157. Colorín colorado
Que no. Que el abuelo no era consciente de que el cuento se había acabado. Que se resistía a deshacerse de los tendales con los que tantos años atrás había recogido las aceitunas y ahora ya, muy entrado en años, estaba desprendiéndose de sus últimos aperos y miraba los tendales con la añoranza de buenos tiempos pasados, aún revestidos del sufrimiento propio del que espera una buena cosecha de aceituna.
Ir a la almazara a por el aceite cada año era una especie de rito simbólico: era el fruto del esfuerzo de todo un año. Las garrafas de aceite las distribuía entre sus hijos, que pensaban: «¿quién nos suministrará el aceite cuando falte el abuelo»?
Pero el anciano no estaba dispuesto ni abandonar al aceite ni a los tendales. Nació agricultor y moriría agricultor. Y ello a pesar de ir vendiendo poco a poco sus cachivaches de agricultor de otra época.
Nunca pensó en que llegaría su momento final. Su cabeza se sumió en un letargo del que nunca salió. La última imagen en su recuerdo fue aquel extraño árbol de colores que habían colocado delante de su olivar. Y luego, el cuento ya se había acabado definitivamente.



