151. Susurros dorados del olivar

Miguel Rafael Pérez Hernández

El viento de la sierra baja hasta el llano, cargado del polvo que levanta el sol de septiembre, seco, implacable, pero familiar. Hace años que lo percibo en la piel, como una caricia áspera que con el tiempo uno aprende a agradecer. Hoy, el calor no perdona y las hojas plateadas de los olivos parecen crujir bajo su peso. Pero en el olivar, todo continúa su curso.

A lo lejos, en la casa, puedo ver la figura de mi padre. Su cuerpo se ha encogido con los años, como si la planta arbórea que ha cuidado toda su vida hubiesen decidido establecerse en una parte de él. Lo observo unos minutos, cómo se mueve despacio, revisan las herramientas, acaricia la tierra con los pies descalzos, como si necesitara sentir la conexión con el suelo que le ha dado todo. Sé lo que está pensando. Sé que esos árboles, esos olivos antiguos, son su legado, su vida, su única certeza.

—¿Cuándo empezamos este año, hijo? —me pregunta sin necesidad de mirarme cuando llego hasta él. Tiene la voz que parece haber sido moldeada por el aire y el tiempo.
—En una semana, como siempre —le respondo. Aunque sabe la respuesta, sé que él necesita oírlo, como una confirmación de que todo sigue igual.

Los años de cosecha han marcado nuestro calendario familiar desde que tengo memoria.

Mi padre se asegura de que todo esté en su lugar: los peones, los aperos, el molino. Yo, aunque más joven, he comenzado a hacer lo mismo, sin necesidad de preguntarme por qué. La rutina del olivar nos da la sensación de un ciclo eterno, un ritmo que sigue las proporciones precisas de la naturaleza, como si todo estuviera destinado a ocurrir así.

—¿Sabes? —dice de repente—, he estado pensando en el viejo molino.

Ahí está. En su tono, con un ligero temblor que delata algo más que preocupación.

El molino. Ese monstruo de piedra, desgastado por generaciones, cuya rueda gira desde tiempos que se pierden en la historia familiar, ya no soporta el trabajo como antes. Yo lo sé, y mi padre también, aunque ninguno de los dos lo menciona con claridad.

—Lo aguantará esta cosecha, estoy seguro —le digo, como si mis palabras pudieran detener el inevitable desgaste del tiempo.

—No es el molino lo que me preocupa —responde, y se queda en silencio, mirando al horizonte, donde las colinas se ondulan como el oleaje de un mar verde y gris.

Me sorprendo, aunque no lo demuestro. En él, el silencio suele ser tan elocuente como cualquier discurso.

—He visto cómo cambian las cosas, hijo. Cómo cambian los pueblos, cómo cambian las gentes… —Su voz suena extrañamente melancólica, pero decidida—. No quiero que este olivar termine como tantos otros. Es nuestra vida, es nuestra sangre. Pero quizás… quizás sea hora de hacer algo distinto.

Me siento inquieto. No es solo por lo que dice, sino por el modo en que lo dice. Mi padre nunca ha sido un hombre de cambios. Para él, la estabilidad, la continuidad, era todo. Los olivos no cambian. Crecen, se retuercen con los años, pero están ahí, siempre presentes, siempre leales.

—¿Qué insinúas? —le pregunto, queriendo discernir.

Se toma un tiempo antes de responder. Sus ojos recorren el campo como si estuviera buscando la respuesta entre las hojas y los troncos.

—Hace unos días, vino un hombre de la ciudad. Habló de algo llamado oleoturismo. Dice que la gente quiere venir a ver cómo hacemos las cosas. Quiere que les mostremos el olivar, que les enseñemos cómo se elabora el aceite. Quiere… experiencia, creo que le llamó.

La palabra me resulta extraña en sus labios. oleoturismo. Nunca hemos necesitado otra cosa que no sean estos olivos y su fruto. Jamás hemos mostrado el proceso como si fuera un espectáculo. Pero algo en la expresión de mi padre me hace guardar los juicios. Lo miro bien, y entiendo que hay más en juego que un simple cambio de actividad.

