224. Deméter 2.0
El final de su vida fue así: se fue por la mañana al olivar y no volvió. Pero el principio de su vida fue distinto. Yo, que no era su madre sino su nodriza, le bañaba en el mejor aceite de oliva de nuestros campos. Ese que te dejaba en la boca y en la mano el sabor a manzana, kiwi, almendra, ciprés. Que te dejaba con el habla vegetal. Pues en ese mismo aceite le bañaba a la clara luz del día. Después de darle de comer de mis dos pechos y antes de meterle entre las suaves llamas de los rescoldos. Salió siempre reluciente. Doradito, como el dios que podría ser. Como el inmortal que le podría haber hecho. Claro, cuando me encontraron así, aquel sábado de septiembre, arrodillada delante de las últimas brasas, él ya durmiendo tranquilamente, llenito y satisfecho en mis brazos, a ver lo que pensaban. Yo me imagino: asesina, mala madre, loca. Pero no era así. Era aún madre, madre con una vida para regalar. Me lo quitaron, violentas, de los brazos. No me ha sorprendido saber, estos años después, que volvió. Que se murió entre los olivos: dignos, protectores, afirmadores de la vida.



