250. Los testigos
El horrible ruido de las balas no dejaba dormir a nadie. La noche se hacía tan pesada como la guerra, insufrible, larga y fratricida, pero sobre todo, la guerra se tornaba oscura. No se podía ver nada, y a su vez, la humanidad oscurecía cada vez más, haciendo imposible intentar ver el inicio de la claridad en Jaén.
Intentando dormir en un pequeño e incómodo catre se encontraba Samuel Moore; tan acostumbrado a las balas como un cura a sus plegarias. Aunque realmente nadie se acostumbraba a eso. El Americano, como le llamaban los soldados españoles, era conocido por ser un soldado implacable, además de tener una personalidad un tanto chirriante para los castellanos. Gozaba de un aspecto bastante apuesto, una mandíbula definida, cabello cenizo y ojos castaños, sin embargo, lo que más resaltaba de su físico, era su enorme altura, de más de uno ochenta y cinco. Mucha de la gente que lo veía se preguntaba como ese muchacho americano de tan buen ver estaba luchando por una guerra que no era suya en el otro lado del mundo. A decir verdad, Samuel tampoco lo sabía, pero allí estaba, entre frondosos olivos cargados de aceituna.
La batalla que estaba por llegar en los siguientes días dio lugar en el pueblo un movimiento inusitado de personas y vehículos. Era un pueblo alejado casi totalmente del resto del mundo, rodeado de una monótona vegetación formada principalmente por olivares que siempre habían estado allí. Aquella fría mañana de enero El americano y el resto del batallón entró en el pueblo dispuestos a disparar a quienquiera que no estuviera alineado con ellos.
La pequeña Marina, hija del alcalde del pueblo, era una chica dulce, amable y optimista, muy contraria a su hermano mayor; a su tierna edad de 15 años, Marina tenía un amplio conocimiento del mundo contemporáneo, poseyendo un enorme afán por la situación política española al igual que su padre, es más, siempre que Marina tenía oportunidad, discutía con su padre sobre quién tenía la culpa de la triste guerra que su nación estaba viviendo. Esa misma tarde al llegar al pueblo Marina y su padre los habían invitado a cenar a su hogar a él y a otros soldados. La velada transcurrió con una tranquilidad monótona hasta que la joven entró en el salón y hablando con un inglés un tanto chapucero le preguntó por qué luchar en Jaén.
—No lo sé.
—Algo se le tuvo que venir a la mente señor, sino no estaría aquí, que solo hay olivos, estaría en su hogar en América, alejado de los ruidos de las balas.
Muchos años más tarde, en una estrecha cama en un hospital de algún lugar remoto de los Estados Unidos, Samuel Moore recordaría esa conversación y pensaría: “Olivos. Como si esos bonitos árboles fueran la cosa más común del mundo”. Pero en ese entonces, el joven estadounidense no podía pensar en que la batalla de los días siguientes a esa monótona cena, cambiarían su vida en un instante.
El enfrentamiento tuvo lugar en unos bellos y fríos campos, unos campos con un caladero y seco frío que revolvía a cualquier ser humano, ese inhumano frío, que penetraba en lo más profundo de sus huesos; parecía no hacer estragos en las ramas de los firmes árboles.
Naturalmente, acabaron ganando ellos, eran fuertes y bien organizados. La población del pueblo que luchó contra ellos, incluyendo a soldados muy jóvenes, acabaron de tres posibles formas: o muertos, o capturados o huyendo. Los del segundo grupo, los capturados, fueron llevados campo través para esperar a ser encarcelados o para ser fusilados.
Pero no todo salió como tenían previsto, una explosión salió de la parte en la que tenían encarcelados a los prisioneros, corriendo, algunos de los soldados lo observaron, la prisión temporal en la que tenían a los retenían había volado por los aires haciendo que algunos de estos escaparán para no volver jamás. En el fondo de la habitación y mirando con una sonrisa, se encontraba el hermano mayor de Marina.
