228. Los recuerdos del abuelo

Juan Manuel Poza Moreno

 

Aura era una chica extraña. No distinta, que también, sino extraña. Una persona muy extrovertida o cariñosa en extremo puede ser calificada como distinta, pero no como extraña. Pues bien, Aura era distinta, sí, pero sobre todo, extraña. No sólo jugaba con sus amigos imaginarios de niña y hablaba con personas muertas de adolescente y adulta, sino que a veces también padecía sus sufrimientos y acababa enferma en la cama o se encerraba a escribir en su cuarto para sobrellevar los sentimientos negativos que le transmitían: odio, miedo, tristeza. Pasó su infancia viviendo en la casona familiar, a unos kilómetros de Baeza. Se trataba de un viejo palacete rodeado de jardines poblados de árboles de diversas especies y una huerta. Uno de estos árboles era un enorme olivo más que centenario. Nadie sabía a ciencia cierta cuántos años tenía. Cien. Doscientos. Seiscientos. El abuelo de Aura sostenía que el olivo tenía incluso ochocientos años, pero todo el mundo opinaba que eso era una exageración.

El olivo se erguía en extremo de la propiedad, junto a la huerta, en el punto más alejado de la casona. Quizá por eso era el sitio preferido de aura para aislarse. De unos seis metros de alzada y otros tantos de vuelo, su copa podía verse desde muchos kilómetros a la redonda. Desde abajo parecía una bóveda celeste en miniatura, verdiplateada y poblada de aceitunas en lugar de estrellas en verano y otoño. A aura le encantaba sentarse allí, entres sus retorcidos pies, a leer y escribir.

―Quieres más a ese árbol que a mí ―le reprochó su padre en broma una vez.

―No es verdad, papá.

―¿Cómo que no? Apenas sabías andar, y ya te ibas a su lado en cuanto nos descuidábamos. En cuanto te perdíamos de vista, ¿dónde está Aura, dónde está Aura? Pues Aura estaba entre los pies del olivo.

―Ya me has contado esa historia unas cuantas veces.

―Si hasta lo llamas el Abuelo.

―Porque lo quiero mucho, papá. Pero de una forma distinta a como os quiero a vosotros. Y no es un árbol; al menos no un árbol como tú crees que son los árboles. Es un ser vivo que siente y padece. Tiene alma, lo percibo. Me transmite amor, pero también miedo y dolor. Es un abuelo que tiene innumerables historias que contar, pero que no puede comunicarse conmigo.

 

 

 

―Hay que arrancarlo.

El rostro de don Antonio, el padre de Aura, se ensombreció al escuchar la tajante afirmación del capataz de su finca agrícola.

―¿Seguro?

―He visto ya muchos olivos enfermos. Las hojas están abarquilladas hacia el envés y tienen las puntas muertas.

―No hay duda pues, ¿no?

―No.

―Pero, está aquí solo. No hay otros olivos cerca.

―Da igual. Los insectos transportan la bacteria a cierta distancia. Alguien por aquí cerca tiene olivos enfermos y no lo sabe, o sí lo sabe y se ha callado para no tener que sacrificarlos. La fastidiosa es así.

―Pues tenemos un problema.

El problema se llamaba Aura: no le iba a gustar nada perder a su abuelo. Por no mencionar que la pérdida podría provocar un empeoramiento de su ya delicado estado de salud.

 

 

 

Primero cortaron las ramas, fuertes como los brazos de los jornaleros, y luego procedieron a trocear el tronco. El capataz y sus dos ayudantes trabajaron con premura, pero no les dio tiempo a concluir el trabajo. Cuando Aura regresó a casa el viernes para pasar el fin de semana, quedaban por arrancar los tocones de los dos pies.

No bien su hija pisó la casa, don Antonio se sentó con ella en su despacho y le explicó que el Abuelo estaba enfermo y que en estos casos las autoridades obligan a arrancar el árbol de raíz para evitar que la enfermedad se contagie a otros. Aura se quedó muda. Sobre su mirada cayó un velo negro y su rostro se tornó en una máscara funeraria. Don Antonio la tomó de una mano y esperó pacientemente a que dijera algo. Al cabo de un lapso que se le antojó una eternidad, la joven habló como ausente, sin pestañear, ni mirarlo, ni mover más músculos que los de la boca:

―Por eso a su lado percibía miedo y dolor. Sabía que había llegado su hora.

Don Antonio había aceptado a su hija tal y como era. A veces la creía cuando le confiaba sus experiencias paranormales porque quería creerla, sólo por eso. Que su hija hablara con los muertos y con el olivo era mejor que asumir que tenía algún trastorno mental.

―Supongo que sí, hija ―asintió con gravedad.

Acarició la mano de Aura.

―¿Quién es el verdugo?

―Pedro, el capataz. Mañana vendrá con una retroexcavadora para arrancar los tocones.

La joven dio un respingo: había regresado de golpe a la realidad física que la rodeaba. Miró a su padre con los ojos vacíos de vida, como si estuviera ciega.

