213. El olivo de la suerte

Aike Romero

 

Sergio había oído muchas historias sobre el viejo olivo en las afueras del pueblo. Decían que si le dabas un pequeño frasco de aceite de oliva, te concedía un deseo. Pero no cualquier aceite, tenía que ser de la primera cosecha del año, puro, sin mezclar.

Una noche, harto de su trabajo y de su vida sin rumbo, decidió intentarlo. Condujo hasta el olivo y, en silencio, derramó el aceite sobre las raíces. «Quiero una vida mejor», susurró, sintiéndose ridículo. Nada pasó.

Volvió a casa y se fue a dormir. A la mañana siguiente, algo cambió. Todo lo que tocaba olía a aceite de oliva: su almohada, su café, incluso su ropa. Intentó ignorarlo, pero el aroma se hacía más fuerte. Al llegar al trabajo, sus compañeros comenzaron a quejarse. “Hueles como si vivieras en una fábrica de aceite”, le decían entre risas.

A los pocos días, lo despidieron. Nadie quería estar cerca de él. Volvió al olivo y gritó: “¡Te pedí una vida mejor!”. El árbol permaneció en silencio.

Esa noche, mientras hacía las maletas para irse del pueblo, se dio cuenta de algo. Por primera vez en años, era libre.