251. Un mazo y un mandil
El sonido sordo y seco del mazo rebotando en la madera, resuena en mi interior sin cesar.
PUM y arrastra, PUM y arrastra…
Una y mil veces se repite el movimiento fuerte y preciso, a la vez que delicado y tierno.
La cadencia de un sonido sin partitura que de tanto repetir se vuelve estribillo.
A cada golpe saltan minúsculas gotas en el mandil que poco a poco van imprimiendo un mapa impreciso, sin apenas líneas, ni ríos, ni lagos, pero que atesora una vida entera.
Llena el cubo y coge otro, vuelve a empezar con amor, con la delicadeza con la que una bailarina se desliza por el escenario.
PUM y arrastra, PUM y arrastra…
Al terminar, recoger, y manos al delantal que cura pupas y limpia churretes de miel.
—Vente Oliva, ¡a merendar! — Y degustábamos juntas el apetitoso “panaceite” que nos sabía a los añorados abrazos de la bisabuela María.
Y en las vueltas de la vida, te preparo la merienda, mientras tú, con tus ojos perdidos en el tiempo miras con anhelo el mazo y el mandil que aún guardo para ti.



