217. Expediente X
Tras un aterrizaje forzoso, obligado por los picotazos de las aves del lugar, conseguí ubicarme en las coordenadas que me asignaron en la oficina. A los pajarracos autóctonos no les hizo ninguna gracia que un intruso invadiera su espacio. Los conflictos políticos de la zona y los cazadores del entorno tampoco propiciaron un vuelo apacible.
Allí, cuerpo a tierra sobre un precipicio, sólo acertaba a observar a una muchedumbre que se incrustaba bajo la montaña que me sustentaba, en lo que podría ser una cueva, a unos cincuenta metros por debajo de mi ubicación.
Al principio no entendía que me mandaran a un lugar tan inhóspito, ya que, aunque a tiro de piedra de un pequeño pueblo, estaba en plena sierra. No me cuadraba esa ubicación con la misión que me habían encomendado.
Pero enseguida lo comprendí. Desde mi posición en la montaña, pude observar cómo un escuadrón de soldados registraba todas las casas del pueblo. Por su indumentaria sospeché que se trataba de romanos. Y lo que buscaban no era otra cosa que niños recién nacidos, ya que a alguno de ellos alcancé a ver en manos de los soldados, sin que el desconsuelo de su madre obtuviera resultado alguno.
Pensé en bajar a la cueva, confundirme con la gente y proceder a la inspección y custodia que tenía encomendada, pero hubiera llamado mucho la atención. Y mi jefe fue muy claro: Discreción. Por suerte, pronto los soldados salieron del pueblo sin mayor novedad.
Así que allí me quedé, esperando a que los soldados pusieran tierra por medio. Estaba cansado y tenía la espalda dolorida. Cuando estaba a punto de caer dormido me pareció ver a alguien cerca, entre unos zarzales, que se había dispersado de la avalancha de gente. ¿Para robarme…?
Me acerqué con sigilo para ver cuál podría ser su pretensión. Enseguida me tranquilicé. Al ver su postura y, más convincente todavía, las emanaciones que desprendía, comprendí que se trataba de una emergencia derivada de problemas intestinales cuyo desenlace era obvio.
Me despreocupé y volví a mi posición inicial. Ahora sí, me dejé acunar por las canciones que resonaban desde la cueva. Hablaban de un niño que iba a nacer. «Debe ser el que tengo que custodiar, el objeto de mi misión», pensé, ya sumido en una ligera duermevela.
Y esperando a que tuviera lugar el nacimiento, me dormí recordando cómo me encomendaron la misión.
En la oficina. Un par de días antes…
—Eh, Cus, sube al despacho del jefe. Rápido, está un poco nervioso. Tiene una misión para ti. Creo que el asunto es bastante mediático.
La orden del encargado, en términos bastante apremiantes para mi gusto, me abstrae de mis labores de custodia cotidianas y me sugiere, por mi bien, que suba inmediatamente a ver qué brillante idea se le ha ocurrido hoy al jefazo.
—Hola jefe, soy Cus —aviso desde detrás de la puerta, algo temeroso, pero también muy respetuoso por si le interrumpo en algo importante. Últimamente le caen unos buenos marrones.
—Pase Cus, entre, por favor —responde mi jefe, muy atento. Entro, me ofrece asiento y me cuenta, directo al grano. Y sí, parece un poco nervioso.
—Tengo una misión importantísima para usted. Tiene que custodiar a un neonato y a sus padres en una cueva. Es un proceso que anunció Gabi hace unos meses. Tuvo mucha trascendencia. ¿Lo recuerda?
—Sí, creo recordar que empezó en extrañas circunstancias. Pero… si lo inició Gabi, ¿no sería más lógico que lo hiciera él? No sé, él tendrá más datos, antecedentes, etc.… Lo vivió en directo.
—No, Cus, irá usted. —Mi jefe no se deja convencer—. Cada uno tiene su especialidad. Gabi es un fenómeno como pregonero, pero luego se dispersa, procrastina mucho. No, el caso es para usted, sin duda. Es más constante. Y muy buen guardián. Quiero una crónica diaria con pelos y señales. Llévese las palomas por si necesita algo. Baje a su despacho y le pasarán el expediente con las coordenadas del lugar y los objetivos. Tiene un par de días para preparar el viaje y la logística.
—Ah, y sea discreto —me advierte levantándose de su sillón y poniéndome una mano sobre el hombro, muy serio—. Se trata de un Expediente X. Que no le ocurra como a aquel compañero que cayó en el abismo. Ahora no para de causar quebrantos y dolores de cabeza. Bueno, seguro que se sabe la historia de esa traición…
—No, tranquilo, jefe, me comportaré. No haré como aquel disidente.
Así que bajo a mi despacho y lo que me encuentro encima de la mesa es un libro de un palmo de gordo con unas iniciales en la portada y la palabra «Profecías».
