262. Detrás de sus ojos

Saturnino

 

Hervíamos todos en el restaurante, era verano y la cocina parecía el mismísimo infierno. Intentábamos mantener la compostura con nuestros uniformes planchados, disimulando las manchas de sudor de nuestras camisas. El único ventilador estaba situado en una mesa para seis, siempre ocupada por un mismo cliente. Las sillas iban partiendo de su mesa a medida que los turistas se ensimismaban los unos sobre los otros a la hora del almuerzo. A veces grupos de cuatro a cinco personas se unían a su mesa tratando de entablar conversación con él, hasta que al poco rato se levantaban en búsqueda de otro lugar vacante. Hacía escapar familias enteras, jóvenes solitarios e incluso congregaciones religiosas, cualquier invasor de su mesa para seis, era un enemigo para nuestro cliente más asiduo.

Nos era imposible denegarle la entrada cuando lo veíamos traspasar el umbral, el hombre era amigo del dueño del local, y era impune a nuestros intentos de rechazarlo en la puerta. Lo veíamos caminando a lo lejos, con sus sandalias y su camisa raída, en dirección nuestra con la esperanza vana de que su trayecto sea desviado, interrumpido por alguien o por algo. Muy en el fondo todos nos habíamos imaginado un atropello fortuito, nada grave, un pequeño choque, una lesión leve que lo deje en el hospital por el resto del verano y lejos del restaurante.

Como era de esperarse, el accidente nunca sucedía y a cambio teníamos que lidiar con sus manías a diario. Cuando sus grandes nalgas chocaban contra en asiento metálico y pedía una cerveza y de vez en cuando una tortilla, el olor a pachuli concentrado desprendiéndose de su piel, te golpeaba las fosas nasales. Con el otro mesero sospechábamos que lo usaba para camuflar el olor a sudor de los cuarenta grados de aquel fatídico verano. Entonces, respirábamos con la boca para tomar su orden como si nadáramos en su perfume y nos fuésemos ahogando en él trayecto.

Una vez instalado, aprovechaba los aderezos de la mesa, vertía grandes cantidades de aceite de oliva en sus manos y se las aplicaba por el resto del cuerpo. Se masajeaba las pantorrillas lentamente, dejaba sueltos sus pies y repasaba sus dedos, previamente aprisionados por sus sandalias, uno a uno con el aceite. Pasaba luego a sus brazos hasta culminar en su barba larga y su rostro. La primera vez que vimos aquel espectáculo, tanto nosotros como el resto de los clientes, nos habíamos quedado atónitos, inmóviles y mudos. Con el pasar de los meses habíamos llegado a un punto en que desviábamos la mirada ante su masaje de cuerpo entero diario, con el propósito de darle privacidad y salvar nuestros ojos de un ritual de extrema intimidad, inadecuado para un restaurante a la hora del almuerzo.

—¿No entiendo, como es que no se quema con esa cantidad de aceite en el cuerpo en este calor? – preguntaba el cocinero.

—Deberíamos sofreírlo nosotros con unas hierbas, solo bastaría con que el condenao ponga un pie en la cocina para que su cuerpo se incendié solo –respondía el otro cocinero.

—De seguro que su piel quedaría crocante, frita hasta el tuétano.

—¿Y quién se lo comería? Yo paso, hombre.

—De seguro sabe a incienso, con lo marinado en pachulí que está.

Con el aceite que dejaba, en la silla y en los cubiertos, me propuse ocultar los aliños, dejándole solo el salero y la pimienta. Inmediatamente, se levantó buscando una mesa libre y fue a alzarse su preciada botella de aceite de oliva, repitiendo su ritual de masaje diario. Me rendí cuando se quejó con el dueño de que cada día le llevábamos cantidades más pequeñas de oliva. Evidentemente, solo le alcanzaba para una pierna con la ración que habíamos brindado, aunque le bastaba y le sobraba para sazonar su ensalada. Restauré las proporciones de su botella a regaña dientes, bajo la supervisión de mi jefe y el júbilo del viejo.

