237. Aceite en la piel

Esther Bengoechea Gutiérrez

 

Sentada en mitad de la sala parece más pequeña y débil que nunca. El suelo de mármol granate, tan brillante y lleno de vida, contrasta con los camisones blancos y las batas azules, que se desplazan con lentitud arrastrando la tristeza y la resignación a cada paso, agarrados a un andador, al gotero o a la bolsa de sangre. Nadie quiere estar ahí, pero todos tienen que estar.

Las puertas del ascensor se abren y un carrito de libros asoma entre las mismas. El voluntario de la biblioteca ofrece ejemplares por cada una de las plantas para hacer más amena la obligatoria estancia de los enfermos. Petra le saluda con emoción, eso es lo más parecido a una visita que va a tener. Jaime se detiene a hablar con ella. Le enternece esa anciana, a la que se le llenan los ojos de lágrimas cada vez que pide un libro, que tiene la mirada triste, pero logra esbozar una sonrisa y que siempre está sola. Le recuerda a su abuela, que falleció hace unos años por aquel maldito cáncer. Las mismas manos huesudas y salpicadas en manchas, que son atravesadas por azules venas, las cuales dibujan carreteras de vida o de lo que queda de ella. Decide sentarse a su lado y hacerle compañía un rato. Total, los pacientes pueden esperar media hora más para coger un volumen. Petra está feliz y solo quiere escucharle. Este le cuenta que está ya con los exámenes de tercero de Educación Infantil, que ya es tío y que sigue sacando tiempo por la noche para jugar a fútbol sala en el equipo del campus de Palencia, además de ayudar en la biblioteca del Hospital Río Carrión.

Petra sonríe, responde y exclama, encantada de estar acompañada. En su fuero interno se imagina que Jaime es su nieto, que sí que pudo tener hijos, que logró el sueño de formar una familia. Y se emociona, y las lágrimas vuelven a iluminar su mirada sin que pueda evitarlo. Todo lo que ansiaba y no logró, que le parte el corazón. Qué distinta podría haber sido su vida, se lamenta, sin dejar de mirar y de escuchar a Jaime.

Esa tarde los enfermos del primero, la biblioteca se encuentra en la última planta y Jaime va descendiendo piso a piso, reciben los libros más tarde que nunca. Los posteriores, también. A diario comienza a hacer una parada en la novena, en Cardiología, para pasar más tiempo con Petra. Ya le ha contado que no tiene hijos, que Dios no quiso darle ese regalo, que se quedó viuda demasiado pronto y que su hermana Paquita y su cuñado viven en una residencia en Madrid, mientras que su único sobrino, Angelillo, trabaja en Bruselas, donde se ha echado una novia de allí y no viene ni a tiros. Eso entristece mucho a su hermana, claro, eso y que no quieran tener descendencia. Que no tenemos tiempo para ello, mamá, que las cosas han cambiado, se excusa Ángel, como en realidad le gusta que le llamen. Sin hijos, pero con tres perros, casi nunca viaja a España para ver a los suyos.

Y es que Petra, desde niña, siempre deseó tener una familia grande, muy grande. Pero no pudo ser. Su madre murió dando a luz a su tercer hijo, el bebé tampoco sobrevivió y la casa se quedó en absoluto silencio para ella, Paquita y su padre, que se sumió en la más profunda pena. No quiso volver a casarse, por lo que Petra tuvo que decir adiós a la escuela, con lo que le gustaba, y a la señorita Begoña, a la que tanto adoraba y a la que quería parecerse cuando se hiciese mayor. Cambió los libros, la pizarra y el pupitre por las cazuelas y la granja. De un plumazo perdió a su madre y toda la infancia e inocencia que le quedaba, junto con sus sueños de futuro.

Su padre no lo entendía. Él argumentaba que qué más daba la escuela si ella lo que tenía que aprender era cómo llevar un hogar para así poder encontrar un buen marido. Y como Paquita era mucho más linda que ella, le recordaba constantemente que se diese aceite de oliva en la cara cada noche como hacía su madre para estar más bonita y resplandeciente, además de ser más servicial y sumisa, cocinar mejor y tener más limpias las sábanas para que no le robasen a los mejores mozos de la Montaña Palentina. También le espetaba, sin ningún tipo de miramiento, que sus ojos eran demasiado pequeños y su nariz demasiado afiliada, como la de su difunta suegra, que en paz descanse.

