220. Somos el tiempo que nos queda
Hay frutos que caen lejos del árbol, incluso en otros planetas. Esa es la historia verdadera de la llegada del olivo a nuestras tierras, a nuestra Tierra, a este tercer planeta. Una crónica que por generaciones envolvimos en mitos hasta que su verdad esencial, su fragante, se nos fue perdiendo entre tantos pliegues.
Atenea y Poseidón no eran dioses que competían para dar su nombre a una ciudad, ni siquiera eran figuras bajadas del Olimpo que intentaran maravillarnos o atemorizarnos. Ellos eran solo una pareja agonizante después de que su nave tuviera un terrible accidente y los restos de aquel artefacto para travesías interestelares quedaran esparcidos en lo que hoy llamamos la península del Ática.
El rescate de esa memoria que la mitología nubló se lo debemos a un alarife que reparaba las paredes de la Biblioteca de las Escuelas Pías en Madrid. Ahí, olvidado en un nicho tapiado hace siglos, estaba el manuscrito con versículos fragmentados que resistieron el paso de la historia, tal y como el olivo resiste al tiempo.
Los primeros textos que se lograron descifrar de entre aquel puñado de restos de piel y tinta parecían decir lo que abajo se transcribe. Ese fue el consenso de los expertos antes de que decidieran que era mejor decretar que el material era apócrifo, porque frecuentemente creer en la mitología es más simple que asumir las complejidades de la realidad histórica:
Versículo IV (fragmentos)
En el lugar de su caída, la tierra se agitó y las rocas lloraron sal… Poseidón, en su agonía y desesperación, golpeó el suelo con su cetro, que era de un metal … frío como el vacío entre… estrellas. De cada golpe surgían manantiales, que parecían milagros… no eran sino las lágrimas de un dios caído… Atenea, cuya piel brillaba con el lustre de… entendía que su cuerpo estaba… de forma irreparable… su espíritu permanecía intacto… buscaba en el suelo calcinado un retoño del olivo que… lo que había sido el corazón de su navío…
Los interesados en la historia de nuestro primer olivo no pudieron tener acceso a más versículos. Lo único que algunos conocieron fueron los apuntes personales que un paleógrafo tomó antes de que la investigación fuera suspendida y el manuscrito fuera confiscado como secreto de Estado.
Este es el sumario de esas notas tomadas con toda prisa, tratando de ensamblar de memoria y al aire las piezas de un rompecabezas que intentaban ocultar con urgencia:
… Fierros torcidos, contenedores metálicos abollados, restos humeantes, y ellos dos, enormes, tres o cuatro veces nuestra talla, todavía sujetos a sus asientos era lo que ocupaba el paisaje. Él lloraba con furia y trataba de alcanzar el arma que yacía en el suelo para poner un alto inmediato a la agonía. Sin embargo, por más que Poseidón estiraba el brazo desgarrado, este no llegaba hasta aquella mortal herramienta. Ella, mucho más sabia, quería irse sin arrebatos, haciendo las paces con lo vivido. Quería despedirse y dejar un adiós. Atenea recorría con la mirada el desastre que la rodeaba y, para su consuelo, encontró entre aquellos restos el contenedor que protegía su más grande tesoro, parecía intacto, y solo una idea ocupó su mente. “Somos el tiempo que nos queda”, pensó ella, una y otra vez. “Somos el tiempo que nos queda” rezaba como mantra para soportar el dolor, para resistir unas horas más antes de inevitablemente concluir su ciclo.
A lo lejos se veían a los primeros humanos, los primeros de nosotros, acercarse al lugar donde aquel relámpago había tocado el suelo. Los encabezaba una joven chamana a la que llamaban Enheduanna. Se acercaban con una precaución que no lograba poner un alto a su curiosidad. Llegaron al lado de Atenea y Poseidón y casi instintivamente se postraron en adoración por unos segundos. No se necesitaba más inteligencia que la humana, ni más educación que la vida diaria en aquel pasado prehistórico, para darse cuenta de que los colosos estaban heridos y necesitaban ayuda. Se acercaron con agua y buscaron en sus bolsos hierbas y los mejores amuletos. Enviaron a unos cuantos de regreso al campamento a traer pieles y alimento.
Él y ella sabían que sus heridas eran mortales y en ese primitivo momento de nuestro planeta no había magia o conjuro que la joven curandera o su tribu pudieran invocar para salvarlos. Los que se acercaron a Poseidón llevaron la peor parte, pues aún parcialmente atado los golpeó con manotazos de niño hundido en la furia de una cruel realidad que se negaba a aceptar. Los nuestros no se ofendieron, creían que algo hacían mal y se acercaron de nuevo ahora sobre sus rodillas y él no hacía sino seguirse sacudiendo sobre un asiento averiado que se negaba a liberarlo. Gritaba y se agitaba buscando golpear algo, lo que fuera.