—¿Y qué piensas de eso? —le digo, evitando que se note cualquier duda en mi tono.

—Pienso que el mundo cambia. Supongo que si no encontramos una manera de adaptarnos, estos olivos morirán. —Hace una pausa, y luego añade con la dureza de quien ha tomado una decisión irreversible—: Pero no quiero que ese sea su destino.

Algo se mueve dentro de mí. Una mezcla de nostalgia, responsabilidad y temor. Hemos cuidado estos olivos durante generaciones, cada gota de aceite ha sido un símbolo de esfuerzo y perseverancia. El cambio, sin embargo, no es fácil. Quizás es porque el olivo en sí mismo parece un árbol eterno, inmóvil, resistente. Pero, ¿acaso no es también su flexibilidad, su capacidad para adaptarse a la sequía y a los vientos lo que lo ha mantenido en pie durante milenios?

—Si tú crees que es lo correcto… —comienzo, pero me interrumpe.

—No es cuestión de lo que yo crea. Es cuestión de lo que hacemos por ellos, por estos árboles. Tienen vida. Nos la han dado a nosotros, y es justo que se la devolvamos.

Nos quedamos en silencio por un rato. Miramos las filas interminables de olivos que se extienden hasta donde la vista alcanza. Siento el peso de sus palabras, como si todo el lugar respirara a través de ellas. El viento sopla, seco, pero entre las ramas, percibo una música sutil, la armonía del campo.

—Está bien —digo—. Mostraremos a la gente lo que hacemos aquí. Sin embargo, será, a mi manera, sin convertir esto en un espectáculo vacío. La esencia del olivar es sagrada, y eso no lo cambiaremos.

Mi padre asiente, y por un momento, me parece que una leve sonrisa cruza su rostro, como si un peso invisible se hubiera levantado. Me siento sorprendentemente aliviado.

Quizás, después de todo, el cambio no es el enemigo. Tal vez, al igual que los olivos, podamos enraizarnos profundamente mientras abrimos nuestras ramas hacia lo nuevo.

Unos días después, cuando hemos terminado los preparativos para recibir a los primeros visitantes interesados en el proceso del aceite, un accidente sacude nuestras vidas. Mi padre, siempre cuidadoso, siempre firme, tropieza en uno de los senderos. El suelo, erosionado por los años, cede bajo su peso mientras supervisa la reparación del molino. Lo encuentro, bajo el sol, con una expresión de pena que nunca he visto en él.

El médico del pueblo llega, pero su pronóstico no es alentador. Una fractura complicada en la pierna, justo en la cadera, que lo mantendrá inmovilizado durante meses. El trabajo en el olivar recae sobre mis hombros, y el oleoturismo, esa idea a la que me estaba acostumbrando, parece una responsabilidad muy grande.

—Lo harás bien —me dice mi padre, con la mirada tranquila—. Este olivar siempre ha dependido de nosotros, y ahora dependerá de ti. No te preocupes por mí. Me recuperaré.

Pero no es solo su recuperación lo que me preocupa. Hay una carga emocional y física que no puedo ignorar. El molino, la cosecha, los visitantes… Todo se acumula en mi mente como una tormenta imparable. No tengo otra opción que asumirlo, pero el miedo al fracaso me asedia en los momentos de soledad.

El día que llegan los primeros visitantes, estoy nervioso. Nunca me he sentido tan expuesto en este lugar que es mío, nuestro. Un grupo de turistas se acerca lentamente, curiosos, sus cámaras y móviles listos para capturar cada momento, como si esperaran algo extraordinario. Me esfuerzo en mantener la calma, en recordar lo que mi padre siempre dice: «Los olivos enseñan paciencia».

Los llevo entre los árboles, les hablo de la tierra, de las raíces profundas que buscan agua, incluso en sequías duras. Les muestro el molino, les explico el proceso con el cuidado con que mi padre me lo explicó cuando yo era niño. Sus rostros se iluminan al probar el aceite recién prensado, y en sus ojos, el respeto me reconforta.

Al final del recorrido, cuando el sol cae y las sombras de los olivos se alargan, uno de los visitantes se acerca.

