210. Una laguna verde en mitad de la nada
Nada. Una laguna en mitad de la nada. Un aroma que se infiltra, un minuto silencioso que devuelve la cordura, la racionalidad, el recuerdo metido en las venas, vagando dulcemente por los recónditos vericuetos de una existencia que parece desaparecer y, sin embargo, resurge un segundo, en un ápice descuidado de una vida que amenaza con desaparecer y, a pesar de todo, quiere, reclama, exige, a pesar de todo, a pesar del tiempo, a pesar de lo indiscutible que es el adiós de los que han estado y se van… de los que nos han hecho ser lo que somos, y se van… de los que han luchado por dejarnos un legado, y se van… de esas raíces que se agarraron a la tierra y absorbieron el agua metida en lo más profundo, de las manos que arañaron esa misma tierra, que labraron, cultivaron, cuidaron, mimaron y se arrodillaron ante las diosas, ante ellas, ante las olivas o los olivos, sin género, sin filtros, sin matices. Árboles ancestrales agarrados a nuestra tierra, dando vida a la vida, dando sustento a los que los cuidan, dando amor a la propia vida. Y ahí están las criaturas, a su lado, sudando, acartonadas sus camisas cuando el sol atenaza sin piedad la campiña, temblando de frío en invierno, con cándalos que hielan los huesos y leña quemando en la hoguera, esperando el regreso, añorando los sueños de amantes secretos.
Y todo se va en un instante. Y llega la nada. El cuerpo se cansa, ya no corremos por los campos, ya no hay margaritas en los caminos que nos reclaman, ya todos se fueron del nido que con tanto mimo cuidamos, y no nos queda nada. Retoños amados que el tiempo quema cuando la vida se acaba, hogueras perdidas en la mente que ahora se debate en sus propias llamas. Triste. Perdido aliento de una vida. Peinan las canas, cuerpo curvado, piel que busca los huesos, huesos que se hunden en su almohada. ¡Ay si yo pudiera volver…! ¡Ay si esta vida comenzara…!
Pero me he perdido en el tiempo y ya no sé quién soy, ya no sé nada.
¿Quién son esos intrusos que vienen a buscarme alterando mi calma? ¿Cómo osan decir que yo soy algo suyo, si yo no los conozco de nada?
Un regalo. Hoy me han traído un regalo. Esas personas extrañas han venido y me han dejado algo.
Cojo el regalo en las manos, los miro a la cara, su dulce sonrisa me agrada y de repente veo cómo una lágrima surca su cara.
Quieren abrazarme, me asusto y de un golpe la botella cae al suelo.
Ya está. Que se vayan todos, que me dejen sola, quiero dormir, quiero descansar, que nadie me moleste por favor.
Cierro los ojos. Estoy muy nerviosa. Respiro hondo. Respiro hondo… cierro los ojos… respiro hondo… ese aroma… aspiro y me recreo en él.
Chorreaba mi madre la aceitera sobre el pan y hoyo y yo corría a buscar mi merienda interrumpiendo mis horas doradas en mitad de la tarde. La Tostada, en la mañana, dorada al lado de la hoguera, como el pico de la perdiz, decía mi abuela, y luego bañada de aceite, como un barco, al lado de mi padre. Y desahumado en la sartén, y derramado en el gazpacho. Ese aroma me devuelve la cordura, me recuerda mi infancia, me devuelve a los campos de olivos, a los días de recogida de aceituna, a los mantones extendidos como faldas bajo los troncones, a las limpias de madera por donde corren los frutos entre hojas y cogollos, entre tierra y piedras, a las espuertas que se mueven transportando la aceituna a los sacos que rezuman ese aroma, ese olor que se impregna en la piel y se mete en los sentidos por el resto de la vida.
Y los veo a ellos, los recuerdo, veo a mis padres trajinar, los recuerdo muy bien, ellos siguen vivos. Qué ironía, no sé quién soy, no sé nada de mi vida, me siento desaparecer por instantes y, sin embargo, ellos siguen vivos. Quiero tocarlos, quiero abrazarlos, quiero decirles que los he echado mucho de menos y, al acercarme a ellos, se esfuman, se escapan, parecen figuras de humo que se disuelven cuando voy a tocarlas.
Grito y grito su nombre, alguien me abraza y le pregunto:
—¿Eres tú, mamá?
—Claro mi vida, soy yo, ya estoy a tu lado, tranquila.
