212. Herencia

Daniel Felipe Velandia Gaitán

 

No recuerdo muy bien a mi padre, solo una barba negra y una sonrisa amable. Murió en Platea, en rescate de los tegeos, punzado por los dardos del Persa. En el teatro han mencionado su nombre un par de veces y los mayores me han mirado. Sus ojos llenos de nostalgia reconocen que yo también he dado mucho por Atenas.

 

Repelido el Rey de Reyes, al volver a las ruinas de la ciudad, mi madre plantó de nuevo los olivos en nuestra huerta.

 

– Habrá paz y tú recibirás los frutos. – dijo.

 

Hoy trabajamos en la prensa con mi hijo, que ya empieza a mostrar quién será de mayor. Nunca jalará las barbas de su abuelo, ni conocerá sus historias y su risa, pero queda este aceite, que es su sangre transmutada en dorado. El calor de la tarde libre y la paz son su herencia.