El Americano no recordaba bien lo siguiente que pasó. Ataron y encerraron al joven. Capturaron a algunos de los proscritos. El chico confesó. Y, por último, el capitán le ordenó matarlo.
—Mátalo, pégale un tiro en la sien, en la cabeza o en el pecho, me da igual, pero mata a este puñetero bastardo— musito el capitán del batallón— quiero ver sus sesos esparcidos por el suelo. —y cogiendo al hermano de Marina por la camisa, le escupió y le dijo— espero que sepas que a los que intentaste liberar están igual de muertos que como lo vas a estar tú en unas horas. — y, por último, le dijo a Samuel la última orden del día—Lo quiero muerto antes del amanecer, americano.
Y eso fue lo que se dispuso a hacer Samuel horas después de que el capitán se lo ordenase, agarrando al joven (que estaba maniatado a la espalda) de la parte trasera de la camisa lo empujó para que caminase hacia su tumba entre olivos, una vez en un lugar que vio lo suficientemente bueno como para matar a alguien se dispuso a hacerlo, pero entonces, una voz que conocía lo suficientemente bien como para saber de quién era apareció tras él. Arrodillada ante él se encontraba llorando la bella Marina.
– ¡Por favor! ¡No lo haga! ¡Es solo un muchacho! ¡Ni si quiera ha pasado la veintena! —La joven gritaba, lloraba y berreaba por la vida de su hermano, intentando ahondar en el corazón del soldado para que su hermano siguiera respirando un tiempo más, pero, Marina, la jovencísima Marina, ya sabía que su hermano no vería otro cielo como el de aquel día que era de un azul límpido que se asomaba tímidamente entre las ramas de los olivos.
Samuel pensó que Marina tenía razón, su hermano, que no tenía más de 20 años, no volverá a hacer una infinidad de cosas. No volvería a abrazar a su madre, leer un libro, salir con amigos, volver a ver la diminutas y blancas flores del olivo cuando el campo se cubre por completo de ellas en la tan ansiada primavera; probar el primer aceite de la cosecha del año, ni a acariciar a un perro, montar a caballo, escuchar el cantar de los pájaros, sentir la lluvia caer en el pelo o sonreír simplemente porque le apetece sonreír. Tantas cosas que seguramente no se disfrutan en la normalidad. Y que ahora, a El Americano le daba tanto miedo destruir.
Pero aun así su mano, con una terrorífica sangre seca bajo las uñas, no tembló ni un instante al disparar.
Y pese a que ya sabía lo que iba a suceder cuando disparó al hermano de la joven no sabía que durante el resto de su vida iba a tener que vivir con la imagen de un joven entre frondosos y lustrosos olivos iluminado por la luz de una luna tan blanca y etérea, y con una cara de sufrimiento, de dolor y de arrepentimiento disfrazado de fortaleza, una cara que acompañaba a un cuerpo quebradizo, demacrado y roto. Con unos ojos verdes como las aceitunas, unos ojos que tenían el melancólico brillo de alguien que sabe que ya no existirá más.
El cuerpo del joven cayó en el frío suelo de tierra unos instantes después de una manera aterradoramente rápida. Y tan pronto como el ruido del disparo cesó, la joven marina corrió en auxilio de su hermano, sabiendo de una manera tan inconsciente como inocente que su hermano ya no estaba respirando y que no lo haría nunca más.
Llorando agazapada abrazando el cuerpo de su hermano mayor, la joven Marina de antiguo rostro puro, parecía haber envejecido años, y sin dejar de abrazar el cuerpo de su hermano, el ideólogo de liberar y salvarles la vida de decenas de soldados, levantó la mirada y con unos ojos tan oscuros como la noche gritó:
—¡Sois todos unos monstruos! Asesinos repugnantes, solo sois eso. — lloraba la joven agachada entre olivos. —todos sois iguales, perversos monstruos.
Detrás de ellos, proyectando una lúgubre sombra, los estoicos olivos recordaban a un cuadro de Théodore Gericault.
