258. 1987

Ars gravis

 

Recuerdo el momento en el que aquella niña entró por primera vez en nuestra casa un domingo por la tarde. Tuvo que ser, con total seguridad, en noviembre de 1987. Lo sé porque, en diferentes etapas, he consultado las hemerotecas y he revisado la prensa provincial de la época sin encontrar algún dato que pueda explicarme los hechos y sus detalles. No existe una noticia que lo documente. Ningún artículo que lo explique. Mis abuelos murieron hace décadas. En mi familia no lo recuerdan, o lo recuerdan vagamente. Por más que lo he intentado no he podido esclarecer nada, como si todo aquello no hubiera pasado. Todo lo que cuento a continuación es lo que retuvo la mente de un niño de doce años.

Durante la temporada de la recolección de la aceituna a mi hermana y a mí nos llevaban a visitar a nuestros abuelos a su cortijo. Pasaban allí toda la campaña. Habían estado semanas sin vernos y nos recibían con alegría. Llegábamos a media mañana. Jugábamos con los perros. Ayudábamos a preparar la comida y a poner la mesa.

El campo por entonces estaba vivo. En los cortijos de alrededor se alojaban familias enteras. Los padres con sus hijos, los tíos y los primos. Viajaban juntas de vuelta de la manzana o la vendimia. Contaban mis tíos que, años antes, un maestro de un pueblo cercano reunía a los críos en el salón de un cortijo de la zona para dar clases, o que llegó a haber un cura que los sábados por la tarde iba hasta allí en un Renault para dar la misa.

Las cuadrillas venían de pueblos de Sevilla, de Granada, o de otras comarcas de Jaén con menos olivos que aquí. En mis oídos aquellos nombres sonaban como los lugares que se nombraban las novelas de Julio Verne. La Campana. Montejícar. Olivares. Valdepeñas. Ayudaba a la fantasía el tono tan extraño de sus hablas. No solo me constaba entenderlos, además llamaban a los objetos con nombres nuevos que no conocía. Por primera vez tomaba conciencia del mundo que había fuera de los lugares que ocupaban mi familia y mi infancia.

Nunca había oído hablar a nadie de aquella manera, ni siquiera en la televisión. Aquella niña ceceaba.

– Vienen de un pueblo de Sevilla.

explicaba mi abuela

– Qué buena chiquilla.

Por más que he preguntado, no he podido recordar su nombre.

Era media tarde, a principios de la campaña. Oscurece pronto en el campo en esa época. Desde el dintel del cortijo golpeó la puerta de madera y preguntó:

– ¿Dan ustedes su permiso?

Era una expresión demasiado formal para una chiquilla de finales de los 80. Las niñas de mi barrio, en la capital, eran niñas y hablaban como las niñas. Cantaban canciones de la radio. Decían “Tía, osea, estoy flipando ¿sabes?”. Se ponían calcomanías en los brazos y se hacían peinados unas a otras en los espejos de los portales de los bloques, lejos de la vigilancia de sus madres. Se reunían en grupos solo con niñas. Se hablaban al oído mientras nos miraban vigilantes a los niños, con mucho distanciamiento y aire de suficiencia.

Ella vestía una rebeca de lana sobre una camisa de cuadros. El pelo recogido en una coleta muy gruesa le hacía parecer mayor.

– Viste como Juani la carnicera

cometábamos mi hermana y yo, contrariados por la imagen tan diferente de la niña. Venía con un perrito blanco de lanas.

– Me manda mi madre. Estamos en el cortijo de arriba. Que mañana van a ir al pueblo y si se les ofrece a ustedes algo. Van a pasar también por la farmacia.

Mi abuela

– Pero pasa.

y ella

– No se moleste usted.

Debieron pasar dos o tres semanas hasta la siguiente visita al cortijo. Después de comer salíamos a dar un paseo al campo. Poníamos la correa a los perros y subíamos con ellos a la torre. Al volver la cocina estaba limpia. Nos sentábamos y la sobremesa pasaba charlando, hasta que llegaban las cuadrillas del campo. Se aseaban las mujeres, se arreglaba la mesa y, mientras se lavaban los hombres, se ponía el café.

Los hombres salían a fumar a la puerta y yo salía detrás de ellos. Organizaban lo que había que hacer al día siguiente. Se contaban anécdotas del jornal. Se hacían bromas y se reían. Yo preguntaba:

– ¿A quién le ha pasado eso?

Pero no me respondían. Cerraban entonces el círculo un poco más y no me quedaba más remedio que escuchar desde fuera mientras atendía a los perros, que acudían al verme allí.

