208. Lágrimas de aceite
Un murmullo silencioso se extiende de hoja en hoja despertando a los árboles dormidos —Manuel está enfermo—. Saben que está solo.
Al amanecer verdes y jóvenes aceitunas corren preocupadas por los pasillos vacíos. Los envejecidos olivos las acompañan, torpes, las raíces enredadas en puertas, escaleras y camas, desconcertando a unas enfermeras que apenas pueden caminar entre sus claras.
Los recibe la muerte que espera tranquila. Les muestra el camino, habitación 407.
Manuel despierta, a los pies de su cama los agotados troncos, sobre su cama descansan haraperas dobladas por la buena cosecha. Las aceitunas acurrucadas, junto a él, entre las sábanas. Ya no está solo.
Las enfermeras, conmovidas, se acostumbran a ver sus figuras calmadas y sabias en los pasillos, al brillo plateado de sus hojas en las noches de guardia, al frío rocío de la mañana. Los olivos las siguen perennes, ayudándolas sosteniendo doloridos cuerpos, alejando soledades con su verde y esperanzadora presencia.
Junto al ataúd de Manuel solo sus olivos, sobre su corazón una rama repleta de negras aceitunas que lloran lágrimas doradas, lágrimas de aceite.
Tras la pared del cementerio sus hijos, ambiciosos, caminando desesperados por la tierra baldía buscando unos olivos que, no saben, jamás regresarán.



