105. La única palabra

Inmaculada Cortés García

 

La adolescente dibujaba con esmero la letra O, igual que una corona de hojas de olivo, como símbolo de paz. Una O al principio y otra al fin de la palabra. La L era el tronco de un olivo con unas raíces profundas en la tierra y en la memoria. A continuación, la letra I era el espigado tronco de un olivo joven, que representaba el futuro. En cambio, la V la dibujó como un troncón abierto en dos, de un olivo longevo. Tan longevo como la persona a la que iba dedicado el dibujo: su abuela, a la que una enfermedad de extraño nombre, le había arrebatado su memoria y su lucidez. Como ya no reconocía las letras, la nieta le regaló el dibujo para ayudarla a recordar. Al verlo, el rostro ensombrecido de la abuela se iluminó. Los dedos de sus enjutas manos acariciaron los dibujos de las aceitunas y los troncones. Sus labios, antes enmudecidos, sonrieron, para leer una palabra con gran significado afectivo para ella, un recuerdo entrañable entre las brumas del olvido. Tras mucho tiempo de silencio demente, ésta fue la única palabra pronunciada por su boca: OLIVO.