191. La casa del aceite
I
El año en que nació las veredas del campo parecían filos de una guadaña, estrechas y amarillas, me contaba mi abuela. Bajo el azul pálido, el sol arañaba las tierras y arrugaba los árboles. Pensaba, mientras me mostraba algunas fotos, que las fotografías no son justas, porque embellecen paisajes que, de igual forma que daban sustento, también daban penurias. «Pero a cambio, la tierra nos daba el aceite … y eso lo era todo», sonreía. Mientras me contaba las historias de la familia, le gustaba sostenerme con delicada ternura, apretando mis manos, tan pequeñas y blancas dentro de las suyas grandes y rugosas.
Sus pómulos atezados por el campo, la bondad protectora de sus manos y el intenso aroma purificador del aceite eran los recuerdos más recurrentes y presentes de mi abuela. Yo regresaba a ellos, una y otra vez, como un puerto seguro en el que descansar de los días, un refugio cierto construido por un tiempo realmente vivido. Un tiempo tan modelado por la nostalgia que, quizás, me atemorizaba a revivir, y esto consistía en volver al pueblo, a la casa de mi abuela, un lugar al que no regresaba desde que, empezando a trabajar, dejé de disponer de mi tiempo.
Finalmente aquel día había tomado la decisión de salir de Madrid en dirección al pueblo, a su pueblo, aunque en mi corazón lo llame también mío. Mientras conducía y para motivarme, mi memoria repasaba la alegría de su rostro cuando salía a recibirnos entre abrazos tan sentidos y apretados.
«¿Sabes por qué esta casa es mágica?», jugaba a interrogarme cada verano. – «Porque aquí siguen los que un día vivieron en esta casa: pusieron tanto corazón en lo que hicieron que su amor ahora nos protege». Desde mi ingenuidad de niño respondía con voz confusa mientras encogía los hombros: «pero abuela, si ya no están aquí, ya no tienen sangre y estarán secos…». Se divertía tanto con mi reacción que mi abuela me abrazaba y, acariciando mi cabeza, me confesaba de forma secreta «ay, no tendrán sangre pero sí tienen aceite de oliva, que es mucho mejor, mucho mejor…».
En mi infancia nunca llegué a comprender bien a qué se refería, y tan solo con los años le di una forma personal y sencilla de entender el enigma. La magia debía ser aquel sosiego salvífico que me hacía sentir en mi juventud. Sentado, cada mañana de verano con la abuela, desayunando pan con aceite, la luz entraba tamizada por la ventana y todo en aquel momento parecía tener completo sentido y orden preciso, como si de repente comprendiera la realidad profunda de estar vivo y su significado y ese hecho no pudiera suceder en mejor lugar ni en mejor tiempo que en esa casa y en ese momento.
II
Muchas historias en Madrid acaban por ser iguales: personas que, como ríos vehementes descendiendo en una sola dirección, desembocan en la ciudad. Historias que, caídas en su propia maraña, terminan por utilizar la hipoteca pagada como medida del tiempo de vida que nos queda. Mi historia en Madrid podría ser un calco de este patrón y con el tiempo aprendí a admitirlo. Si bien, en mi íntima aceptación, contaba con el asidero de pensar que mi historia frente a otros se diferenciaba por la luz de mis recuerdos más secretos. Basta cerrar los ojos y se me aparecían molletes de pan recién hecho, antiguas tinajas de aceite y capachos a rebosar de aceitunas. Me recrimino a sabiendas que son solo recuerdos, relatos pretéritos que desde una querencia frondosa y constante, mis emociones se han empeñado en escribir y reescribir, en tejer y destejer, e ignoro qué aspecto de veracidad todavía atesoran. La única verdad quizás fuera el conforto constante que me daba ese paraíso propio, pequeño pero por fortuna luminoso, como una luciérnaga de generosa luz habitando dentro de mí.
Un gran territorio de ese paraíso se lo debo a mi abuela. Su universo gigante cobraba vida en mis recuerdos. Ella falleció hace años, cuando yo aún estudiaba en la Universidad y aspiraba con voracidad joven a coronar el mundo. Tras la muerte temprana de mi padre, mi madre decidió mudarse cada vez más meses del año al pueblo hasta residir allí casi todo el año. Con su mudanza, dejó encerradas las soledades del pequeño apartamento en la periferia de Madrid donde, siendo jóvenes rurales, mi padre y ella habían emigrado. Tras la muerte de mi madre el verano pasado, la casa del pueblo, el hogar de mi abuela, se quedó completamente deshabitada. Reconozco que un inesperado temporal de desconcierto y desolación se apoderó de mí, paralizándome. Sentimientos de orfandad y pérdida me acabaron por empujarme y atraparme entre agudos remordimientos por no haber ido antes y a la triste impotencia por sentirme incapaz de volver entonces. Había estado envuelto tantos años en tantas distracciones inocuas que, de repente, tras su muerte, me vi como un niño solitario y perdido en un páramo de vergüenza por el tiempo ausente.