Su mirada rabiosa se clavaba en el arma a unos metros fuera de su alcance y alguien tuvo la imprudencia de acercarla a sus manos en un intento de agradar a aquel ser caído del cielo. Poseidón tomó el artefacto y vio que tenía extensos golpes y daños y al activarlo no hizo sino disparar erráticamente rayos de energía en todas direcciones. Estando tan cerca de la costa cada penetración en la piedra hizo brotar agua hirviendo desde el manto friático y pronto una decena de pequeños manantiales rodeaban al gigante agonizante. Esos eventos en el umbral de nuestra civilización no podían sino confirmar la divinidad de aquellos seres. Así, entre fuentes creadas por su propia arma y una congregación entera arrodillada ante él, un hilillo de sangre apareció en los labios de Poseidón y poco a poco se fue quedando quieto, deslizándose hacia un sueño impostergable.
Enheduanna, que apenas necesitó de una fracción de segundo para identificar en Atenea a otra mujer, se acercó desde un inicio a su hermana sideral. Aquella gigante que había visto el inútil desaguisado creado por Poseidón, se quedó quieta, serena, invitando a la chamana a acercarse con la expresión más amable que pudo dibujar en el rostro y moviendo lentamente los dedos de la mano.
Enheduanna tomó una cantimplora de piel y la llevó a los labios de la viajera. Atenea bebió unos sorbos y sintió que una renovada claridad mental regresaba a ella. La curandera empezó a liberarla como podía de los cinturones de seguridad arruinados que ahora eran una telaraña que inmovilizaba a la exploradora. Atenea logró zafar uno de sus brazos y lentamente lo elevó hacia el rostro de Enheduanna, procurando no asustarla y luego, con la palma de la mano, tocó la frente de la improvisada rescatista.
Versículo XII (fragmentos)
Y entonces Enheduana conoció el acebuche en su mente… vio una fuente mágica de la que brotaba todo… comida, fuego, medicina, ritos… escuchó el sonido de una palabra que no conocía, pero sentía entender… Civilización. Se apartó de las manos de la diosa… no podía caber tanto en su cabeza…
Enheduana estaba aturdida, había visto ciudades con arquitectura de casería que nacían de un árbol y ella jamás había visto algo más que campamentos paleolíticos. Vio onearias, pesados barcos mercantes hechos de cientos de troncos, cuando ella solo había visto árboles rotos que flotaban en el río. Vio ánforas de cerámica cuando ella apenas conocía el barro que atrapaba piernas y manos, y observó que almacenaban un líquido dorado que salía de frutos diminutos con el que se iluminaba a pueblos enteros y la palabra “lampante” venía a su lengua. Sentía haber recibido un estremecedor pero irresistible shock y buscó de nueva cuenta la mano de Atenea, quien abría los labios pidiendo más agua y empezaba a sangrar por la nariz.
La diosa liberada de todas las ataduras que la sujetaban a aquel destrozado asiento de piloto ahora podía mover el torso, pero sus piernas no respondían. Atenea permitió que Enheduana se acercara más y ahora colocó la punta de sus dedos en la nuca de aquella joven. La chamana vio sin ver y entendió sin que le explicaran sobre el onfacino y sus propiedades médicas y recibió en su memoria el recuerdo sobre cómo construir una almazara. Los ojos de Enheduanna palpitaban con la luz de una tormenta eléctrica en el interior de sus neuronas. Atenea se desvaneció y aquel flujo se desvaneció.
La chamana pidió que le acercaran agua, frutas, comida y abrigadoras pieles para aquella gigante que apenas respiraba. En el horizonte aparecían negros nubarrones. El grupo de improvisados rescatistas se acercó a Poseidón y confirmó que ya no se movía, el aire ya no entraba ni salía de su cuerpo y ningún ruido se escuchaba en su pecho. Cortaron los cinturones de seguridad del viajero, pero no se arriesgaron a moverlo, quedó así, sentado en el trono de lo que había sido el centro de navegación de su embarcación celestial.
Las primeras gotas de lluvia hicieron que Atenea recobrara la conciencia. Enheduanna se apuró a llevarle agua y ofrecerle alimento, al tiempo que tomaba una de aquellas gigantescas manos y la colocaba sobre su cabeza, buscando construir nuevas memorias de cosas que no sabía que existían. Esta vez Atenea retiró la mano y con sus débiles dedos señaló un grupo de contenedores maltratados que estaban a unas decenas de metros de donde ella yacía, entre humo y artefactos destrozados. La chamana comprendió que ella quería algo de entre aquel montón de cosas que se apilaban en el terreno. Organizó un grupo para acarrear lo que ella creía que la gigante señalaba. Fallaron una, dos y tres veces al seleccionar el objeto, pero al cuarto intento tomaron el contenedor que hizo sonreír a Atenea.
La colosal mujer tenía prisa, pues su tiempo se le iba y con señas pidió que le acercaran aquella caja metálica a su regazo. Con el contenedor en sus manos, ella hundió sus dedos en unos resquicios luminosos y aquella blanca y metálica caja se abrió como una flor se abre al Sol. Ahí estaba, pequeño y vigoroso, un joven olivo -lo que cualquier andaluz hubiera llamado un garrote- con una bagá aquí y otra allá, como las más bellas y diminutas flores blancas que Enheduanna jamás había visto. Un pequeño árbol sembrado en tierra de balance perfecto entre arena, limo y arcilla, con una zapata robusta, mostrando la salud de sus raíces.
