233. Sueño de una aceituna
Desde que era un brote, la aceituna soñaba con su transformación en oro líquido. Le contaron historias de grandeza, de cómo su esencia se convertiría en el aceite más puro, ese que ilumina mesas de lujo, apreciado por gourmets y alabado por chefs en sus más finas creaciones. Su destino brillaba ante ella, como una promesa inquebrantable.
El día llegó. Fue llevada al molino, llena de esperanza. Allí, aguardaba su gloriosa conversión. Pero el proceso no fue como había soñado. Fue aplastada sin piedad, reducida a una masa sin forma, sin identidad. “Paciencia, es parte del camino», se decía, aguantando el dolor. «Pronto seré oro.»
Cuando al fin fue embotellada, la realidad fue cruel. No fue destinada a una botella elegante ni a una alacena gourmet. Su destino no era brillar en una cena selecta. No. Terminó en una lata genérica, en un estante polvoriento de un supermercado de descuento. Ni siquiera una etiqueta bonita, solo un «aceite de oliva» sin nombre.
«Ah, la grandeza», pensó la aceituna, con una sonrisa amarga. Todo ese sacrificio para acabar friendo papas congeladas.



