243. El legado de Atenea

Juan Antonio Barrajón Pérez

 

La azada se hundía en el suelo y removía la tierra en una sucesión cada vez más pesada. Los brazos de Néstor, agotados por las interminables labores otoñales, desfallecían cuando el carro del sol llegaba a su punto más alto en la rueda del cielo.

En la región de Cecropia, que miles y miles de años después conocemos como Ática, para muchas familias griegas la vida era dura y el trabajo no siempre era garantía de estabilidad. Los más acomodados disfrutaban de tal condición porque, a lo largo de las generaciones, habían acumulado ganado yuntero, grandes extensiones donde plantar la vid y la cebada y, además, habían amasado fortuna suficiente como para construir naves mercantes que, en otoño, partirían a otras tierras con sus productos.

«Por Zeus, que se lleven al tártaro a ese que dijo que al que prueba esmero lo recompensará el suelo», pensó Néstor, indignado al ver que su labor nunca daba un fruto proporcional. Aunque podían subsistir, un mal invierno les podía resultar nefasto.

—Padre, el sol ya está alto. Es mediodía, volvamos a casa a comer, hoy te has afanado más que de costumbre —le avisó Evandro, un muchacho de dieciocho años.

—Tienes razón, hijo. Ya estaba pensando otra vez en el invierno.

Néstor y Evandro siempre marchaban a trabajar al cantar el gallo, cuando la Aurora con sus dedos rosados anunciaba el brillo vencedor de su hermano. Su esfuerzo era duro, pues no disponían de bueyes que pudiesen ayudarles en otoño y no contaban con otras manos el resto del año.

No tardaron en llegar a su pequeña casa, donde se encontraban Talía, esposa de Néstor, y Ariadna, su hija. Ambas hablaban y tejían prendas para abrigarse en la estación que se avecinaba.

Jairete —saludó Néstor con una sonrisa amarga al entrar en su morada.

Jaire, esposo —respondió Talía a la vez que Ariadna—. ¿Dónde está Evandro?

—Está guardando las herramientas —se sentó a la mesa que había en la estancia. Allí había un vaso con vino y, junto a este, un trozo de pan de cebada. Tomó el trozo, lo mojó en el vino y comenzó a comer—. Por los dioses, esposa, me preocupa mucho este invierno. El frío amenaza más fuerte que otros años y todavía se ven las Pléyades en el cielo.

—Los dioses proveerán, Néstor. Tienes que ser paciente —trató de calmar a su marido con su serenidad, pero ese día su inquietud era mayor.

—¿Los dioses, Talía? He participado en los ritos prescritos, he trabajado de forma honrada como decretó Zeus a los mortales y he mantenido encendido el fuego sagrado de Hestia en nuestro hogar —soltó el pan en la mesa e, inclinando su cabeza hacia adelante, la apoyó sobre su mano derecha—. Sin embargo, Deméter provee con cosechas abundantes a los más ricos de nuestra región y Poseidón les recompensa con vientos favorables en verano. A mí ella me da, con suerte, media cosecha buena, y él, si se siente generoso, alguna pesca aceptable. ¿Qué es eso, esposa?

—Algo con lo que sentirte agradecido. Aunque no nadamos en la abundancia y tengamos que hacer cuentas, podemos comer. Si este invierno va a ser duro, haremos lo posible para superarlo. Pero no olvides, Néstor, que los inmortales a veces no entienden cuán lentos se les hacen los años a los hombres —Dejó el hilo y el telar, se acercó a su marido y lo abrazó—. Si sigues siendo honrado, trabajador y prudente, lograrás tus propósitos y algún día saldrás al mar no a pescar, sino a conocer otras tierras y vender tus frutos.

—Eso espero, esposa mía —se levantó. Voy a dormir un poco antes de volver a la faena —dio un beso a su esposa, otro a su hija y se fue a la cama.

Néstor había sido de una familia pescadera de Falero desde joven, de modo que alternaba los días de labranza con los días de pesca cuando el temporal era favorable. Desde que se casó con Talía vive en un oikos o hacienda con pocos terrenos cultivables. Como pescador de primer oficio, Néstor siempre había adorado a Poseidón y siempre había deseado ser un comerciante marino, pero el dios favoreció a los ricos poseedores de haciendas y naves de Cecropia. Este gran sector de la sociedad cecropia era el que más rendía culto al señor de los mares, aunque no se puede asegurar si era más por agradecimiento sincero que por conveniencia.