Con sólo dos días para estudiarlo, decido que será conveniente consultar a Gabi para que me ponga en antecedentes y que me haga un resumen. Seguro que en esa especie de testamento hay más paja que grano.
Pero las noticias vuelan. No hace falta que vaya a buscar a Gabi.
—¡Vaya papelón que te ha tocado…! —me suelta Gabi, con sorna, viniendo hacia mi mesa tras deshacerse de un cliente al que estaba anunciando algo.
—Sí, vaya, me has venido como anillo a la cabeza. Esta me la han endosado a mí. Cuéntame, anda, ¿cómo te fue con aquel anuncio?
—“Ufff”, no te lo vas a creer. Fue “superembarazoso”, sobre todo para ella. Jaja…
—¿Quién es ella? —le pregunto, haciendo caso omiso a su chiste fácil. Bastante tenía con recopilar información.
—Mari, se llamaba. Pues resulta que tenía que anunciarle que estaba encinta. Pero no te lo pierdas… ¡Era virgen! Yo no sabía cómo decírselo. ¡Ah, y no estaban ni casados! Imagínate lo que diría el carpintero.
—¿Carpintero? —pregunté, intrigado.
—Sí, su prometido, José. Menos mal que no estaba allí cuando hice el anuncio. Pero sí que estaba su prima Isa. Al principio no se lo creían. ¡Vaya caras ponían las dos! Tuve que insistir, y para dulcificarlo un poco se lo solté así, poéticamente, como una metáfora. El jefe me pasó una chuleta con versos por si me veía apurado. Luego, tan consternadas las vi, que tuve que decirle a su prima Isa que también ella esperaba otro retoño, para que no le resultara a Mari tan raro su embarazo y pudieran compartir la alegría mutuamente.
—¿Y qué pasó luego? ¿Lo asumieron bien? ¿No viste al carpintero?
—No, no lo vi. Menos mal. ¡Vaya papeleta! No sé, Cus, yo no quise saber nada. En cuanto di la noticia salí volando, nunca mejor dicho.
Me fui a casa a estudiarme el expediente. Estaba lleno de escrituras de profetas sobre el advenimiento de alguien. ¿Sería mi protegido? Supongo que sí, porque también mencionaban a mi colega Gabi y la complicada misión que le fue encomendada.
Esa noche me quedé dormido poniéndome al día con las profecías. Y al día siguiente, tras cepillarme mis mejores alas, me desplacé hasta aquí, el destino de mi misión.
En la montaña. Vuelta al fragor de la misión…
Al cabo, unas campanas perturbaron mi sueño. No fue una, ni dos, fueron varias, una campana sobre otra, y vuelta a empezar. Y entre ellas, se escuchaba a incansables pastores entonando cánticos. Uno de ellos, al ser interpelado sobre el lugar al que se dirigía, respondió que iba al portal, a llevar requesón, manteca y vino. «Esto se pone interesante», pensé. A alguien, no obstante, le pareció que las existencias de vino no eran suficientes, ya que solicitó con cierta premura a María que sacara ya de una vez la bota, ya que tenía la intención de emborracharse. Así, directamente, sin tapujos.
Y entre esta bacanal vinícola (cuando vea a Baco por ahí arriba ya le contaré que su producto está triunfando por estos lares…), otros mencionaban a un “chiquirriquitín” metidito entre pajas. Pero no sólo eso, sino que también interpelaban al pequeño preguntándole por sus progenitores, que de quien era, decían. Esto último me alarmó un poco, sobre todo porque también respondían a esa pregunta, y tal veredicto no incluía al carpintero y sí a una especie de espíritu.
«O sea, que algo saben sobre el tema. Además, debe haber nacido ya mi protegido. Todos ahí, armando la Marimorena, pasándoselo en grande, y yo aquí, durmiendo…», pensé, algo azorado.
Entre los acordes, también aludían al pan con aceite y azúcar, mención que me recordó un comentario de Gabi cuando me contó su famoso anuncio, y que me confirmó el conocido refrán “ Aceituna, una por San Juan y ciento en Navidad”. Este nuevo condumio acentuó, más si cabe, mi apetito, que andaba ya por las nubes, cerca de mi oficina.
Algunas voces añadieron a los exquisitos manjares la existencia de objetos de oro y plata fina. No me pareció conveniente que los pastores airearan la posible existencia de joyas en la cueva, más que nada por la posible presencia de ladrones aprovechando la coyuntura. Así que, entre esta imprudencia y la mención las vituallas que frecuentaban la cueva, creí oportuno, ahora sí, acceder al lugar. Prescindí de bajar volando ya que llamaría un poco la atención. Bajé por la ladera, con mucho sigilo.
A medio camino me encontré de nuevo al hombre que poco antes entreví mientras realizaba sus tareas fisiológicas. Ahora procedía otra vez al mismo quehacer. Lo saludé por cortesía, pero ni me contestó de tan concentrado que se hallaba en sus menesteres.
