246. Revelación

Sofonisba

 

Mi aldea era llana, salpicada por cuatro colinas y sin accidentes orográficos dignos de mención, excepto un arroyuelo pespunteado por cuatro chopos y flanqueada por dunas señoreadas por los pinos, vestigio del ancho río que en tiempos remotos debió discurrir por su territorio. Llovía muy poco. La piel agrietada de la tierra era su seña de identidad durante la mayor parte del año. Requemada unas veces  por el ardiente sol de los veranos y asaeteada otras por los hielos del crudo invierno, solo el olivo la hizo habitable.

Una muralla de olivares la rodeaba y la cobijaba. No lo sabíamos entonces, pero aquel parapeto glauco conformaba  un útero en el que se desarrollaba la vida y se mantenía a salvo la memoria de los antepasados, recogida en las cruces del cementerio y en los recuerdos que desgranaban los vecinos al fresco de las noches estivales.

Desconocíamos cuándo se introdujo en la región el cultivo de la aceituna. Los viejos decían que los olivares del Hoyo del Lobo, los más antiguos de la aldea, tenían dos o tres siglos. Mi abuelo Santiago llegaba mucho más lejos: presumía de que el olivo que daba sombra al pozo de nuestra casa era milenario. Contaba que lo había plantado un árabe, de aquellos que habían dominado la península ibérica desde la época de los Omeyas, y que, como la vida misma,  había visto pasar tiempos buenos y malos. A modo de moraleja, añadía que de su fortaleza se podía extraer una lección: que por aciagos que fueran los acontecimientos, el árbol se había agarrado a la tierra y había seguido dando su fruto.

Cuando lo escuchaba, la señora Engracia,  enlutada y pesarosa por la muerte de su marido,  suspiraba y exclamaba: “¡Quién tuviera la resistencia del olivo!” Y se enjugaba una lágrima.

Mi abuela Felisa la consolaba: “Bueno, mujer, que tú de sobreponerte a la adversidad sabes mucho. Desde que falleció el pobre Felipe, a tus hijos no les ha faltado un pedazo de pan que llevarse a la boca. Y eso te lo deben a ti”.

Y todos los tertulianos que se reunían a la puerta de mis abuelos cuando caía la noche agosteña coincidían en que, a fuerza de convivir con los olivos, algo de su savia se les había transfundido a las arterias. Decían también que eso y no otra cosa era lo que les permitía seguir subsistiendo en una tierra desangelada y hostil.

Por aquel entonces yo era muy niño y no entendía bien el profundo significado de aquellas conversaciones hilvanadas con un lenguaje sencillo por gentes que, en su mayoría, no sabían ni leer ni escribir. Los pocos que de chicos acudieron a la escuela aprendieron a firmar y a manejar algunas nociones básicas de matemáticas, que les permitía contabilizar los kilos de aceituna o los litros de aceite y defender ante los especuladores el precio de la cosecha. Nada más. Solo tenían tiempo para trabajar. Con los años comprendí que aquel idioma burdo en el que se expresaban los aldeanos en su mayoría atesoraba una sabiduría centenaria, transmitida de generación en generación que era la esencia de la aldea, como el aceite denso y verde lo era de los olivares que la circundaban.

Mi abuelo era uno de esos rústicos analfabetos y, sin embargo, perito en olivares y con una memoria tan prodigiosa que era capaz de recordar con todo lujo de detalles las historias que le contaron siendo un niño. Hasta el punto de que los vecinos lo consideraban el depositario de los recuerdos orales de la aldea. Si surgía una disputa sobre lo acontecido en tiempos presentes o pretéritos, siempre recurrían a Santiago. Su opinión era para los lugareños como la Biblia para los cristianos.

A mí me resultaba muy  placentero sentarme a la vera de mi abuelo mientras se balanceaba en su destartalada mecedora bajo el frondoso olivo que presidía la casa y dejarme envolver por fábulas en las que participaban animales que una vez poblaron la aldea; leyendas de fantasmas; luchas entre señoritos y jornaleros; relatos de amor, siempre narrados con recato, o parábolas con las que trataba de inculcarme sus valores morales.

Sus narraciones disparaban mi imaginación. Subir al campanario y otear el paisaje era para mí una aventura. Allí, asomado a la ventana de la torre, con el mar de olivos a mis pies y aturdido por el batir del badajo contra el vaso de la campana, me sentía como uno de esos poderosos reyes de los que hablaba mi abuelo. Momentos de ensoñación que ensanchaban mi mundo infantil más allá de los estrechos límites entre los que transcurría mi vida.

También me gustaba aprender cosas reales y prácticas. Fundamentalmente las que aparecían en esa gran enciclopedia que era para mí el campo que rodeaba la aldea. Libros había solo tres en casa de los abuelos, y todos de vidas de santos. Empecé a leerlos a la hora de la siesta, cuando la canícula me recluía en el sopor de la siesta, pero me aburrían sobremanera. A mí me interesaban asuntos como la manera de alcanzar a un pájaro con un tirachinas,  la muda de las serpientes, la hacendosa senda de las hormigas, las guaridas de las liebres o los nidos que hacían los mochuelos en las grietas de los árboles.