No malentendáis, nuestro odio hacia aquel hombre de acento alemán difuso, no provenía de su olor, ni de su falta de cooperación a la hora de decidir dónde sentarse, ni de que aceitaba todo lo que sus manos tocaban casualmente, era la violencia con la que se expresaba la gota que había rebasado nuestra paciencia. Golpeaba la mesa si estaba disconforme con su comida haciendo caer las cosas a su alrededor y haciendo sobresaltar a los turistas sentados a su lado, era descortés reclamando sobre los precios, y la palabra por favor no existía en su vocabulario. Éramos víctimas de sus formas dictatoriales de comunicarse y a veces subía el tono de su voz cuando no entendíamos lo que quería decirnos. Su característico olor a pachuli y su vestimenta de hippie trascendental de los sesenta se enfrentaba con su torpe mundo interior. La primera vez que lo vimos, pensábamos que nos iba a regalar un sahumerio, que seguramente meditaba y sus formas de desenvolverse y vincularse con nosotros serían pacíficas y suaves. Ante el primer encuentro nuestros prejuicios fueron remplazados por el horror y el tedio de atender sus más mínimos caprichos, y la imagen de abuelo hippie, miembro de los Hare Krishna fue disipada.

Carlos, mi compañero de trabajo la tenía más fácil que yo tal vez por ser hombre, cuando pasaba lo ignoraba, existía solo cuando se le antojaba otra cerveza, entonces le gritaba “¡Cerveza!” y Carlos debía materializarse con su bebida en cuestión de segundos o empezaba a gritarle en un idioma desconocido. Aunque Carlos la pasaba mal con el señor, yo era su víctima favorita, el viejo ese tenía una fijación con mi cara y evaluaba mis rasgos cuando podía. Me seguía con sus ojos claros mientras tomaba otras ordenes o cuando limpiaba las mesas. Ante el menor cambio en mi cara me lo hacía saber torpemente: mis ojeras violáceas, los granos con puntos blancos o una nariz quemada por el sol. Actuaba como un espejo sin piedad y sin filtro, cohibiéndome con sus palabras que yo trataba de ahuyentar con preguntas. Le respondía cortésmente: “¿Ah sí?” o “¿Se le ofrece algo más?”. Era una vigilancia perpetua, pero entre su comportamiento, sus ojos querían trasmitir algo más que acoso laboral y yo sola no lograba discernir que más era lo que buscaba en mis facciones físicas.

—Es un viejo verde, por eso te mira tanto… No le prestes atención –me dijo Carlos después de haber sido observada durante una tarde entera.

Para Carlos tal vez hubiese sido fácil ignorarlo, en cambio yo era sensible en demasía, sentía su mirada en mi como si una presencia sobrenatural me persiguiera, incomodándome al punto de querer renunciar. Al final de la tarde me decía, es hoy, hoy renuncio, y al día siguiente después de contemplar la buena paga que recibía, volvía con mi uniforme y una sonrisa. Los días eran cíclicos, entonces decidí buscarle pequeñas soluciones para evitar los ojos del señor.

Cada día llegaba al trabajo con una camisa más ancha que me cubriera entera, parecía una cabeza y unas manos flotantes entre tanta tela, con mi bandeja yendo y viniendo, ataucada de platos y vasos sucios. Dentro de la camisa sentía mis órganos hirviendo, botando vapor y agua, el verano hacía todo más difícil, agradecía cuando después de unas cinco horas de estar sentado en el bar el señor decidía retirarse y yo era libre de la carpa que envolvía mi cuerpo.

—Empiezas a dar miedo con tu camisa encima – dijo Carlos.

—¿Te parece? Si yo me veo normal.

—No, para colmo andas cada vez más blanca mujer. ¿Estarás gestando algún virus?

—¡Que mala leche la tuya, Carlos! Vienes a decir que estoy fea.

—¿Es que no te parece raro que sea verano y tu estés cada vez más pálida?

—Un poco, pero no es para tanto.

