238. Raíces
Aquel planetoide empobrecido había sido su hogar desde que remotos antepasados lo hicieran suyo.
Seco y pedregoso, pero no desértico, era habitable por atmósfera y clima.
En sus planicies crecían unos… ¿árboles? recios y resilientes, que les recordaron a sus ancestrales olivos, más éstos no criaban frutos.
Tal semejanza atrajo la imagen antigua de un padre girando la piedra del molino donde los niños impregnaban en el tibio aceite el pan nuestro.
Eso los llevó a tentar lo imposible.
Los abuelos negociaron miles de los prohibidos esquejes y sobornando guardianes los contrabandearon en cargueros destartalados.
Pronto comenzaron a injertarlos en aquellos árboles de raíces coriáceas y gruesas ramas reptantes.
Finalmente, algunos esquejes prendieron en los troncos extraños.
Años largos ensayando y aprendiendo secretos, dieron vida a la suave hondonada de la colina, donde se levantó el fragante olivar del que recogeríamos miles de aceitunas.
Cierto, extraemos un aceite denso, oscuro y acristalado, pero indudablemente aceite de oliva.
Oro líquido para ungir, santificar, usar y celebrar como desde toda la historia y toda la vida.
Los olivares trajeron de vuelta recuerdos, riquezas y libertad.