―¡No! El lunes. Necesito tiempo para despedirme de él.

―Pero hija…

―¡Papá, tengo que despedirme!

―Está bien ―concedió don Antonio. Al fin y al cabo, el viejo olivo llevaba mucho tiempo enfermo, ¿qué más daban dos días más que menos?

―Ahora dime, ¿cómo has pasado esta semana?

―Bien, papá.

―No, no la has pasado bien. Se te ve.

Aura llevaba tiempo enferma. Sus síntomas eran diversos: dolores de cabeza, de estómago, debilidad física, inapetencia. De puro enfermiza que era, llevaba camino de seis años entrando y saliendo de los hospitales, y de los últimos seis meses había pasado dos ingresada y otros dos en cama en casa. Los médicos no encontraron el mal que la aquejaba por más pruebas que le hicieran.

―No, de verdad. He podido ir a la facultad y todo.

Don Antonio no creyó a su hija en absoluto, pero no quiso insistir. Aura subió a su habitación y permaneció encerrada en él durante toda la tarde. Cenó algo por no preocupar más a sus padres y volvió a encerrarse en ella. No fue a visitar al olivo, como pensaban que haría. A la mañana siguiente, no bajó a desayunar. Su madre subió a buscarla, pero no estaba. De inmediato salió de la casa y caminó por la alameda que conducía al huerto. La encontró sentada sobre el tocón del olivo, susurrándole palabras con voz dulce al tiempo que acariciaba la áspera superficie de corte surcada por cientos de anillos concéntricos.

―Hija, ¿qué haces aquí? ―preguntó con más alivio que necesidad de una respuesta, pues sólo con verla viva había respirado tranquila.

―Hablo con el Abuelo ―respondió Aura sin levantar los ojos del tocón.

―Ya… ¿Y qué te dice?

Aura interrogó a su madre con la mirada: ‹‹¿de verdad te interesa?››. Era la primera vez que doña Rosel seguía la corriente a su hija en vez de quitarle importancia a lo que decía achacando sus palabras a la inmadurez.

―Comparte conmigo sus recuerdos y sus sentimientos ―respondió al fin―. He estado tumbada sobre su carne de madera con mi cabeza ahí.―Señaló hacia los anillos más pequeños, de los tiempos en que el olivo tenía pocos años―. Me ha hablado de varias personas, hombres y mujeres, que conoció en sus años de juventud, y que murieron en poco tiempo víctimas de una enfermedad. Me ha dicho que olían a muerte poco antes de morir, que tenían mucho miedo porque conocían a otras personas que habían muerto con bultos morados bajo los brazos y en las piernas. Un día, estas personas dejaron de acudir a cuidarlo. Habían fallecido. Yo misma he percibido sus quejidos, el olor a muerte y la salinidad de las lágrimas que derramaron antes de partir.

―Pero, hija, ¿cómo es que… ? Da igual. ¿Tú te encuentras bien?

―Estoy agotada. Tengo… tengo una opresión en el pecho que apenas me deja respirar. Pero estoy bien. Voy a echarme en la cama. Necesito dormir y dejar que estas vivencias que me torturan se disuelvan en el transcurrir del tiempo.

―Por supuesto, hija. Ve a descansar. ¿Llamamos al médico?

―No, no es necesario. Sólo necesito descansar.

Doña Rosel pensó que era necesario que esos tocones desaparecieran de inmediato. Su presencia sólo podía agravar los males de Aura. Su marido debía romper la promesa que le había hecho. Pero don Antonio se negó arguyendo que sería mayor el daño que le harían a su hija impidiéndole despedirse a su manera del olivo que permitiendo que se comunicara con él. Por descontado, tampoco quería faltar a la palabra que le había dado.

―Antonio, ¿está loca nuestra hija? ―preguntó doña Rosel a su marido presa de la desesperanza.

―No lo sé, querida. Quizá no. Lo que nos ha narrado no es otra cosa que el paso de la peste bubónica por estas tierras en el s. XVI. La cuestión es: ¿de verdad le ha transmitido ese conocimiento el olivo o lo ha leído en algún libro? Si de verdad se comunicara con ese árbol, podríamos concluir que es una médium o algo así. No estaría loca. Sería especial. Distinta. Pero no estaría loca. También podríamos concluir que el olivo tiene la menos quinientos años.

―Dios quiera que sea esa la respuesta.

A mediodía la presencia de Aura en el comedor fue brevísima. Pinchó cuatro trozos de pescado y regresó a su cuarto ante la impotencia de sus padres, que no querían empeorar su estado mental haciéndole preguntas. Estaban a sábado, el lunes por la mañana el capataz arrancaría el tocón y se lo llevaría para siempre. Quedaban menos de dos días, tiempo en el que confiaban en que no le ocurriera nada grave a su hija.

