257. Raíces
El aviso del conductor me sobresalta y me bajo del autobús a trompicones. El sol es inclemente a pesar de ser finales de septiembre. O quizás soy yo que me he acostumbrado a tiempos más norteños. El vehículo departe en una nube de polvo y me quedo sola a las afueras del pueblo. De mi pueblo, en teoría. Cambio mi peso de un pie a otro, esperando a que alguien me invite a pasar, o me dé permiso.
Tenía 7 años cuando nos fuimos. Mi padre fue el primero, maleta de cartón atada con cuerdas en mano. Tengo la vaga percepción de su figura alejándose con paso esperanzado hacia Jaén, dónde cogería un tren en dirección Barcelona en busca de una mejor vida. O ese era el rumor que corría por aquellos tiempos, la promesa de trabajo ilimitado y un salario constante. La idea era que mamá y yo lo siguiéramos por el mismo camino unos meses más tarde, cuando hubiera encontrado un puesto y nos mandara el dinero suficiente para el viaje.
Resultó que la manzana del Edén tenía el corazón podrido. En Barcelona había trabajo, sí, pero no había dinero. Papá no había sido el único en soñar a lo grande con la ciudad condal. Tardó varias semanas de dormir en las Ramblas en poder encontrar trabajo, y aun así lo que cobraba le llegaba para poco, y a veces para nada.
La realidad fue que pasaron dos años antes de que volviera a verlo. Como presente de la niñez, mis recuerdos de esos días son escasos, revueltos y poco definidos, afín a una televisión estropeada en la que se cuela alguna imagen entre el ruido blanco. El hambre con el que compartía la cama las noches en las que no teníamos qué comer. Mamá llorando cuando pensaba que yo estaba dormida. Sus plegarias por cualquier tipo de trabajo con los vecinos, que respondían con apenadas negativas. Poco puede dar el que poco tiene, decían. Cuando por fin nos encontramos con mi padre en Estación de Francia, sucias y cansadas, no quedaba ni rastro del sueño de una mejor vida.
El ardor sobre mi nuca me trae de vuelta a la realidad, y meto la mano en la bolsa de viaje hasta notar el frío roce del metal. Cuadro hombros y empiezo a caminar. Nací en este pueblo, algún derecho tendré de recorrer sus calles. Solo tengo que cruzarlo y salir por el otro extremo, con suerte ni siquiera me encontraré con nadie, siendo la hora de comer.
Mis pisadas son ligeras, como si fuera un fantasma que temiera dejar huella de su paso por la tierra. Es extraño, esto de volver a un lugar. Casi todo me resulta desconocido, ajeno. Pero hay momentos en los que la brisa trae el olor de los campos, o siento la pierda curvarse bajo mis pies, y me embarga una sensación de familiaridad casi física. Como si mi cuerpo reconociera lo que mi memoria me niega. Me pregunto si uno puede sentirse en casa en un lugar que no le pertenece.
La verdad es que es una duda inevitable cuando uno crece a caballo entre dos tierras, entre dos culturas, sin llegar ser del todo de allí ni de allá. Como la pieza de un puzle que no acaba de encajar en ningún sitio, una invitada vaya a dónde vaya. Crecer en Barcelona fue un proceso duro, a veces incluso hostil. Dormir en el suelo de la barraca acurrucada entre mis padres, los temblores del frío compitiendo con los rugidos de mi estómago por derrocar la posibilidad del sueño. Las miradas de desprecio de los niños catalanes, los cárteles determinando las fronteras de la ciudad, las pintadas con insultos. Las noches mojadas por las riadas y los brotes de tuberculosis. El miedo que pasé escuchando a mi padre toser.
Lo único bueno fue la comunidad. Otros que como nosotros habían sido deslumbrados por la idea de una mejor vida. Muchos procedían de pueblos andaluces, para alegría de mis padres. Conocimos a gente de Berja, de Alhama de Granada, de Carboneros. Crecí entre ellos, jugando con sus hijos, rodeada de su brío, empujada por su voluntad. Me consideraba andaluza, pero no había crecido ahí, así que no me sentía con el derecho a reclamarlo.
Para mi padre, en cambio, el pueblo era su hogar, aunque nunca volvió a pisar sus tierras. Siempre había tenido muy claro de dónde venía, y a dónde quería regresar. Conservaba sus costumbres, sus recuerdos, su ímpetu ante la vida. Con la forma en la que hablaba de su infancia, de su gente, uno no dudaba que este lugar le corría por las venas. ¡Y los olivares! Podía pasarse horas hablándome de ellos. Cómo de niño podía correr entre los árboles hasta quedarse sin aliento, cómo ayudaba a su madre a ordeñar los olivos, cómo su padre le había enseñado a determinar la madurez de sus frutos.
Me describía una y otra vez su olivo favorito, el que encontró cuando tenía 8 años mientras jugaba junto al río justo en el límite de la plantación. Era un árbol alto, extremadamente viejo, pero lo que le llamó la atención era que a la mitad se dividía en dos y el tronco en ese punto estaba hueco. Ideal lugar de escondite para un niño, convertido en refugio dejada atrás la infancia.
Bajo la sombra de ese olivo le robó un beso a mi madre, entre sus raíces protuberantes lloró la enfermedad que se había llevado a la suya, hacia su tronco corrió hasta quedarse sin aliento cuando el abuelo fue llamado a la guerra. Y de entre sus ramas escogió una prestada, una ramita en realidad, para que le acompañara en su viaje a una mejor vida.