«Vaya mal cuerpo debe tener este señor. El requesón, la manteca, el aceite o el vino están haciendo estragos…» —sospeché para mis adentros alejándome con presteza de la zona afectada ambientalmente.
Llegué por fin a la cueva y entre el gentío conseguí colarme dentro y esconderme tras un pequeño cobertizo sin ser visto. Al menos esa impresión me dio, porque, aunque los pastorcillos cantaban sobre ángeles que tocan campanas y traen buenas nuevas, me pareció que se referían a mi colega Gabi, de cuando lo del anuncio.
Desde mi posición, discretamente, pude observar la cueva y sus habitantes. La verdad es que las condiciones de salubridad no eran muy apropiadas para un recién nacido. No obstante, al niño se le veía feliz con tantas visitas y ofrendas de la concurrencia que se aglutinaba a la entrada de la cueva. Se encontraba en un pesebre, a la vista de los visitantes, que le cantaban como si no hubiese un mañana. Detecté, por las veces que lo repetían, que su nombre no podía ser otro que Jesús.
También desde mi escondite pude observar a Mari, la madre, que se la veía también muy feliz con las viandas con que les agasajaba el personal. También la nombraban mucho las tonadillas llamándola Virgen María, por lo que pude confirmar mis sospechas iniciales: ¡ya tenían noticias sobre lo extraño de su embarazo! A su lado estaba el carpintero, que no parecía tan gozoso. Escéptico, diría yo.
Alrededor de la familia rondaban un buey y una mula, ambas bestias objeto también de los alegres cantos pastoriles. Pensé que su presencia en la cueva podría ser la ambientación del lugar con el agradable calorcillo que desprendían. Calor que, no obstante, venía acompañado por cierto tufillo que no resultaba tan grato.
Al cabo, ya entrada la noche, y con mis protegidos cansados de tanto trajín, advirtió José a la chusma que ya estaba bien por hoy; que mañana, si eso, más y mejor. Los pastores se marcharon por donde vinieron entonando un nuevo son que auguraba una noche de paz, incluso de amor.
Así que la familia se acomodó como pudo entre la paja de la cueva. Yo hice lo mismo muy cerca, en mi pequeño escondrijo, intentando ser lo más sigiloso posible en mis “dormires”.
No obstante, me acosté escuchando esa cancioncilla, que también hablaba de una estrella que brillaba anunciando al niño Jesús. Y tanto repetían su brillantez, que no pude resistir la tentación de levantarme para verla. Fue entonces cuando Mari descubrió que había un intruso en su cueva. Me pilló “infraganti” …
Suerte que fue ella la que me vio. Si llega a ser José, que dormía plácidamente, seguro que me da una buena zurra, ya que desde el anuncio de Gabi no nos soporta.
Tras el susto inicial al verme, Mari me confundió con mi colega Gabi. Se tranquilizó al comprobar que mi misión no era hostil, sino todo lo contrario, y que mi pretensión no era realizar más anuncios escandalosos. Me dejó quedarme en la cueva de momento. Que mañana le explicaría mi presencia a José. Que es muy comprensivo, decía. «En esto último creo que va a tener razón», pensé, asintiendo levemente a Mari.
Así que allí me quedé unos días, muy bien acogido (sí, también por José) y mejor alimentado gracias a las vituallas que rebosaban la cueva por las ofrendas del personal.
Y pasaron los días. La estrella anunciada en los cánticos se veía más cerca cada día. Los romanos no volvieron a aparecer. El del vientre suelto seguía rondando por las inmediaciones («¡debería visitar a un curandero, ya!», pensé, preocupado). Y los pastorcillos seguían cantando como posesos. Incluso llegaron gentes de lugares remotos.
Entre estas gentes, acudieron tres monarcas con cierta fama de nigromantes, cuyos regalos me resultaron algo sospechosos. Me pareció que los tres pequeños cofres que ofrecían al niño desprendían ciertos efluvios asimilables a sustancias estupefacientes. Mi recelo se disparó cuando escuché a José comentar que con ellos venían unos camellos.
Menos mal que cuando iba a reprobar a aquellas gentes tan elegantemente vestidas, observé cómo Jose se disponía a guardar uno de los cofres como oro en paño, ya que ese era su contenido. Y luego abrió los otros dos con gran regocijo, depositándolos junto a las dos bestias que ambientaban la cueva, sin duda para minimizar la pestilencia que exudaban, que buena falta hacía.
Así que me relajé. Felicité a Pepe (ya había confianza…) por su buena idea y saludé afectuosamente a sus generosas y mágicas majestades. Mari me hizo un guiño cómplice al ver lo bien que cuidaba de ellos y también por limar asperezas con su marido.
Luego me invitó a que acudiera todos los años a su humilde morada para conmemorar tan renombrado acontecimiento.
Y así, sin más, hasta hoy. Si mi custodia queréis, en vuestras casas me veréis.