Pasábamos la tarde hasta que se retiraban a sus cortijos. Otros se marchaban a limpiar los aperos, a llenar de gasoil los tractores, y yo, aburrido, me sentaba de nuevo en la mesa donde las mujeres seguían alargando el café.

– Niño, come galletas.

– No me gustan estas.

– Pues son las que hay y te las comes.

Dormitaba sentado ante el brasero de ascuas arrullado por sus conversaciones, observando cómo poco a poco se iba la luz en la sala y el trozo de horizonte que recortaba la puerta se llenaba de rosas y azules. El aire traía el olor de las chimeneas de los cortijos cercanos. También allí las familias se iban reuniendo.

En la puerta aparecieron la niña y el perrito.

– ¿Da usted su permiso, señora Carmela?

– Pasa, primor. Mira en qué buen momento has llegado.

La niña daba dos besos a todos los que había en la sala y se sentaba en la silla que mi abuela le ponía a su lado. A pesar de ser solo un poco mayor que yo, le servía un café . Con una confianza que nos sorprendía, ella se levantaba, ponía más galletas en el plato y se servía la leche cuando se había calentado. Andaba por el salón entre las mujeres como si fuese una más. Entendía las costumbres de las madres.

Mi mirada iba de mi hermana, que era la mayor pero no era tratada de igual forma, a mi abuela, que empleaba una familiaridad que yo no entendía. Mi hermana:

– ¿Qué hace esta?

y yo:

– Se piensa que es su nieta porque ha venido mientras no estábamos.

Aquella niña pasaba toda la temporada en el campo. Mi abuela preguntaba:

– ¿Tú no vas a la escuela?

– Estoy con mis hermanos en el cortijo. Los levanto, los aseo, les pongo la comida. Arreglo los dormitorios y algunas cosas de la cocina y el salón.

– ¿Y cómo vas a aprender? ¿No te lleva una maestra en tu pueblo?

– Yo voy a ser peluquera y voy a montar una peluquería.

Mi abuela se insistía:

– ¿Y cómo vas a llevar las cuentas de la peluquería, si no te enseñan?

– Que las lleve mi marido.

– ¿Ya sabes que vas a tener marido?

– Y tres hijos.

– Madre mía, qué claro lo tienes.

Las mujeres se reían juntas. Mi hermana y yo a aquella chiquilla no le interesábamos demasiado.

Llegaba un momento en el que se levantaba y el perrito se ponía en pie. Hacía su ronda de besos para todo el mundo

– Buenas noches, señora Carmela.

Mi abuela:

– Ten cuidado en los caminos. Tú sola por ahí.

desde la puerta:

– No pasa nada. Sí estamos aquí al lado.

– Pero tú ten cuidado que hay mucho malo. Te tenías que haber ido antes.

Y nos decíamos adiós y buenas noches. Se hacía el silencio. Rápidamente el tema de conversación se iba a quienes vivían en los otros cortijos:

– Vino Isabel de La Campana a ver a sus nietos. Se ha vuelto con el hijo que tenía que ir a unos papeles.

En nuestra siguiente visita había estado lloviendo durante la noche anterior. Las cuadrillas no habían podido salir al campo y la lonja del cortijo de mis abuelos se había llenado de hombres que, con botellas de cerveza en la mano, fumaban y hacían corros. Se iba a hacer un arroz y habían venido algunas familias de otros cortijos. Las mujeres montaban mesas con puertas sacadas de los dinteles sobre cajas de cerveza vacías. Ilusionado entré al cortijo y allí estaba la niña, ayudando como una más.

Dentro solo había mujeres y se cocinaba.  Se daban voces y reían. No había nada que hacer. Junto al grupo de hombres, después de estar un rato escuchando, no encontré por dónde entrar al corro y me marché.  En la era que ocupaba la explanada frente al cortijo, ocupada por Land Rovers y trillas de tractor, los niños pequeños jugaban al fútbol.

– ¿Usted cuántos años tiene?

Me hablaban de usted.

– ¿Usted juega en un equipo en su pueblo?

Y yo:

– Pero háblame de tú. Si tú y yo somos iguales.

Sus caras extrañadas por mi respuesta. No nos entendíamos.

La diferencia de edad y de cuerpo hacía el juego desigual. No me podían quitar la pelota y el más nervioso de ellos protestaba. La injusticia se solucionó cuando me quedé el resto del partido de portero.

Un tío mío:

– Niño, vente con los hombres y tómate una cerveza.