Creo que su pasión por los olivares hizo que yo los resintiera un poco, sin entender qué lo tenía tan encandilado. Pero con uno de ellos extendiéndose ahora ante mis ojos, entiendo al menos a qué se refería cuando me hablaba de su inmensidad. Siempre consideraba algo tópica su descripción de “un mar de verde”, pero ahora me parece que se quedaba corto. Esto no es un mar, es un océano. Habiéndome criado en la ciudad, semejante panorama me deja sin palabras. Me fascina y, a la vez, me llena de temor. Ese viejo olivo partido en dos es una aguja diminuta en este pajar de árboles.
Tanto mamá como Juan me dijeron que era una tontería, esta idea mía, pero ni ella ni mi marido lo entienden. A decir verdad, a veces creo que ni yo misma lo entiendo. Los días previos a mi partida hice y deshice mi pequeña bolsa de viaje unas cinco veces, segura de que me arrepentiría nada más subirme al tren con destino Jaén. Pero lo que noté fue una extraña conexión con mi padre, preguntándome si este fue el mismo trayecto que él recorrió a la inversa hacía treinta años, si él también sintió el miedo y la excitación de ir a un lugar en el que nadie te espera.
Y una vez aquí, creo que es lo que él habría querido. Desde que murió, me he sentido estancada, como una heroína atrapada en mitad de una historia que no es la suya. Es hora de cerrar el libro. Eso si consigo encontrar el maldito olivo, claro. Noto una vez más el metal contra mi piel dentro de mi bolsa, y me encamino por la orilla del río. ¿Cuántos olivos partidos en dos puede haber?
La respuesta es muchos. Y ninguno que encaje del todo con la descripción. He seguido el torrente hacia el sureste, tal como recordaba de los relatos de papá. Me he parado, y he vuelto hacia atrás por si me lo hubiera perdido. He seguido adelante, buscando el límite del olivar, pero lo cierto es que no soy capaz de distinguir dónde acaba uno y empieza el siguiente. Me he internado un poco más entre los árboles, por si mi memoria me había fallado y no se encontraba justo en la orilla. Pero no soy capaz de encontrarlo.
La frustración se apodera de mí y me hallo sentada al pie de un olivo masivo. Vuelvo a buscar el frío del metal en mi bolsa y saco una magullada caja de latón, dentro de la cual reposa una ramita de madera. Al verla, no soy capaz de contenerme y dejo escapar las lágrimas, que trazan senderos por mis mejillas, dejan manchas gordas sobre mi regazo y se cuelan en la caja abierta en el mismo.
Recuerdo la primera vez que la vi, la encontré por casualidad años después de irnos a Barcelona. Mi padre la guardaba con recelo, como si fuera su bien más preciado. Es probable que lo fuera, un fino hilo conectándolo a sus raíces. Así que el disgusto en su cara era palpable cuando me descubrió jugando con la rama, fingiendo que era una varita mágica capaz de invocar las magdalenas que a veces veía comer a los niños de la ciudad.
Yo no entendí su enfado, porque para mí no era más que un palo. Fue la primera vez que me habló sobre su olivo. Tampoco eso lo entendí. Pero no le perdí la pista a la caja de latón, ni en la barraca, ni en la casita a la que nos mudamos en un pueblo a las afueras de Barcelona. Allí es donde murió mi padre, hace unos meses. El médico dijo que tenía que ver con sus pulmones. La tuberculosis lo había dejado susceptible y cualquier resfriado podía ser letal. El último lo fue.
Me habría gustado traerlo aquí, pero no nos lo podíamos permitir. A duras penas teníamos suficiente para mi billete. No, él ha acabado en un cementerio en Cardedeu, bajo una tierra que no era suya. Y yo ni siquiera he sido capaz de encontrar un olivo. Ante ese pensamiento, el llanto se apodera de mí. No es la primera vez que lloro desde su muerte, pero esta vez no puedo parar. Es como si mis lágrimas arrastraran consigo todo el pesar que se había acumulado en mi interior. Lloro hasta que la cabeza me tamborilea y los dientes me rechinan, hasta que noto mis ojos resentidos pero por fin secos.
Cuando consigo calmarme, me paro a mirar, mirar de verdad, el olivar. Los rayos del sol del atardecer que se reflejan en las finas hojas, creando juegos de sombras en el suelo. El sonido del río que se filtra entre los troncos con su melodía rítmica y constante. El océano de olivos a mi alrededor que, desde mi posición sentada, se elevan como guerreros preparados para arroparme y protegerme. Así que esto era lo que él veía cuando lloraba entre las raíces del viejo árbol. Ahora entiendo por qué nunca fui capaz de visualizar su belleza en los relatos que me contaba. Hay que vivirla.
Me giro hacia el olivo en el que estoy apoyada. Es más bien bajo, con un tronco entero, amplio y robusto, que parece enrollarse sobre sí mismo. Escojo un lugar donde las raíces cortas y sólidas forman una especie de arco sobre el suelo, y empiezo a cavar con la ayuda de una piedra plana. No es fácil, pero consigo hacer un hoyo alargado. Sacó la ramita de su caja de latón y la entierro. Me pongo de pie, con polvo bajo las uñas y marcas de guijarros en las rodillas, me limpio las manos con el borde del vestido y observo el resultado de mis esfuerzos.
No es el olivo de mi padre. Es probable que nunca lo encuentre, y no pasa nada. Quizás no sea cuestión de cerrar el libro, sino simplemente de empezar un nuevo capítulo. El sol casi se ha puesto, tendría que darme prisa si quiero coger el autobús de las nueve de vuelta a Jaén. Me permito una última mirada a mi olivo y, con una sonrisa, corro hasta perder el aliento.



