159. El olivo de estrellas y la niña solitaria

Tlacuache Furioso

 

En la profundidad del tiempo, una noche, una que incluso el olvido mismo se niega a olvidar, el cielo derramó una estrella, una lágrima que humedeció a un corazón sin raíces. Ella, una niña viajera de donde los caminos son teñidos por el pincel de la luna y el recelo de la soledad enajena. Un alma que conmovió a la inmensidad hasta el sollozo, rendida ante una estrella que fugaz le trajo compañía. Un árbol nació de la semilla descendente, alimentándose melifluo de su voz, de su pena. Una lágrima junto a otra vio nacer un árbol de estrellas. Dos corazones latieron en pulso mudo, abrazándose en la noche eterna. Una ilusión que guarda un secreto: pequeños crepúsculos de jade brillaron absortos en mil estaciones. De las montañas bajó un río de oro que dio felicidad a muchos y en cada curva de aquel, una metáfora que el tiempo leía entre líneas; una noche de suspiros cuando el sol era más joven y la luna más cercana, una noche que el mismo olvido se niega a olvidar.