Pero su Antonio se enamoró de sus ojos y hasta de su nariz, desproporcionada para cualquier cara y más para la suya. También de su olor, intenso y fresco, a aceitunas, a naturaleza, a vida. Durante años fueron felices, a pesar de que él pensaba como su padre y tampoco entendía que quisiese continuar aprendiendo a leer, a escribir y a hacer cuentas. Si haces las mejores sopas de ajo de la comarca y cocinas como nadie, qué importa eso, le decía siempre con una sonrisa, para quitarle esos pájaros de la cabeza. Tampoco lograron nunca engendrar un hijo y convertirse en padres, lo que más anhelaban ambos. Visitaron a distintos médicos, hasta de la capital, y todos señalaban a Petra como la responsable y le daban pastillas o ungüentos, que no servían para nada más que para inyectarles esperanza y que luego la caída y el daño con la siguiente menstruación fueran aún mayores.

Y ocurrió la tragedia. Los gritos, los sollozos, los juramentos y hasta los gemidos se escuchaban por todo el pueblo aquella mañana. Petra estaba en casa, haciendo la comida como todos los días para Antonio y para ella, cuando un vecino apareció nervioso y corriendo para avisarle de que había ocurrido un accidente en la mina. El accidente. Porque aquel derrumbe la partió en dos para siempre.

Tardaron horas en encontrar el cuarto cuerpo, el de Antonio, sepultado en la última galería, en la que siempre hacía él su turno, por kilos y kilos de antracita. Y su existencia, al igual que su ropa y que el maldito carbón, se volvió negra para siempre. Dios le había arrebatado a su marido, que era su todo. No tenía hijos por los que tirar, por los que salir adelante, por los que sacar fuerzas de flaqueza. A pesar de que seguía respirando, su vida también se detuvo aquel día. Y perdió las ganas de todo, de aprender, de hablar, de sonreír. Hasta de extender el aceite por su pálida piel que, poco a poco, se fue llenando de arrugas, de recuerdos, pesares y dolor. Ya no hubo más hombres, nunca. Y fueron pasando los años sin pena ni gloria hasta que su corazón comenzó a fallarle de vez en cuando y a necesitar supervisión. Y el hospital se convirtió en su segunda casa.

Petra siempre pide consejo a Jaime a la hora de escoger un libro. Y también que le resuma “un poquito” el argumento. Le encanta saber de qué trata, incluso cómo termina, antes de haberlo abierto siquiera. Este le dice, despacio y con mucha paciencia, que no puede hacer eso, que son ‘spoilers’, mientras ella arruga la cara porque cada vez hablan más raro estos jóvenes de hoy en día. Otra cosa que le pide es que la lectura contenga ilustraciones o fotografías.

Pero, cuando llega hoy a verla, Petra está más triste y apagada que nunca. Con pesar le informa de que está mejor y le van a dar el alta, y que al día siguiente se irá, con su pequeña maleta de piel marrón, de nuevo al pueblo, cuando pase el coche de línea por la estación. Jaime, de pronto, se da cuenta de todo, como si un destello le mostrase la verdad que no había sido capaz de ver hasta ese preciso instante. Con mucha rapidez, se inventa un repentino suspenso en su impoluto expediente y la consecuente necesidad de practicar con algún alumno o alumna la enseñanza de los números, las letras y hasta de la lectura. Y Petra se ofrece, sin pensárselo ni un segundo, a ser ella, y a hacerle sopas de ajo o bizcocho de nata o lo que él quiera cada vez que vaya a verla.

Jaime escribe despacio un nuevo cartel con letras mayúsculas para pegar en los dos ascensores y en los pasillos de cada planta del hospital. ‘Servicio de Biblioteca: lunes, miércoles y viernes por la tarde’. Los martes y los jueves visitará a Petra y le llevará libros, que poco a poco ya no tendrán que contener ilustraciones ni tampoco será necesario que se los resuma. Sus huesudas y ajadas manos volverán a extender cada noche aquel aceite de oliva por su rostro, ese que rememora los tiempos felices, sus grandes recuerdos y las nuevas ganas de vivir, y también podrán ir descubriendo cada historia página a página.