no se cantan porque antes cuando éramos jóvenes no había tantos coches como ahora. Mamá tiene uno y papi tiene otro, pero antes, cómo te decía, no teníamos transporte. Entonces, cuando teníamos que trabajar los aceituneros y las aceituneras nos mudábamos al cortijo de los señores durante la temporada de recogida y vivíamos allí desde finales de octubre hasta febrero. Allí conocí a tu abuelo Antonio, teníamos dieciséis años, era el año cincuenta y dos. ¡Él vareaba cómo nadie! ¿Sabes qué es varear?
—No, explícamelo abuela.
—Hoy se hace de forma mecánica, pero antiguamente se golpeaba las ramas del olivo con la vara inclinada y hacía abajo hasta que caían todas las aceitunas al fardo y de allí, a los esportones de esparto.
Tu abuelo manejaba la vara más grande, la que llamaban vara maestra. ¡Tenías qué verlo! En mangas de camisa, como si sus huesos fueran ajenos al helor en las mañanas de diciembre. ¡Era tan fuerte y tan capaz! Por eso me enamoré de él, bueno por eso… y por sus ojos azul cielo, como los tuyos Celeste. Su pelo negro espeso… ¡Trabajaba tan bien, que a los veinte años llegó a ser manijero!
Entonces, mi niña, mientras trabajábamos cómo te decía… Los hombres vareando, porque se necesita mucha fuerza para el vareo. ¡No te digo, que no hubiera mozas capaces de varear! Pero lo más corriente en mi juventud es que las mujeres nos dedicábamos a recoger las aceitunas que caían en los fardos y amontonarlas en espuertas hacía el carro que las llevaba a la almazara.
¡A la abuela se le va la cabeza recordando! Cómo te decía… Es que mientras trabajábamos, algunos de nosotros empezábamos tarareando una coplilla y los demás la seguíamos. De esta manera nos divertíamos trabajando porque el ordeño del olivo es una tarea muy dura, por eso la abuela está molida de la espalda. ¡Cuándo eres joven nada duele, nada pesa!
—Venga Celeste. ¡A dormir un ratito que sabes cómo enredarme!
—Otra coplilla cortita abuela. Le decía mientras me acurrucaba en sus brazos. Y ella no se hacía rogar. Le costaba al principio, pero una cosa llevaba a la otra y me hablaba de su hermana y recitaba esas coplillas que ahora leo en el cuaderno.
—Mira… mi hermana Juana, tu tita abuela, tenía una memoria prodigiosa y cantaba a porfía. Tú no sabrás lo que es eso, pero te lo explico. A porfía, quiere decir que porfiaba a ver quién cantaba más canciones, sin repetir la misma copla. ¡Qué risas, la de coplas que cantó ese día! En los últimos días de recogida, los señores del cortijo, dónde estábamos faenando nos invitaban a beber y a comer, se hacía un baile y cantábamos hasta el amanecer. La canción que recuerdo dice así:
Madre, yo tengo un novio
aceitunero
que tiene vareando
mucho salero,
se acabó la faena
y no lo he vuelto a ver.
Madre, yo tengo un novio
que me decía
que me quería
por mi querer.
Dale a la vara,
dale bien que las verdes
son las más caras,
y las negras pa ti, tipití, tipití.
¡Ay, que me voy detrás de ti!
-Venga Celeste a dormir.
-Abu la última. La de Tiene mi niña un pelo y me duermo. Y con la última sucumbía al poder de su butaca.
Tiene mi niña un pelo,
¡vaya qué pelo!
Que parece virutas
de carpintero.
Que parece virutas
de carpintero;
tiene mi niña un pelo,
¡vaya qué pelo!
Tiene mi suegra un diente,
con él me muerde,
no hay un picapedrero
que se lo quiebre.
No hay un picapedrero
que se lo quiebre;
tiene mi suegra un diente
con él me muerde
Cuando despertaba de la corta siesta en casa de los abuelos tocaba la felicidad. La larga tarde me esperaba plena y mis primos aparecerían de un momento a otro para ir a refrescarnos a la alberca.
Salí de la cama con cuidado para no despertarla. Fuera en el patio a la sombra de la parra y el ruido de las chicharras, el abuelo acompañaba a un vaso de café negro. Entonces me subía a la silla fascinada por alcanzar el luminoso sombrero de verdiales, y comenzaba la retahíla de preguntas a mi abuelo Antonio, que se esmeraba en responder a cada una de ellas sin nada de prisa.
Mi abuelo me desvelaba que ese sombrero es como la vida misma. Esto lo entendía a medias, pero sí, lo que me explicaba después. Sus manos ásperas como si apretaras un puñado de tierra del campo, me alzaban a sus rodillas. El mundo se paraba y yo le escuchaba.
—Esto que hay debajo es solo un sombrero de paja, como el que se pone el abuelo y la abuela para recoger aceitunas, pero la diferencia es que éste, que tanto te gusta, está engalanado. Cubierto con las mejores cosas que un campesino puede tener. Bonitas flores. El clavel va primero en el primer círculo, en el segundo van las margaritas, después añadimos tallos y hojas verdes para tapar los huecos, y encima de todas las flores van espejillos, perlas, abalorios, medallitas y, como colofón, las cintas de colores que caen a la espalda. Los espejos reflejan el sol, que nos madura la aceituna llamada verdial. Y así se forma este jardín ambulante, dijo el abuelo señalando al sombrero.
—Lo mismo puedes hacer con tu vida, querida nieta, dejar solo la paja o cubrirla de color y movimiento.
—Pues abuelo, yo quiero una vida de esas que tú dices: adornada, colorida y bailar verdiales con flores hasta cansarme. En eso estábamos cuando irrumpieron mis primos y la larga tarde de verano se hizo eterna.
Desde esta eternidad me abraza ahora mi nieto, desde la misma danza infantil cruje la adiestrada butaca, la perfecta aya que hace hogar y detiene el tiempo.