—Tus pómulos también… como que se te marcan más…

—Eres un pesado Carlos…

El día más caliente del año, tuve un golpe de calor, el sudor corría detrás de mi cuello, mi visión se borroneaba de tanto en tanto y a la primera mirada intensa del turista alemán, exploté. Al servirle su cerveza le pedí que por favor dejará de observarme mientras trabajaba, que me incomodaba en extremo. El me respondió con su fuerte acento y sus palabras entrecortadas que no podía controlar a donde iban a parar sus ojos y que no podía restringir su libertad de visión. Aquel día fue el primer día en que escupí en su comida, mezclé mi escupitajo en su puré de papas. Lo observé como el me observaba, mientras engullía mis flemas, comía tranquilo, ajeno a mi venganza. Cuando terminó su puré sentí una pequeña victoria en mi interior.

Entonces, con el resto de los cocineros y Carlos comenzamos el juego morbido de irrumpir la naturaleza culinaria de los platos que llegaban a su mesa. En un principio eran meros escupitajos, inocentes, mezclados en jugos o en salsas. Indiferente a nuestras mañas, continuaba consumiendo apaciblemente sus almuerzos, saboreando, limpiando la vajilla con la miga de su pan de cortesía. Ya ni siquiera nos fijábamos si comía o no, asumíamos que todo había sido engullido, nuestra travesura se había vuelto repetitiva hasta que subimos de nivel nuestro ingenio gastronómico. Guardaba mis uñas cortadas y las trituraba en el mortero de la cocina hasta pulverizarlas, los cocineros contribuían metiendo los dedos en la comida del señor después de haber ido al baño y Carlos soplaba sus mocos líquidos en las salsas. Aquellos platos eran un maremoto de sabores y pedazos contundentes de nuestro ADN, que eran digeridos cada tarde sin rechistar por nuestro más fiel cliente. Nuestros métodos insalubres eran respaldados por una sed de venganza inconmensurable, queríamos buscar el límite donde nuestra represalia dejara de pasar desapercibida y sea vista como una afrenta no solo a él, sino también a la salud pública.

Un día de resaca, el cocinero vomitó en una olla, sin poder llegar al baño. Separamos un poco del guiso del día, la cantidad suficiente para un solo individuo y lo mezclamos con una buena ración del vomito recolectado. Nadie quiso probar si se disimulaba o no el sabor con las verduras y la carne, lo sazonaron con paprika ahumada para que el picante camufle la naturaleza del plato, era nuestra prueba de fuego y los nervios nos delataban. Conocíamos bien la implicación de un poco de ser descubiertos añadiéndole vomito a la comida de un cliente, nos despedirían. A fin de cuentas, ninguno de nosotros era irremplazable, el único intocable del establecimiento era el viejo trotamundos de barba, el resto éramos peones de un verano infernal. ¿Pero alguien podría demostrar la distorsión del plato? No, simplemente tendríamos una denuncia al departamento de Sanidad, y culparíamos todos al calor y a la descomposición natural de los alimentos.

Con las manos temblando le presenté el plato con sus guarniciones de papa, y sus verdeos encima. Le sacó una foto con su celular, y con una cuchara aceitosa semejante a su persona, dio el primer bocado. Los dos cocineros y Carlos estaban semi escondidos detrás del bar, observando con cuidado su rostro masticando, asqueados por lo que estaba a punto de suceder. Agarrados del brazo, nerviosos, los cocineros fueron los primeros en notar la mueca de desagrado que se iba formando hasta llegar a deformar su cara. Aun así, tragó, y no pudimos impedir poner todos la mano en la boca, nauseabundos. El cocinero con resaca, corrió de nuevo al baño del servicio ante lo que acababa de presenciar. Inmediatamente, el señor dio un estruendoso manotazo en la mesa, me materialicé a su lado, lista para los gritos y para perder mi puesto de trabajo, pero el golpe gustativo no le permitió hablar correctamente.

—Agua –murmulló – y retira este plato.

