254. Memorias líquidas
La caja tonta, a mi abuelo, tiene enganchado. Frunce el ceño, mientras la contempla, en silencio. Pienso, ¿qué se le habrá perdido dentro de ella? ¿La vara? ¿Los fardos? No. Busca el olivar que dejó atrás, los años que dejó entre los surcos de barro y las historias que solo el frío y las ramas escuchaban. Ahora, encuentra reflejos vacíos, ecos de aceitunas del aceite que nunca volvió a probar y manos que nunca volverán a tocar la tierra. ‘El último sol, en cada gota…’, susurró. Lágrimas doradas brotaban de sus ojos. El olivo nos acompañaría en su luto y en su vida, aunque nosotros no podamos abrazar los siglos. Su ser fue como su sabor: con la dulzura de un baño de mil atardeceres, pero con un amargor que recuerda la dureza del campo que lo había dado a luz. Así, mi abuelo perdió la vista, pero no la mirada. El aceite seguía fluyendo, pero sabía que algo más profundo se había perdido: el olvido se había apoderado de él, llevándoselo con cada gota de oro líquido.