III
De repente aquella luz. A medida que me acercaba al pueblo, la soleada llanura de olivos dispuestos en posición rectilínea, como trazados por una mano divina, me pellizcó. En un instante, de forma borrosa, mi coche se transformaba en el viejo coche de mi padre camino del pueblo y, a través de los cristales de las ventanas bajados, entraban a raudales los veranos en el sur, el primerizo calor de julio y la paz campesina de la tierra. La almazara blanca en la entrada del pueblo seguía idéntica, como un castillo de muros prudentes y guardianes del tesoro. Desde las primeras calles pude confirmar cómo todo el pueblo seguía impregnado con el olor intenso a aceite de mi infancia, un olor cuya verde intensidad me infundía cierta serenidad perdida en mis sentidos y, de una manera inexplicable para mí, sanaba mis huecos más íntimos.
Había tardado mucho en emprender el viaje de vuelta al pueblo pero lo había hecho. Aún nervioso, entré en la casa de mi abuela, permitiendo que la vetusta puerta de castaño se abriera despacio. Una mezcla de vejez y desamparo me sacudió al contemplar la casa, con polvo en los muebles y en el aire alrededor. Me quedé paralizado, como si aún esperara que mi abuela saliera al recibidor al haber oído la puerta y yo no podría explicarle entonces porque aún no la había llamado.
La robusta mesa veteada en el comedor, la entrañable vajilla floreada o las camas cubiertas con los tradicionales cobertores blancos: todo seguía tal como lo recordaba. También las numerosas garrafas y tinajas de aceite de oliva en la alacena, que seguro que mi madre había seguido cuidando. De ellas le gustaba extraer a mi abuela un vaso de aceite y, con sigilo, me lo dejaba en el dormitorio. El olor a aceite, decía, alivia las penas y ayuda a pensar con claridad. La observación conjunta de todos los detalles despertaron los recuerdos más dormidos de mi memoria y lo que entonces rechazaba por viejo y anticuado, ahora lo contemplaba delicado y sabio.
Apenas deshice la maleta, salí a avisar de mi llegada a Marcela, la que siempre fue nuestra vecina. Cuando se asomó por la puerta, la vi mayor, muy mayor, y me pregunté cómo me vería ella a mí, si en su retina guardaría imágenes de aquel muchacho que fui. “Anselmo debe estar aún en la tienda de la almazara, ha ido a por unas garrafas de aceite” me compartió, a sabiendas de que era un amable guiño para que fuera. Anselmo trabajó toda su vida en la almazara del pueblo y, de pequeño, me llenaba de felicidad alborotadora cuando le pedía permiso a mi familia para llevarme a las entrañas de aquel templo níveo y sagrado del aceite. En mis pupilas de infancia, el edificio por dentro se me antojaba como la secreta maquinaria de un reloj, donde con precisión y meticulosidad, creaban el aceite y, misteriosamente, lo hacían fluir, fluir tanto y tan bien que me fascinaba descubrir la viscosidad verdosa de aquellos ríos encapsulados. Tanto Anselmo como sus compañeros de trabajo bromeaban conmigo, aquel niño que con los ojos tan abiertos observaba el nacimiento del aceite con absoluto asombro.
La primera noche tras mi primera visita a la almazara soñé con una piscina de aceite de oliva, en la que me sumergía con naturaleza anfibia, porque me sumergía con la seguridad de que podría vivir también en ese medio. El sueño terminaba cuando salía de la piscina y de mi cuerpo, del cual percibía su profundo descanso, no caía ni una gota de aceite. Tenía la piel fina y brillante como las estatuas de mármol, y aquel estado me proporcionaba una paz tan profunda que me despertaba inconmensurablemente descansado.
Encontré a Anselmo cargando las garrafas de aceite de oliva en el coche. Su reacción sincera y enérgica al verme me volvió a traer a la memoria, una vez más, las formas de manifestar una alegría sencilla del pueblo. “Cómo has crecido”, exclamó mientras me abrazaba. Regresamos a casa y nos sentamos a merendar una generosa bandeja de ochíos azucarados recién horneados. Los había estado haciendo Marcela. una tarea que se empeñó en hacer, me compartió Anselmo, desde que la llamé para avisarles de mi viaje. La observaba con abierto interés mientras me explicaba el proceso de elaboración de los dulces, pero los pensamientos regresaron de nuevo a mi infancia cuando caí en la cuenta de cómo usaba las mismas expresiones que, desde pequeño, había oído en la voz de mi abuela “y añades aceite de oliva, que el aceite cura el alma”.