En primavera, el ramaje de los olivos se cargaba de pájaros y de flores que presentían la aceituna. A mis primos y a mí nos gustaba cazar con el abuelo Santiago. Sobre todo las perdices rojas que abundaban en los olivares. Pero, si algún año escaseaban, mi abuelo nos prohibía cazarlas. “A nadie más que a un cazador le interesa proteger a la perdiz– nos decía, echando mano de esa sabiduría ancestral que ponía el sentido en conservar las especies y en mantener el equilibrio  del ecosistema. Y añadía una sentencia con la que daba por finalizada la batida: – El pan de hoy será el hambre de mañana. Mejor conservar lo que tenemos y esperar a que se repongan los criaderos”.

Había otros pájaros en el olivar: las currucas que se mimetizaban con el gris del follaje y endulzaban con sus cantos las mañanas de los aceituneros; los carboneros con su camisa amarilla; los grajos que volaban describiendo círculos negros en un cielo intensamente azul; los verdecillos, delicados y diminutos trovadores del fin de la estación fría, los alzacolas que llegaban en verano y los zorzales del invierno. Todos ellos se entretejen ahora en el ovillo de mi memoria con el estaño de las hojas y el azabache de los troncos de los olivos de mi aldea.

Un día, no supimos por orden de quién, sucedió lo que temíamos: los olivos de la aldea fueron arrancados del suelo en el que se  habían hecho centenarios. Los extirparon de raíz o los cercenaron y los convirtieron en tocones estériles. Por cada hectárea de cultivo olivarero sustituida por placas solares se ofreció a los propietarios, latifundistas en su mayoría que vivían en la capital, una jugosa subvención y pingües ganancias en el futuro. Y hoy, el lugar que fue orgulloso reino de los olivos y baluarte de la aldea en la que nací, es un  enparque fotovoltaico.

El sol  ya no transmuta la verde flor en aceituna. Se vierte ahora en las células de los paneles y se convierte en electricidad que se almacena y se distribuye allí donde el hombre moderno la necesita.

En mi aldea no. Ni siquiera se enciende el alumbrado público. Nadie la habita ya.

Me duele el vacío.

La misma luz que ardía en los atanores de barro y propiciaba el milagro del aceite juega ahora en los espejos a la tecnología y al progreso. Aunque quizá ya no sea la luz de entonces. Bajo las placas, las sombras, interminables, de lo que fue este lugar cuando mi abuelo recordaba las historias de sus antepasados al fresco de las noches del verano.

La que fue mi casa es una ruina. Los lagartos que se escondían en las oquedades de los olivos, y a los que perseguía de niño,  se refugian ahora entre las piedras desmoronadas de las tapias del corral.

Queda en pie el olivo milenario. Incluso algún alcaraván se atreve a asomar su sorprendente ojo amarillo entre las ramas.

Aparco el coche.

Me acerco y acaricio el tronco nudoso y retorcido del olivo de mi abuelo. Palpo en él las arrugas del tiempo, también las que los años han labrado en mi rostro y los dolorosos surcos que la pérdida de los míos me ha dejado…

“De nada sirve llorar por el aceite derramado”, me digo mientras resuena la voz de mi abuelo en mi cabeza.

Siento una tristeza insondable, pero sé que llegaré a casa y reconstruiré mi aldea en mi imaginación. La convertiré en literatura, apuntalada por los recuerdos y, con un poco de suerte,  la preservaré en papel para la posteridad. No puedo, sin embargo, volver a llenar de vida el lugar en el que transcurrió mi niñez y en el que moraron mis predecesores.

—Buenas tardes– me saluda un ciclista que pasa por la calle. Se detiene y me pregunta: – ¿Es usted de por aquí?

—Nací en esta casa– le respondo.

—¿Recordando viejos tiempos?– me pregunta, supongo que por compromiso.

—Sí– le respondo escuetamente.

—Nosotros estamos rehabilitando una casa de la plaza. La hemos comprado a precio de saldo y nos parece un buen lugar para pasar las vacaciones y algún fin de semana.

—No es mala idea– me limito a decirle yo.

—No somos los únicos, no se crea– continua hablando él, deseoso de darme explicaciones–. Hay más de media docena de viviendas en obras. Y gente que se piensa establecer aquí. Es un lugar con muchas posibilidades.

—Desde luego que las tiene– digo yo.

Y pienso por un momento en la posibilidad de volver a levantar la casa de mis abuelos para que mis hijos y mis nietos disfruten del lugar. Pero el hecho de que la aldea esté rodeada de placas solares me echa para atrás.

—¡El problema son las placas solares!– le digo a mi interlocutor.

—Son un incordio, sí, pero toda moneda tiene dos caras– argumenta él–. Queda mucho terreno para volver a sembrar olivos, que es lo que mejor se da aquí, y, a pesar de todo, es un fantástico lugar para descansar.

Agradezco las palabras del ciclista. Me resultan balsámicas. Y, por asociación de ideas, recuerdo que mi abuelo decía que nuestra aldea se levantaba sobre una urdimbre de olivos. Que si un día alguien la destruyera – un riesgo que él no contempló ni en sus peores pesadillas–, podría volver a levantarse en torno a los olivos.

De camino a casa, conduciendo en la oscuridad de la noche, empiezo a pensar que el hecho de que el olivo milenario de mi abuelo siga en pie es una señal de que la aldea puede pervivir físicamente, más allá de mi literatura o de los recuerdos etéreos de los descendientes de los aldeanos dispersos hoy a saber por qué lugares.

Mañana llamaré a un amigo arquitecto y le expondré mi deseo de rehabilitar la casa de mis abuelos. La idea me hace feliz.