Varios días después en la ciudad capital de Cecropia, que aun no tenía nombre porque ningún dios había reclamado su patronazgo, el rey Cécrope lanzó una plegaria a Zeus.

—¡Oh, Zeus altitonante —alzó las manos—, que empuñas el rayo en tu mano diestra y el cetro en la siniestra, tú, que dictaste los castigos y los premios para los hombres con tu suma sabiduría, escucha mi plegaria! ¡Cada vez más súbditos, justos e industriosos han venido a mi techo con súplicas, pues no ven la justicia prometida en tus antiguos decretos ni tienen un dios patrón de esta ciudad al que pedírsela! ¡Te ruego que convoques certamen para decidir qué dios protegerá sus tierras y dará nombre a nuestra ciudad capital!

Dicho esto, sobre el cielo de la ciudad se cernieron nubes oscuras y, tras soltar tres luces de fuego eléctrico, tres truenos correspondientes resonaron en toda la región con gran potencia. El rey de los dioses dio su aprobación. Cien bueyes sacrificó Cécrope en honor de Zeus y dejó que los humos de la hecatombe ascendiesen a las alturas.

Inmediatamente Zeus convocó la asamblea divina. Junto al rey se situaba Hera, su regia esposa, que vestía los vivos colores del pavo real. A su izquierda estaba Deméter, dadora de vida, pero triste en esa estación por la ausencia de su hija; a su izquierda, a su vez, se sentaba Hestia, familiar, dulce y cercana y, en la misma dirección, se hallaba Artemisa, con el carcaj y el arco junto a su silla.

A la derecha de Zeus se sentaba Poseidón de rostro severo. Lucía este un áureo casco coronado con un penacho rojo que simulaba las crines de sus hijos equinos. Sus dedos, firmes y cerrados alrededor del tridente, también de oro, destilaban autoridad y poder. Junto a él afilaba su espada Ares, austero y disciplinado, con suma meticulosidad y concentración. Al lado del dios de la guerra afinaba su lira Apolo de bellísimo rostro que, frente a su hermana, irradiaba la luz dorada del día.

Cerraban el círculo Hefesto, cojo y feo, pero hacedor de lo más útil y bello; Afrodita, de larga cabellera brillante y castaña que, coqueta, miraba con disimulo a Ares; Hermes, que revoloteaba alrededor de su asiento con sus sandalias aladas y, por último, Atenea, la diosa más prudente, tenaz y justa entre todos los dioses. En su cabeza se acomodaba un casco de plata fina, su mano derecha agarraba su lanza siempre afilada y recostado en el lateral de su sede estaba su escudo. En su hombro se apoyaba un mochuelo, compañero leal de la diosa. En su cara, que parecía tallada por los imagineros más excelsos, destacaban dos preciosos ojos glaucos.

Se levantó Zeus y dio comienzo a su discurso.

—Hijos y hermanos míos —se levantó y alzó los brazos—, os he convocado aquí, en nuestra magnífica asamblea, por una plegaria que me ha llegado de Cécrope. Muchos cecropios ven la ruina y el hambre cercanos a sus hogares y han pedido al rey una solución. Él ha visto conveniente que uno de nosotros sea patrón de su ciudad capital tras la celebración de un certamen. Me gustaría saber quién tiene interés en participar. Yo me abstengo, pues mía es Olimpia y yo debo ser juez de esta prueba.

—Esposo, como tu reina, comparto contigo los honores de tu ciudad, así que me abstengo de tomar parte en esta competición—respondió Hera refiriéndose a Olimpia.

—Yo ya cuido de una ciudad cecropia —dijo Deméter pensando en Eleusis.

—Yo ya estoy presente en todas las ciudades y casas a través de mi fuego —Hestia dibujó una sonrisa cálida en su rostro—, no quiero quitar la oportunidad a otros.

—No es mi intención tutelar ciudades, sino regir montes y bosques. Además, mi hermano y yo somos ya señores de Delos.

—Mi jurisdicción son los caminos y los viajeros, no las ciudades ni los que habitan en un sitio fijo —Hermes estaba visiblemente inquieto y aburrido—.

—Esparta ya me adora —dijo Ares lacónico sin apartar la mirada de su espada.

—Lemnos es el único sitio al que guardo amor y agradecimiento —respondió Hefesto tajante.

—Mi ciudad y hogar es Pafos, no necesito más —mientras decía esto, Afrodita jugaba con su cabello.

Solo quedaban por dar su parecer dos dioses, Atenea y Poseidón, que no tenían el patronazgo de ciudad alguna. El señor de los océanos se levantó, anduvo hasta el centro de la asamblea y dio un golpe sísmico con su tridente.