Atenea dejó el contenedor abierto y con delicadeza lo pasó a Enheduanna y sus compañeros, quienes con sumo cuidado lo depositaron en el suelo. Todos entendieron que estaban recibiendo un regalo proveniente del cielo y manipulaban aquella singular planta con el mayor de los cuidados. Adivinaban su importancia y temían por su fragilidad.
La gigante hizo una seña para que Enheduanna se acercara nuevamente. Tocó su frente y la joven vio ahora un abollá, ese olivo cargado de semillas que traerían prosperidad; aprendió también en esa descarga directa a su cerebro sobre el acodo, para multiplicar su regalo en millones de árboles; comprendió en centésimas de segundo los efectos del ramón y una buena poda del olivar; su mente absorbió lo necesario para saber cómo amorillar y supo del avareo y del ordeño para que el olivo tenga tierra y se pueda cosechar la aceituna como es correcto. Entendió además de las entrecamas y el gradeo a través de las huellas digitales que Atenea grababa en su cabeza.
Enheduanna sonrió sin saber por qué sonreía cuando la mano de la viajera descargó en ella la imagen de los chirris, esos jovencitos que a todo están dispuestos y se puso seria cuando aprendió sobre la idea del manijero y las cuadrillas de trabajo que contrata. Atenea apretó la frente de Enheduanna un poco más y la curandera experimentó por primera vez el retrogusto, esas sensaciones en la nariz y la boca, y supo de manera virtual, como memoria tatuada, lo que era catar el oro líquido que aquel árbol crearía. Se regocijó con la alcachofa del buen aceite y casi vomitó cuando su cerebro reprodujo la sensación del capacho, ese sabor a aceituna podrida en el líquido. Atenea apretó todavía más y Enheduanna imaginó las Panateneas y las Lupercanas, fiestas, comunidades y religiones unidas por el olivo y sus ritos.
Las imágenes se hicieron frenéticas y la chamana vio el espejismo de imperios que nacían de las ramas, de ejércitos enormes que se limpiaban la piel con aquel óleo, leyó -sin saber ni siquiera lo que eran las letras- las comedias y tratados que se escribían a la luz de un aceitero ardiendo, vio guerras, creaciones sublimes, viajes a las estrellas, todo fluyendo de aquel acebuche que esa mujer colosal les había regalado. De pronto las imágenes cesaron.
Atenea se desvanecía. La chamana no adivinaba cómo decir gracias y solo atinó a tocarse el pecho y decir “Enheduanna, Enheduanna.” La gigante sonrió y con un dedo señaló a su compañero caído y dijo “Poseidón”, luego se señaló a sí misma y dijo “Atenea.” Repitió “Atenea… Atenea” y se tocó la propia frente como rogando a la joven Enheduanna que no la olvidaran. La viajera empezó después a murmurar muy bajo algo que nadie entendía pero que era de nuevo ese “somos el tiempo que nos queda, somos el tiempo que nos queda, somos…” y después ya no dijo nada.
Enheduanna bajó con tristeza los párpados de aquellos ojos enormes que quedaron abiertos y vio con esperanza unos labios que se petrificaron sonriendo. Organizó a su tribu para construir un techo que protegiera a los caídos del cielo que ya no se movían más. Tomaron los enormes tubos verticales de lo que no sabían eran los motores de la embarcación siniestrada y los usaron como columnas para colocar sobre ellos las piezas triangulares de lo que habían sido los alerones principales de la nave. Ahí estaban dos gigantes en sus tronos, bajo un enorme techo angulado sostenido por columnas de un metal blanco. Esa fue la primera versión de un recinto que desde siempre ha invocado lo sagrado y cuya estética todavía adorna casi todas las capitales de nuestra civilización.
Los años pasaron, las décadas y los siglos se acumularon y aquella tarde trágica transmutó en un concurso de dioses invencibles buscando satisfacer su vanidad. Preferíamos ver a nuestros benefactores invictos y soberbios antes que caídos y con ello tener que recordar que en su momento no los pudimos salvar.
La prensa de nuestro molino de la historia, de nuestra almazara civilizatoria, ha machacado tanto aquel suceso que solo se ha preservado su esencia más frágil, su flavor: el olivo no es de esta tierra, fue un regalo que llegó del cielo. Eso sí, hoy como nunca el mundo -como el aceite de oliva- se mide y dimensiona en arrobas y sin ell@s es imposible encontrar nada. Atenea estaría orgullosa y Enheduanna lo recordaría sin haberlo vivido. Seguimos siendo el tiempo que nos queda y al olivo y los manuscritos que nos cuentan las historias verdaderas que nunca fueron, siempre les quedará tiempo.



