252. Herencia

Manuel Alejandro Jiménez González

 

El primer coche ya se escuchaba llegar. Faltaban unos quince minutos para la hora acordada, de modo que tenía que ser Andrés. Efectivamente, me asomé por la ventana y pude ver a mi hijo mayor abriendo la puerta para que bajasen los niños. Qué cambiados estaban. Sandra estaba hecha una mocita, tan alta y guapetona. Miguel también había cambiado mucho, ya no era ese renacuajo que no paraba quieto, se le veía más adulto.

Fui a la puerta para recibirlos. Nuestra familia nunca se ha caracterizado por dar grandes muestras de cariño. Le di dos besos a mi hijo y a mis nietos; ya había pasado la época en la que venían corriendo hacía mí y saltaban para que les cogiera en brazos. Le pregunté a mi hijo por su mujer, se ve que tenía faena pendiente y se había quedado en casa, al menos esa era la versión que había dado más de una vez. Sabemos que no nos caemos bien, pero guardamos las formas delante de Andrés y los niños.

Se sentaron en el salón, yo fui a echarle un ojo al arroz. No era un gran cocinero, pero desde que me quedé viudo, la verdad es que me he ido defendiendo cada vez mejor en los fogones. Mi hijo fue poniendo la mesa con ayuda de los niños. Entonces escuchamos el coche llegar. Los niños salieron a recibir a su tío Javier, mientras nosotros terminábamos de llevar platos y cubiertos. Ya estábamos todos.

La comida transcurrió como más o menos me había imaginado. Charlamos sobre el trabajo de cada uno de ellos, del día a día de sus casas, el colegio de los chavales… Me preguntaron que cómo me apañaba, yo les decía siempre lo mismo, que se dieran una vuelta por la casa y comprobaran si estaba todo en orden. Yo me afanaba en limpiar a fondo siempre que venían mis hijos o cualquier otra persona, no quería que nadie fuese con el cuento de que no me valía por mí mismo. Me niego a que me metan en una residencia, y lo de traer a alguien a casa para que me ayudase… ya se hablaría cuando fuese estrictamente necesario.

Recogimos los platos y nos sentamos en la mesa con un café. Los niños estaban en casa de los vecinos; habían hecho buenas migas con ellos desde pequeños, cuando venían aquí al terminar la escuela mientras sus padres tenían que trabajar en verano. En fin, había llegado la hora.

—Bien, como os comenté, quería que vinierais porque quería hablar de algo con vosotros. Me gustaría que me escucharais y ya cuando termine podéis decir lo que queráis, pero quiero deciros todo de seguido, que no me gustaría que se me olvidase nada, lo tengo todo bien hilado. Quiero hablaros de los olivos.

A ver, sé perfectamente cuál es vuestra postura y la respeto.  Uno no tiene tiempo entre el trabajo y los hijos. El otro, sé que nunca te ha gustado el campo, además también tienes tu vida y tus cosas, vives lejos. Todo esto lo sé. Así que yo tengo que tomar una decisión y como la he tomado, os la digo ya.

Los dos tenían el rostro serio. Andrés no se atrevía a mirarme, siempre ha sido más vergonzoso. Javier sí me miraba, no desafiante, pero con expectación, porque no tenía claro lo que venía a continuación. Les conté que había vendido las tierras. Los dos se quedaron blancos. Les expliqué que había hablado con uno del pueblo y que me ofrecía una buena oferta. No había firmado aún los papeles, pero esta misma tarde venía con un notario a casa para dejarlo finiquitado. Necesitaba el consentimiento de ellos para vender la parte de la finca que les correspondía de su madre.

Andrés se levantó de la mesa y se puso a dar vueltas, pero no dijo nada. Fue el pequeño, bueno, para mí siempre será el pequeño, el que tomó la palabra. Siempre ha sido el más parecido a mí y con el que más me he enfrentado. Me dijo que lo entendía, pero que las cosas no se hacían así, tan rápido y sin poder decidir nada. No estaba muy satisfecho con lo que les había contado.

—Y para qué voy a alargar más esto. Soy el primero que no quiere hacerlo, lo sabéis. Siempre he defendido la misma idea, que los olivos son de la familia, pertenecían a vuestros bisabuelos, luego a mis padres… No sabéis lo feliz que me haría saber que os los quedáis vosotros. Pero esta conversación ya la hemos tenido más veces y sabemos cómo ha acabado. Javier, ¿tú te acuerdas de los berrinches que pillabas cada vez que había que madrugar para ir a quitar varetas o hierbas? No te gusta esto, eres un hombre de ciudad, siempre lo has sido. Hace más de treinta años que no vienes a la aceituna, ya no te acuerdas ni de cómo se coge una piqueta, ni de poner un fardo. Nunca lo supiste, de hecho, porque nunca le prestaste atención. Lo odiabas.