—Es increíble lo que hacen aquí. No solo el aceite, sino todo lo demás… Se siente como si los árboles tuvieran un alma —me dice con admiración.

—La tienen —respondo, sorprendiéndome de lo firme que suena mi voz. Y en ese momento, lo creo.

La vida en el olivar sigue. Mi padre, desde su reposo, supervisa con una mirada sabia y tranquila. Poco a poco, su cuerpo se recupera, pero sé que ha llegado el momento de asumir más responsabilidades. El cambio ha llegado, pero no ha destruido lo que somos.

Al contrario, ha fortalecido nuestras raíces. Los olivos, eternos y sabios, nos enseñan que adaptarse es también una forma de resistir.

El viento sopla entre las ramas, y siento que el futuro de estos campos no está solo en el fruto que producen, sino en la historia que contamos, en la vida que compartimos con quienes se acercan a escuchar. El olivar, con su geometría perfecta y su ritmo pausado, encuentra una nueva manera de florecer.

Epílogo

La mañana llega despacio, como si el día no quisiera imponerse del todo. Las primeras luces se cuelan entre las ramas de los olivos, y sobre la tierra, las sombras bailan, ligeras y cambiantes. El aire tiene esa frescura que deja la noche cuando se desliza, cargado de humedad y del perfume de la tierra recién despertada. Me siento junto al gran olivo, el que ocupa el centro del campo, viejo y sabio, testimonio de los tiempos y de todos los que pasaron bajo su sombra. Mis pensamientos van y vienen, ligeros como el viento que juega con las hojas, mientras la tierra, firme y paciente, sostiene mi historia, la de todos.

Mi padre sigue convaleciente, pero hay algo en él que ha cambiado, una fragilidad que no es del cuerpo, sino del alma. En su mirada, donde antes todo era certeza, ahora hay un extravío, como si sus ojos buscaran más allá de lo visible, en lugares que no alcanzo a imaginar. Aun así, sigo mi rutina diaria, salgo al campo como siempre, pero hoy noto una inquietud nueva, un presentimiento extraño. El olivar, que suele acompañarme en su silencio, parece murmurar algo que no logro entender, como si quisiera advertirme.

De repente, un ruido seco corta el aire. Me pongo de pie, guiado por un instinto que no reconozco, y avanzo hacia el origen del sonido. A cada paso, el silencio se vuelve más denso, casi tangible, como si el olivar hubiera contenido el aliento. Llego hasta el molino y allí, lo veo: La aceña se ha detenido.

La gran piedra, que por generaciones giró constante, se ha roto. El eje que la sostenía ya no puede con el peso de los años. El bloque, que siempre creí indestructible, yace partido en dos, inerte, como un cuerpo que ha sucumbido al cansancio del tiempo. Miro la escena con desconcierto y tristeza. No es solo el molino lo que se ha quebrado; algo dentro de mí, algo que siempre di por seguro, también parece haberse desmoronado.

Regreso a la casa. Mi padre me espera, sentado en su sillón de siempre, como si ya supiera lo. Al verme, sin nada en las manos y con la expresión abatida, no hace falta que le explique. Solo pronuncio las palabras.

—El molino… Cierro los labios, temblando en la voz.

Mi padre cierra los ojos, como quien acepta una verdad que presentía. Y al abrirlos, ya no hay en su mirada tristeza ni desesperanza, sino una quietud que no esperaba.

—Es solo piedra, hijo —me dice—. Solamente piedra.

Me quedo ahí, quieto, sorprendido por lo que dice. Y de pronto, lo entiendo. El molino, sí, era importante. Pero no lo era todo. Los olivos siguen en pie, y el viento sopla entre sus ramas. Lo esencial no cambia. Y nosotros, como los olivos, debemos seguir. Aunque las piedras se rompan, aunque lo que conocimos un día se venga abajo.

El final no está en el molino roto, ni en la rueda que ya no gira. El final no está en lo que se ha detenido, sino en lo que sigue, en la vida que corre bajo la corteza dura de los árboles, en la savia que fluye. El olivar, su aceite y nosotros, con él.