Los hombres rieron fijando su atención en mí. Cogí un puñado de patatas fritas y me situé fuera del grupo. Ya iba aprendiendo cómo funcionaban las dinámicas de aquellos círculos. Podía estar pero sin que se notase. Podía oír pero haciendo lo posible por parecer que no entendía. Solo iba a hablar cuando me preguntaran. Tenía que reír si ellos reían, pero no podía hacerme notar para que se les ocurriese bromear conmigo.

La chiquilla salió del cortijo para tirar un barreño con desperdicios de la cocina. Uno de los hombres se dirigió a mí:

– Niño, ¿has visto que novia tan guapa tienes en Sevilla?

Y otro hombre a su lado:

– Ya está hecha una mujer la hija del Rubio.

La niña bajó la cabeza avergonzada, yo bajé la cabeza avergonzado y durante todo aquel día intenté esquivar el mismo espacio que ella ocupaba, sintiéndome culpable de la vergüenza que habíamos pasado.

Las niñas de mi barrio también hablaban de novios. Hablaban del Agus, hablaban del Mario, pero jamás se acercaban a nosotros. Se quedaban en sus corros mientras dábamos balonazos a las paredes de los bloques, obviando todo aquello. No sé si hablarían de mí. Parecía ser que sí por la actitud de mi vecina que, cuando yo pasaba y las otras niñas le daban codazos:

– Nena, por ahí viene.

Y ella, enfadada:

– Pero qué imbéciles sois.

Se sirvió el arroz. Se puso el café. Se sacaron botellas de anís y de resol. Los hombres no usaban las copas pequeñas que había sacado mi abuela. Se iban pasando la botella y daban un trago a caño. Las mujeres, mientras tanto, habían frito pestiños. Ya estaban cerca las navidades. Fue avanzando la tarde y los hombres marcharon a sus cortijos. Las mujeres dejaron los platos limpios en la alacena y se marcharon también. La chiquilla hizo su ronda y dio dos besos y las buenas noches. En el cortijo nos quedamos solo los de mi familia. Un tío mío:

– No juegues con esos niños. No son de fiar.

No había sido consciente de haber hecho algo malo.

– Estos sevillanos no son buena gente. A la mínima te sacan la navaja. Te entran en el cortijo por la noche y te roban hasta las rejas de las ventanas.

Y yo:

– Pero son niños muy pequeños.

– Pues a uno le he visto una navaja.

Llegaron las vacaciones de navidad. Íbamos a pasar varios días en el cortijo para que  mis padres pudieran unirse a la cuadrilla. Tenía que preparar los libros para poder hacer allí las tareas. Tenía un libro que me habían regalado para mi cumpleaños, pero era para 14, no para mi edad. Lo envolví en el papel de regalo que guardaba sobre el armario para regalárselo a la niña. Seguro que ella lo apreciaba.

Nos instalamos en los dormitorios del cortijo. Me despertaba a la hora que se despertaban los padres para ir al campo, aún de noche. Bajaba al salón y preguntaba si yo podía ir algún día a probar.

– Tú no puedes. No tienes fuerza y vas a darnos aún más trabajo.

Mi abuela:

– Te puede aplastar una rueda del tractor. Qué miedo. Ese no es un sitio para un niño.

Mi abuelo encontró el punto medio:

– Te vienes conmigo en el Land Rover cuando les lleve la comida y te vuelves cuando almorcemos.

Almorzaban muy pronto. Los aceituneros comían directamente de la olla. Metían la cuchara y usaban el pan como plato. No era sitio para mí.

La niña llegaba a su hora todas las tardes. Contaba las novedades de los otros cortijos, le preguntaba a mi abuela si necesitaba algo de compra, hacía su ronda de despedida y se marchaba.

Mi abuela:

– Hace mucho frío por el campo. No vengas tú sola, tan tarde.

Uno de aquellos días llegó a media mañana acompañada por su madre. Yo cabizbajo ante mis tareas del colegio, como si la mujer me pudiese leer la mente. Mi abuela:

– Anda, ir a daros una vuelta por ahí.

Los hombres al menos te dejaban escuchar si eras discreto.

Nos levantamos sin rechistar, salimos a la lonja, y nos fuimos los tres a explorar el antiguo establo, ahora vacío. Los antiguos aperos y arreos de los burras desde que se compró el Land Rover y el tractor llevaban años acumulando polvo y telarañas.

– ¿De verdad que no vas al colegio?

– Me gusta más el campo.

Nunca iba a poder coincidir con ella. Ni dentro de unos años en el instituto, ni después en la universidad.