La mirada de mi hijo se fue endureciendo. Javier vive su vida sin dar muchas explicaciones. Nos confesó a su madre y a mí que le gustaban los hombres, de eso hace ya mucho. Nunca ha sido un chaval que se haya sentido a gusto en esta tierra, se fue e hizo su vida lejos de aquí. Desde que murió su madre, nuestra relación se puede decir incluso que mejoró. Era ella a la que llamaba y le contaba cómo le iban las cosas. Ahora, al menos, de vez en cuando hablamos y nos ponemos al corriente de todo. No me dijo nada, apretó la boca y se calló.

Andrés fue el que tomó entonces la palabra y me dijo que no era justo, que él había luchado mucho por mantener esos olivos, que les había dedicado mucho tiempo y que ahora desprenderse de ellos no le parecía bien. Él, al contrario de su hermano, ha ido viniendo todas las campañas al menos un día. Hubo una época, antes de marcharse de casa, en la que dijo que no quería estudiar y se dedicó en exclusiva al campo. Fueron un par de años, si acaso. Luego encontró trabajo y se fue; hizo su vida, pero me iba ayudando de vez en cuando. También es cierto que siempre ha estado más conectado al resto de la familia, al pueblo. Mantiene a sus amigos de la infancia y le gusta venir a vuelta cada cierto tiempo. Incluso sus hijos parece que están haciendo aquí su grupo de amigos.

—Llevo ya mucho tiempo pensándolo. Desde que falta vuestra madre no tengo tiempo para llevarlo todo para adelante. No vayáis a sacarme de nuevo el tema de que necesito ayuda ni leches. No quiero a nadie en casa ni voy a irme a ningún lado. Sabéis que el campo requiere mucho tiempo y dedicación. He pensado en la opción de que alguien lleve las tierras, y yo solo vaya a supervisar de vez en cuando; pero tengo que pensar más allá. Vosotros no os las vais a quedar y para que las vendáis luego, las vendo yo ahora. Así os reparto el dinero y luego no hay problemas. Con la casa ya os ponéis de acuerdo el día de mañana.

Entonces llamaron a la puerta. Abrí y les presenté a la persona que iba a comprar nuestros olivos. Venía acompañado del notario tal y como habíamos acordado. Dispusimos los papeles y firmé en todos los huecos en los que ponía mi nombre; el comprador firmó después y el notario guardó las escrituras. Ahora tocaba la otra parte de la finca, la de mi mujer; les acerqué el bolígrafo a mis hijos para que firmaran junto a los suyos. Se miraron entre ellos. Me dijeron que querían hablar conmigo en privado.

Salimos de la casa y nos montamos en mi viejo Land Rover. Andrés se acercó para avisar a los niños de que no tardaría mucho, que le esperaran en casa de los vecinos. Cogimos el camino que había hecho todas las mañanas durante tantos años. Un camino escarpado, que podía hacer con los ojos cerrados si quisiera. Hacía mucho que Javier no se montaba en este coche y más todavía que no nos subíamos los tres juntos. Llegamos. Al parar el motor no se escuchaba nada. Estábamos en lo más alto de la sierra que rodeaba el pueblo.

Nos bajamos y empezamos a caminar por los olivos. Toqué sus troncos, sus hojas, las aceitunas que ya iban asomando, todavía minúsculas; me quedé mirando mis propias manos. ¿Desde cuándo tenía tantas manchas en mi piel?

Andrés y Javier siguieron andando hasta el olivo más alto de todos. Era un olivo más bien enclenque, nunca había funcionado bien por estar dándole el sol durante todo el día. Fue en ese olivo donde su madre quería que esparciésemos sus cenizas, decía que, aunque no era un olivo muy bonito, quería estar allí, lo más arriba posible, porque quería verlo todo. Además, era el olivo más apartado y nadie la molestaría.

Allí nos quedamos un rato, mirando el suelo, los surcos de la tierra y las hojas secas que iban cayendo. Los dos hermanos se abrazaron y se echaron a reír. No sabían cómo lo iban a hacer, este año tenían que venir de nuevo a coger la aceituna.