Hacia las cuatro de la tarde, Aura bajó las escaleras de la casa sigilosa, pálida e inexpresiva, como un fantasma. Sus padres la observaron desde el salón, pero no la interrumpieron. En vez de ello, la siguieron a cierta distancia. Aura atravesó el huerto y se recostó sobre uno de los tocones con su pecho apoyado en el centro y la cabeza sobre los anillos más recientes. Sus padres se apostaron detrás de unos chopos para espiarla. La joven permaneció recostada el tiempo en que tarda en rezarse un rosario, con los ojos cerrados y respirando profundamente, a juzgar por el movimiento de su pecho. Cuando se incorporó, comenzó a hablar con la madera muerta, acariciando con su mano derecha la superficie, como había hecho esa mañana. Don Antonio y Doña Rosel se marcharon por miedo a que los descubriera espiándola y eso empeorara su salud y su estado de ánimo, ya de por sí preocupantes.

Una hora después, Aura regresó a la casa y subió a su cuarto. Por la noche, en vista de que no quería bajar a cenar, doña Rosel le subió un plato de sopa. La joven estaba escribiendo sobre su escritorio. Apenas miró a su madre. Ésta intentó leer algunas líneas de las que había escrito su hija en su diario, pero la letra le resultó ininteligible. Pasó la noche en vela sufriendo por ella.

A la mañana siguiente Aura acudió a la llamada de don Antonio para que desayunara. Estaba pálida como la escarcha y tenía unas enormes bolsas bajo los ojos. Sus padres se alarmaron y quisieron llevarla a urgencias, pero ella se negó. No pensaba separarse de los despojos del Abuelo.

―Me ha contado más cosas. Un niño murió en esta casa. He escuchado sus risas cuando todavía estaba vivo y los llantos de su familia cuando ya no era más que carne fría. Es el mismo niño que veía de pequeña y que me hablaba. Murió de una enfermedad pulmonar. El Abuelo era capaz de percibir en su aliento que la parca lo buscaba tiempo antes de que lo encontrara. Ocurrió hacia finales del siglo XIX. Era un antepasado nuestro.

Los padres de Aura no supieron qué decir. El rictus de sus rostros encarnaba el horror y la incredulidad que los carcomía.

―Su madre vivió varios años con piedras en su corazón, como las que siento yo ahora. Hasta que murió.

―¿Piedras? ―balbuceó doña Rosel.

―El recuerdo de sus miradas, de sus palabras, de sus besos… Piedras. Había mucho amor en esa familia. Lo siento aquí.―Aura se tocó el pecho con ambas manos―. La muerte del niño dejó un gran vacío a su alrededor.

―Hija, tú no estás bien. Lo que nos cuentas…

―Mamá, estoy como tengo que estar. Ya me conocéis. No he elegido ser como soy. Lo acepto, sin más.

Aura se marchó camino del huerto para regresar junto al muñón de madera que otrora fuera su confidente, su maestro, su amigo y su abuelo. Sus padres convinieron en que le suministrarían un tranquilizante mezclado con la comida para que durmiera el resto del día y no se diera cuenta de que el capataz se iba a llevar los restos del árbol, porque se los había de llevar ese mismo domingo. Sin falta.

―Le diremos que se quedó dormida por culpa de su agotamiento. Así no será consciente de que he faltado a mi palabra ―afirmó don Antonio.

La joven permaneció una hora sobre los restos del olivo. Después volvió a la casa y subió a su dormitorio. En el entretanto, su padre había conseguido que le alquilaran en domingo una retroexcavadora de ruedas ―no en vano era una persona influyente― y enviado al capataz a que la recogiera y la condujera a la casa. A la hora del almuerzo, Aura no bajó al comedor. Sus padres subieron a buscarla y la encontraron durmiendo.

―¿Qué hacemos si se despierta y va al huerto? ―preguntó doña Rosel a su marido.

―Impedírselo con cualquier excusa ―respondió don Antonio, tajante―. Haremos guardia. No debe bajar por las escaleras. La obligaremos a que se quede en cama y a que coma algo. Ten los tranquilizantes a mano.

Así pues, dieron luz verde al capataz y se apostaron a cierta distancia de la puerta, para que en caso de que Aura la abriera, no los encontrara de guardia.

No eran ni las cinco de la tarde cuando el tocón iba camino del vertedero cargado en un remolque enganchado a un tractor. Aura seguía durmiendo. Sus padres hacían guardia en la puerta de su cuarto, y de vez en cuando se asomaban para comprobar que no había despertado. A las siete de la tarde, preocupados, entraron en el dormitorio y se acercaron a la cama. Aura yacía sobre el colchón, destapada e inmóvil y pálida como una estatua de mármol. No respiraba.

Había fallecido al mismo tiempo que los últimos restos de su abuelo eran arrancados de la tierra.

Las últimas líneas del diario de Aura rezaban lo siguiente:

 

Sé que he de morir, pues así me lo ha comunicado el Abuelo. Adiós mamá, adiós papá. Os quiero mucho. Siento causaros tanto dolor, pero nada puedo hacer para evitar mi destino. No lo odiéis, no es culpa suya, sólo ha sido el mensajero de Dios. Os esperaremos en la otra vida.