—Si nadie más quiere acoger a los cecropios, lo haré yo. No puede haber certamen donde solo uno participa.

En ese momento Atenea tomó el escudo y se puso frente a Poseidón clavando su mirada en él. Todos los dioses, de repente, dejaron de lado sus distracciones y pusieron toda su atención en aquello.

—No os olvidéis de mí, tío, pues yo siempre estoy dispuesta a competir.

—Veo que tenemos dos contendientes —intervino Zeus—, mi hermano Poseidón y mi hija Atenea. Volved a vuestras sedes —se levantó y de su mano abierta saltó una chispa que se tornó en un hermoso rayo centelleante—. Poseidón Crónida, Atenea Dioscore, sois candidatos para el patronazgo de cecropia y su ciudad capital, a la cual dará nombre el vencedor. La prueba y las condiciones de este concurso se revelarán el día anterior a la disputa, que se dará en un terreno no edificado de la urbe de los cecropios dentro de quince días. Que gane el más justo y prudente —lanzó el rayo cuyo trueno resonó por toda Grecia—. Con esto queda avisado Cécrope.

Pasaron los quince días y las gentes de toda la región fueron al sitio designado. A la cita acudió la familia de Néstor. Allí apareció Cécrope portando su cetro y reptando, pues era mitad hombre, mitad serpiente.

—¡Cecropios, pedisteis por mucho tiempo un olímpico que nos protegiese y guardase de las desgracias, así que consulté a Zeus y el rey de los dioses convocó un certamen! ¡Dos fueron los dioses que entraron en disputa por ampararnos, Atenea y Poseidón! —Una gran turba vitoreó con gran entusiasmo ante el nombre del dios del mar. No fue sorpresa para Cécrope ni para nadie más que este era el sector mercante afín al señor del tridente—. Zeus ha ideado la siguiente prueba: el participante debe hacerle a la ciudad un regalo que sea garantía de prosperidad. Durante el desarrollo de la prueba el participante tiene prohibido hablar. Por orden de Zeus, pueden hacer acto de presencia y comenzar la prueba.

El rey se retiró y en la explanada apareció Atenea. Frente a ella se colocó su tío, serio y confiado. Poseidón dio un gran golpe con su tridente en el suelo que hizo temblar la tierra y a todos los presentes. Néstor tuvo que agarrar a Ariadna para que no se cayese. El suelo se abrió y de él salieron piedras que formaron una fuente de tres alturas. De la parte más alta salía agua. Entonces el dios dirigiendo el agua de la fuente con su mano salpicó al sector mercante.

—¡Es agua salada! ¡Alabado sea Poseidón, es agua salada! —exclamó entusiasmado uno de ellos, ignorante de las necesidades de sus vecinos—.

Entonces Atenea sacó una aceituna, la primera aceituna, verde como los ojos de la diosa, ante la mirada curiosa de los cecropios.

El día anterior, cuando la diosa hubo escuchado en qué consistía la competición, tomó una pequeña piedra y pidió a Deméter que le diese la bendición para formar un nuevo cultivo. Le entregó la piedra a su tía y, con un leve soplido, la transformó en un hueso. Tomó entonces la semilla y se la llevó a Hefesto, a quien pidió que le otorgase el don de la utilidad. Hefesto tomó una cera verde que amasó alrededor del hueso y le dio forma. Cuando terminó de moldearla, la cera se volvió pulpa y piel. Por último, bajó con ayuda de Hermes a los reinos del inframundo y pidió a Pluto, regidor de los minerales y piedras, que le concediese la prosperidad. Pluto cogió la aceituna y, mientras la mantenía en su palma, la roció con polvo de oro. Una vez la aceituna absorbió el metal pulverizado, le devolvió el fruto a la diosa.

Atenea, ante los presentes, dio un pequeño bocado a la aceituna y, después, prensó con sus dedos el fruto del que salió un líquido verdoso con matices dorados. En ese momento chasqueó los dedos y en su índice ardía una llama que, al tener contacto con el líquido, comenzó a arder. Finalmente, apagada la llama, la diosa retiró lo que quedaba de piel a la aceituna. Dio un beso a la semilla y esta comenzó a echar raíces que cada vez se hacían más grandes y fuertes, mientras que el tronco crecía ancho y robusto ramificándose en una copa de pequeñas hojas verdes acabadas en punta. De las ramas crecieron muchas aceitunas. Buscó una zona libre suficientemente grande en aquel espacio, abrió la tierra con su lanza y plantó el árbol allí. Las raíces se engancharon al suelo y el olivo se aseguró.