Pasaron las navidades. La niña venía ahora por la mañanas. Su madre podía quedarse en el cortijo y ocuparse de sus hermanos. Como siempre, venía con su perrito. Ponía la correa a los nuestros y nos marchábamos a explorar cortijos abandonados. No muy estaban las ruinas de una torre árabe. Subíamos a todo lo alto y nos quedábamos en silencio ante la imagen de la campiña, tan inmensa desde arriba. Entre las claras se veían como hormigas a las cuadrillas trabajando. Nos llegaban las voces y el ruido de algún tractor no muy lejano.

Por el camino de vuelta la niña se quedó en su cortijo. Pude ver cómo era donde vivía, el coche de su padre, sus hermanos pequeños en la puerta. Nos despedimos con dos besos y continué de vuelta al nuestro.

El día de nochevieja lo pasamos en el pueblo con la familia de allí. En el campo seguían cogiendo aceituna. Me preguntaba cómo lo habían celebrado. No había televisión ¿Como se habían comido las uvas?

– Con la radio, como antes.

– ¡Anda ya! ¿En serio?

Pronto iba a ser Reyes y tenía que darle el libro. O tal vez no lo hiciese. No podía vencer la vergüenza. Ella de todas formas no sabía, me lo podía llevar de vuelta que no se iba a enterar.

También podía ir yo a llevárselo al cortijo, ¿pero con qué excusa? Los hombres nos iban a humillar con sus comentarios y sus risas.

Antes de volvernos al pueblo para ver la cabalgata de Reyes, cuando la niña completó otra ronda de besos salí detrás de la chiquilla con el libro envuelto en papel de regalo:

– Te han traído esto los reyes.

– ¡Anda! ¿Para qué os molestáis?

Otros dos besos. Mi abuela en el dintel, apoyada en la puerta de madera:

– ¡Ve con mucho cuidado, hija! Si ves a alguien raro te vuelves aquí y nosotros te llevamos.

Aquella fue la última vez que la vi con vida. Mis abuelos acababan la cosecha en enero.Ya no teníamos que bajar a verlos allí. Los fines de semana íbamos a visitarlos a su casa en el pueblo. Las cuadrillas, conforme iban acabando se marchaban. Algunas estuvieron por allí hasta febrero.

Al llegar a la casa de mis abuelos noté sus caras serias. Mi abuela:

– Qué lástima de hija.

Un tío mío:

– Ya está, mama. Mala suerte. Qué le vas a tú a hacer.

Mi abuela:

– Qué buena chiquilla y qué encanto.

Yo había aprendido a estar cerca, poner el oído y no preguntar.

Por la noche se presentaron unas visitas. Se jugaba un partido de fútbol en la televisión y se pusieron en la mesa botellines de cerveza. Fue mi padre quien lo contó.

Habían encontrado a la chiquilla atropellada en el camino. La había matado un tractor que volvía hacia el pueblo ya de noche y bajaba la cuesta demasiado rápido. No la vio, ni ella tuvo tiempo para reaccionar. No se sabía quién era el tracto. Se había ido a la fuga.

Uno de mis tíos, a la visita:

– Se encontraron a la chiquilla con los pantalones arrancados.

– La rueda del tractor, que le enganchó la ropa.

– Ha sido uno de los forasteros. Hasta te puedo decir quién. El de la cara cortada, que la miraba malamente. Cuando hizo lo suyo le pasó por encima. Ahora, que esos ya no vienen más por aquí. Antes se queda la aceituna ahí colgada. Son peores que salvajes. Les das trabajo. Los alojas y mira cómo son.

– Anda ya ¿Cómo puedes tú saber que ha pasado eso?

No ha podido saberse. Tendría veinte años cuando una de las veces que esta historia se me vino a la cabeza acudí a la hemeroteca de la Biblioteca Provincial. Nada en el Diario Jaén de aquellos años. Después supe que en aquella época había prensa local en mi pueblo. Nada en el archivo. Pude conocer a un policía municipal de la época. No recordaba nada. Tal vez preguntando a la Guardia Civil de otro pueblo cercano. Tal vez escribiendo a los alcaldes de la época.

Hoy he subido dando un paseo a la torre árabe. He trepado por las piedras hasta todo lo alto y el silencio ante la campiña me ha hecho recordar. Durante el camino de vuelta he pensado que allí tuvo que encontrarse su cuerpo. He recordado a mi abuela, que avisaba y avisaba.

Al llegar a casa me he decidido a contarlo aquí. ¿Qué otra cosa puedo hacer, si quiero que no se olvide?