Una vez hidratado, habiéndole llevado pan de cortesía para que el sabor se difuminé, se tranquilizó y por primera vez pidió la cuenta sin rechistar a la una de la tarde, agarrando sus pertenencias y marchándose. En la cocina reinaba una mezcla de euforia, como si hubiésemos derrotado a un gran tirano, como si nuestros deseos hubiesen sido por fin escuchados. Abrimos una botella de vino barata, y brindamos, ignorando los pedidos de una familia belga que intentaba llamar nuestra atención, moviendo las manos. Subimos el volumen de la música y nos dedicamos a beber y a equivocarnos con los pedidos. Esa noche después de que la cocina cerrara, salimos a bailar, exaltados, bailamos con el bullicio de la ciudad rebalsada de noche hasta que la luz de sol nos envolvió y tuvimos que devolvernos a nuestros miseros cuartos.

Al medio día nos derretíamos todos, arrastrando nuestras bandejas y tomando órdenes, sensibles al repicar de los cubiertos, y al volumen de las voces de los llamados de los clientes. Estábamos al borde de la deshidratación y con solo ver la comida humeante se nos daba vuelta el estómago. Lo peor era el sentimiento de culpa que teníamos una vez pasada la euforia momentánea de nuestra victoria del día anterior. Cuando el viejo alemán se acomodó en su silla, y lo vi sentado frente al ventilador, con un aspecto verdoso y el brillo perlando su frente causado no por su característica mascarilla de aceite de oliva, sino por una capa de sudor fino, me dio pena. Lo atendí con la cabeza baja, y le pregunté cómo se encontraba, me respondió secamente con un simple “bien”. Pidió arroz blanco y el postre del día que era una compota de manzanas, su estómago no habría podido aguantar algo más condimentado. En la cocina cundía el silencio de una culpa colectiva, nadie charlaba, y solo se escuchaba el burbujeo de las papas fritas en el aceite y la tabla de madera repiqueteando al son del cuchillo. Después de meter mi cabeza en el congelador de pescado por unos segundos, con el remordimiento a cuestas, fui a ver si el señor necesitaba algo más. Me pidió que me sentará con él unos momentos.

—¿Sabes por qué vengo todos los días? – dijo meditativo, mezclando el arroz de su plato.

Supuse que estaba inapetente, como todo el personal del restaurante, así que me quedé en silencio unos segundos, esperando su respuesta. Los otros clientes trataban de llamar mi atención desesperados, sin embargo, él no les prestaba atención, parecía encontrarse lejano a sus alrededores, casi en estado meditativo, ajeno como siempre a sus alrededores.

—Este solía ser el restaurante favorito de mi mujer, veníamos aquí todos los veranos, después de recorrer Europa en nuestra autocaravana. Esta era nuestra última parada… ¿Como dicen los musulmanes? Ah, si… este restaurante era la Meca de mi mujer.

—¿Por eso viene todos los días?

—Si y porque te pareces mucho a ella. Cuando vine por primera vez, pensé que eras su fantasma, que su espíritu se había asustado de la muerte y se había quedado dentro del restaurante. No pongas esa cara… Sé que no eres ella, pero por unos segundos puedo hacerle creer a mi cerebro que sigue viva, que todo lo pasado fue un mal sueño y que está tranquila en su restaurante favorito.

—¿Soy un fantasma para usted?

—Si, eres algo de mi pasado que no puedo dejar ir.

—Usted entiende que no…

—No – respondió, cortando mi respuesta. – Para mí vives en la memoria y el recuerdo de un amor de verano eterno.

Me levanté pensativa, teniendo la certeza que aquel día sería mi último día en el restaurante. Casi de inmediato se me abalanzaron los turistas, tomé nota de los pedidos automáticamente y los llevé a la cocina. El resto del día me cuestioné si estaba viviendo en los recuerdos de otra persona y sentí una fuerte necesidad de regresar al presente, a mi propio cuerpo.

Sin decir mucho me despedí de todos, le entregué mi uniforme al jefe y le dije que renunciaba por motivos personales. Dejé de ser un fantasma un lunes a principios de agosto, mi vida cotidiana se había tranquilizado de súbito. Encontré trabajo en una librería con un café interior, ganaba mucho menos, pero sentía paz interna de no ver todos los días al señor alemán y saber que ya no perseguiría el recuerdo de su esposa en mí rostro. La vida era mejor sin grasa, sin pachuli, con ropa adecuada para el verano y aire acondicionado.