Los olivos, esos bellos olivos que antaño había contemplado con pesadez, ahora estaban manchados de sangre, regados de la más vil de las formas, de sangre de inocentes, muchachos, niños, ancianos. De hermanos contra hermanos, de padres contra hijos, amigos contra amigos. De todos sin excepción.
El Americano ya había matado antes, muchísimas personas habían perecido gracias a él, la mayoría hombres de la edad del hermano de la chica; muchas personas le habían insultado, escupido y no se había sentido mal por quitarles la vida, pero esta, esta le había dolido como ninguna otra le había dolido.
Nunca había sabido los nombres de sus víctimas, ni había tenido intención alguna de saberlo; al igual que ellos no sabían los nombres de los compañeros de Samuel que habían asesinado, pero el universo, Dios, el destino, el azar o lo que quiera que haya en el mundo decidió que eso iba a cambiar.
—Manuel. — sentenció Marina— se llamaba Manuel, recuerda su nombre. Recuérdalo cuando camines riéndote de tu trabajo, recuérdalo cuando camines entre los olivos de por aquí, que han sido tus cómplices, recuérdalo cuando vayas a dormir, recuérdalo cuando tú si vuelvas a abrazar a tu madre o a tus hermanos. Recuérdalo el resto de tu vida, porque se llamaba Manuel de La Cruz González. — dijo Marina antes de que en un maquinal movimiento él acercara la mano a la pistola y le disparara rápidamente a la cabeza, sin que esta tuviera oportunidad de suplicar por su vida o emitir algún ruido.
Ahora solo había silencio, un silencio sepulcral en el que participaban los olivares.
Los olivos le hacían enloquecer, estos, parecía que lo miraban mal, unas miradas mordaces, altivas y sobre todo, juiciosas. Parecía que le juzgaban por su acción cometida instantes antes.
—Perdón. — intentó excusarse, pero no sirvió de nada— lo siento— volvió a intentar, pero tampoco se levantaba ninguno de los dos— No, no, no ¡No! Esto no puede ser, tú no puedes estar muerta, tú también no.
Un viento desesperado y enfadado, hizo ulular las tersas ramas de los olivos, haciendo que estas se agitaran furiosamente, expulsando de sus ramas los últimos frutos del árbol.
Samuel intentó reanimarla, viendo el perfecto tiro que le propinó minutos antes, aunque realmente parecían haber pasado milenios.
Los olivos le miraban, con una mirada soberbia y triste a la vez, como alguien que sabía lo que iba a pasar pero que aun así lo hizo.
—Todo es culpa vuestra— gritó al aire. — Mierda, Perdón— dijo al aire, o, mejor dicho, a los miles de olivares que lo observaban— ¡Perdón!¡ perdón!¡perdón! — pero, al igual que los cuerpos no se habían levantado, las miradas tampoco cesaron.
Marina de La Cruz González y Manuel de La Cruz González. Hermanos tan contrarios en vida en acción y pensamiento y tan iguales tras la muerte.
Y entonces, Samuel Moore, El Americano, lo comprendió en un instante: era un monstruo, un monstruo que había curtido su sangriento historial entre olivos.
En la fría cama del hospital estadounidense, la guerra hacía décadas que había acabado, dando como victoriosos a no sabe que bando de los dos. Pero Samuel no sentía que eso fuese una victoria, y antes de su muerte, rodeado de familiares y doctores, El Americano vio a esos chicos, unos chicos que había matado a sangre fría una soleada y fría mañana de febrero entre olivos. Los familiares de Samuel Moore lloraron la muerte de su padre, tío y amigo en un lluvioso día de octubre.
Pero lo que nadie sabía, era que Samuel Moore, El Americano para sus colegas españoles, no había muerto un día cualquiera en octubre, sino que murió una luminosa y fría medianoche de febrero entre bellas ramas de olivo que se movían al compás del ruido de las lejanas balas.



