201. El olivo en la montaña blanca

Cristina Ramos

 

En el pico de la montaña blanca enjaulada, los difuntos rechinan  con esencia a madera. Ningún habitante del pueblo, que sueña a sus pies, se atreve a andar. Un tupido blanco  oculta los caminos y un helado viento siempre percusiona  de cara sin importar la ladera. Si alguien subiera hasta la cima, encontraría un único olivo. Mas nadie lo hace por tradicional que sea. Su tronco se arruga sobre sí mismo, creando su propia identidad personal. Mientras, sus ramas y hojas se alargan indefinidamente cual tiento en la oscuridad, ansiadas por ir más allá de los dominios del señor Elías. Las nieblas engloban y ocultan las aceitunas que dan. Pero yo sé como son, por desdicha, las he visto. Son de varios matices de verdes, algunas violetas mate, otras negras, las hay marrones pardas, al igual que la tierra atormentada. De naturaleza picudas, otras más estilizadas, pero en diversidad  son achaparradas y jugosas. Todas, sin excepción, se alimentan de la vida del pueblo. Todas salieron en la noche de su tiempo, pero a un eviterno serán devueltas.