—Ahí está la recompensa que esperábamos —le dijo Talía a su esposo, que quedó maravillado ante el árbol, ansioso por saber todo lo que podía ofrecer.

Los dioses retornaron entonces a sus sedes celestes y los ciudadanos disputaron con mucho ímpetu, unos maravillados ante la creación de un nuevo árbol, otros llenos de devoción por el dios que tanto los enriqueció. Cécrope tuvo que poner orden para evitar a toda costa una futura guerra civil entre los pobres y los adinerados.

—¡Cecropios, como esta disputa no parece que se pueda resolver ahora, haré una propuesta, si el gran Zeus no tiene inconveniente! —Cayó un rayo en gesto de aprobación por parte del dios—. Como el ganador es aquel que dé el regalo más útil, no el que parezca más útil, haremos lo siguiente: la fuente estará disponible para el uso público de cualquier ciudadano de Cecropia. Cada familia recibirá una cantidad proporcional del fruto de este árbol según su riqueza para evitar desigualdades —los partidarios de Poseidón comenzaron a protestar—. ¡Silencio, esto es un duelo entre dioses, aunque nosotros estemos involucrados! Así pues, doy quince años desde ahora para ver qué familias alcanzan más prosperidad, si aquellas partidarias de Poseidón o las partidarias de Atenea. Si las partidarias de Atenea, en clara desventaja, consiguen superar en riqueza a las familias adeptas a Poseidón, nuestra diosa tutelar será ella. Nos veremos en el tiempo acordado.

Néstor recibió seis aceitunas y las plantó en su hacienda. Así hizo el resto de las familias empobrecidas. Tuvieron que pasar tres años para que diesen sus primeros frutos cuyo sabor era muy fuerte, pero un hombre descubrió que una aceituna había caído en la fuente de Poseidón. La secó y la comió. Sorprendentemente resultaba ser un manjar. El hombre lo contó y agregaron las aceitunas a su dieta tras meterlas en salmuera.

Tres años más pasaron y los olivos iban madurando. Decidieron las familias entonces moler y prensar el fruto, pues no les era ajeno realizar estas tareas con otros frutos que habían cosechado. De ellos salían los jugos verdes y dorados que Atenea mostró, pero estaba todo mezclado y sabía muy fuerte. Como la vid era un don que conocían desde hacía muchos siglos, decantaron el producto en vasijas de agua, de manera que los solidos quedaban abajo y el líquido esperado, menos pesado que el otro, subía y podía extraerse. El resultado fue el aceite, dorado y espeso, que probaron a usar primero con el pan, después con otros alimentos, y les fue muy grato.

Recordaron a la diosa prendiendo el aceite, de modo que en diversas casas hicieron lámparas y, para iluminar a la caída del sol, ya no tuvieron que encender hogueras y cortar leña excepto para calentarse en invierno.

A los once años del certamen Néstor y otras familias lograron tener excedente de aceite. Por lo tanto, construyeron naves y viajaron al resto de Grecia para vender el producto que fue recibido con mucho entusiasmo. Su hijo Evandro se unió a los cada vez más lejanos viajes de su padre, que iban desde Sicilia y toda Italia hasta las cosas de la gran Iberia, en cuyo sur este producto fue muy bien recibido y decidieron plantar el árbol. El olivo acabó siendo sagrado para ellos.

Néstor y las demás familias superaron en riqueza y prosperidad a los seguidores de Poseidón y, al llegar decimoquinto año, Cécrope, con la aprobación de Zeus, dio por ganadora a Atenea. La ciudad capital de Cecropia terminó llamándose Atenas y el sector mercante de antaño fue expulsado de la ciudad. No les fue mal, pues fundaron la famosa ciudad de Corinto y siguieron adorando a Poseidón construyéndole un templo incluso no muy lejos de su nueva ciudad y celebrando juegos en su honor.

Un día de otoño Néstor, ya muy viejo, paseaba por las calles de Atenas. Entró en casa de su hijo, quien le dio pan de cebada, vino, aceitunas, higos y aceite. Siempre que hacía eso miraba el vino sonriendo, recordando el pasado, y acto seguido vertía el aceite en el pan. Esa misma noche Néstor murió con una sonrisa en la cara, agradecido a la diosa que entendió las necesidades de aquellas familias al borde de la miseria y les dio una bendición perpetua.

El olivo se convirtió en el símbolo de Atenas y, a la postre, de todo el mediterráneo.