Más sosegada me meto en sus brazos y ella me mece, me acuna y me canta. Me siento una niña de nuevo, pero algo me extraña: el frasco de aceite que recogí del suelo lo tengo en las manos, no quiero soltarlo, es mi regalo, pero chorrea por mi piel, la encera, la engrasa, toco con mis dedos y miro mis manos. No son estas las manos de una niña, por eso miro a la persona que me abraza, ella no es mi madre, y me vuelvo a asustar, pero me dice con voz taimada:
—Soy tu hija, mamá, ¿no me recuerdas? Soy tu niña, mamá, mírame a la cara.
La miro. La miro y la veo como llora, como sufre esta ausencia de mi mente que la tiene tan preocupada.
—Claro, eres mi hija, mi niña del alma, ¿cómo no lo voy a saber, si saliste de mis entrañas?
De repente al escuchar mis palabras veo como se mete el sol en sus ojos, como el cielo se derrama ante ella, como su piel se alisa y los músculos se destensan, como su sonrisa bebe las lágrimas derramadas, y me besa y la beso, y me toca y la toco.
—Estás aquí de nuevo, no te vayas más mamá, te necesitamos.
—No hija, no me pienso ir, vámonos a casa. ¿Y tu padre, y tus hermanos? ¡Tengo tantas ganas de verlos!
—Están aquí, mamá, estamos todos contigo, esta es ahora nuestra casa.
Me suelto de su abrazo y los veo correr hacia mí, ay mis niñas, ay mis niños… me acerco al oído de mi marido y le digo:
—Míralos, cómo han crecido, ¿recuerdas cuando dormíamos todos en la cama? ¡Qué tiempos aquellos!, cuántos momentos buenos, cuánto trabajo y desvelos. Pero míralos, todo mereció la pena.
Me besa las manos y con el aceite que queda aún en mi piel se le pintan los labios, y lo beso, como tantas veces lo he besado.
El sabor de la tierra, del aceite, del olivo, está ahora en mi boca después de ser relamido de mis labios con la lengua.
He recorrido un largo camino hasta llegar aquí. Mi vida ha sido bonita porque yo la he pintado de colores, la he dibujado por más que a veces se empeñara en desdibujarse y me he reinventado para sobrevivir en los momentos malos. Pero he reído y he soñado, he amado y me han amado en todas las extensiones que el amor puede tener, he aprendido a perdonar sin importarme que alguien a mí no me perdonara, pero he intentado fabricar momentos de felicidad a pesar de que a veces me ahogaran las lágrimas. No me arrepiento de nada, una vez me dijo mi madre que no temía a la muerte, no tenía miedo porque ella siempre hizo el bien y no debía nada a nadie, por lo que la paz la esperaba. Yo tampoco temo a la muerte, pero siempre me ha dado miedo dejar de vivir cuando la muerte aún no ha llegado. Ahora busco en esta nube donde mi mente flota desvariada momentos de cordura, como este, para hacer lo que más me ha gustado siempre: escribir. Mi familia está sufriendo mi enfermedad tanto o más que yo, pero no soy consciente la mayor parte del tiempo porque mi mente se ausenta. Sin embargo, a partir de un día que me trajeron como regalo una botellita de aceite de oliva y su aroma entró en mis sentidos, encontré momentos de lucidez como este. No siempre, pero sí a veces. Por eso desde ese día, su regalo es verde, una joya líquida de color verde aceituna. La joya más bonita que me pueden regalar, porque me devuelve un momento de vida, de recuerdos, de añoranzas. Un momento… que importante es un momento cuando los momentos se acaban.
Empieza a dolerme de nuevo la cabeza, sé que pronto volveré a mi nube y no sé cuándo regresaré de nuevo. Por eso quiero escribir esto, porque quiero decir a mi familia, a mi marido, a mis hijos, a mis nietos y amigos, que los quiero. Que daría la vida por ellos si pudiera, que no quiero que sufran, que se envuelvan en los recuerdos como bálsamo que cura la pena, que vivan y que sean felices y que no se enfaden conmigo cuando yo ya no soy yo. Que sigan trayendo aceite de oliva, y que cuando vean los campos de olivos, cuando el aroma de ese aceite y esos campos entren en sus sentidos, los aspiren con fuerza y los guarden dentro para recordar nuestra vida y, que nunca, nunca jamás se nos olvide.
Me comerá la tierra, ya lo sé. Me comerá el Alzheimer, ya lo sé, de hecho, sé que por más que me duela, no sé quién soy, pero la tierra me respeta. Porque por mis venas correrá el aceite de oliva; verde, flotando sobre mi sangre; roja, como si fuera una ola que nadie puede frenar, como fuera el volar de una mariposa. Me comerá la tierra, sí, ella me dio a lo más grande de mi vida: mis hijos, pero yo le daré vida con el verde aceite flotando en mi sangre roja.