IV
“Desde que tu madre se fue, la calle se nota más vacía” me decía Marcela, añadiendo siempre un cariñoso “pero cómete otro, que en la cocina tengo más”. Mientras, Anselmo esperaba mi respuesta al interrogante que ambos se hacían “cuéntanos de ti y de la casa, que por eso habrás venido”.
Desde la muerte de nuestra madre, mi hermana y yo no sabíamos qué hacer con la casa. Sabía que hacía mucho que no veníamos al pueblo, perdimos la costumbre de venir cada verano y las inercias de la vida nos habían llevado por otros caminos. Mi hermana sigue viviendo en Londres y yo en Madrid, apenas me daba tiempo para organizar la vida y en las vacaciones, terminaba haciendo las mismas escapadas a los mismos lugares de todo el mundo. Confieso que el campo de olivos, la casa del pueblo, la almazara, el patio y el olor a aceite … parecían alojados en un recuerdo cuyo único fin era serlo y mantenerse. Como imágenes de un celuloide desgastado por el uso, pero que, quizás de tanto visionarlo, se había transformado en un pasado que se movía en mí como algo más que pasado. Después de varios meses de desorientación, mi hermana me propuso vender la casa: “a mi me vendría bien el dinero y alguien habrá que la aproveche”, me sugirió. Reconozco que yo no lo veía tan claro y ella cada vez tenía más prisa. Me lo recordaba en cada llamada como un taladro insistente: “cada mes que pase sin venderla, un mes más de abandono para la casa. Y yo no voy a ir ¡es la casa donde murió mamá! Recuerda lo que nos costó arreglar los papeles para que llevaran el cuerpo de mamá a Madrid, a su barrio, porque es que al pueblo no iba a ir nadie”.
Yo fui postergando la decisión, consumido entre las prisas y las distracciones. Como soldado inexperto en las batallas, enarbolaba por bandera una dudosa esperanza de que en algún momento la respuesta a mi decisión se me apareciera con suficiente claridad, nítida una vez hubiera sido capaz de borrar todo el ruido a mi alrededor. En ese trance me encontraba hace varias semanas cuando me puse enfermo y tuve que solicitar la baja en el trabajo. La acumulación de ansiedad, la sensación de estar acorralado y sin energías… se me había metido en el cuerpo y tenía dolores punzantes muy intensos en la piel. Empecé mi baja solo en casa, asistiendo a una terapia digital por el ordenador, contando el paso de los días en la cama y con el cajón de la mesilla de noche lleno de pastillas, que iba tomando adecuadamente distribuidas a lo largo del día. El tiempo pasaba sin notar mejoría pero seguí obedeciendo la receta, quizás con más fe que esperanza, y el íntimo deseo de ver algún hilo de luz. Sumido en ese letargo estaba cuando una mañana, al despertar, me acordé de los consejos de mi abuela sobre el aceite de oliva. Tenía que probar, a esa altura sería lo que menos mal me haría. Aquella mañana, para el desayuno, saqué de la alacena la botella, aún sin abrir, de aceite de oliva y empecé a tomármelo con pan. “y añades aceite de oliva, que cura el alma”, me refrendaba. Lo cierto es que, no sabría explicarlo, a los pocos días empecé a sentir una serenidad suave en mí, como si hubiera comprendido algo que aún no sabía que era. El dolor en la piel parecía debilitarse y conseguí dormir las noches sin necesidad de tratamiento. Tras esas primeras mejoras en meses, también empezaron a remitir los latigazos de ansiedad que, como lascas, me aturdía. En esta mejora me encontraba cuando una noche soñé con la casa del pueblo y todo lo que en ella había: la luz y la calma, la mesa y la alacena, los paños y el mimbre. Eran fogonazos de un rompecabezas. No sé si era una señal, pero auel sueño brotó en mí el deseo de venir, que no podía pasar más tiempo. Estaba preparado para volver, sin reprocharme más el tiempo pasado. Y por eso he venido.
En todo este tiempo lo he pensado mucho y ahora que estoy, creo que me iré de aquí queriendo comprarle la mitad de la casa a mi hermana. Hay algo en la casa que me hace bien. Su recuerdo ha sido un faro para salir del oscuro lugar donde estaba, donde no veía a nada ni a nadie. Me gustaría contar con la casa, poder venir y, poco a poco, recuperarla y darle nuevos recuerdos. Quiero no dejar de encontrarme con ese aroma a sosiego y aceite en las estancias y que tanto deleite dejó en mi infancia. Lo digo para convencerme. Mi hermana me dirá que es una locura, que qué voy a hacer yo con esta casa. No tengo una respuesta clara y contundente a eso mismo, pero sé, y sé porque lo siento, que venir aquí me hacía falta y habitarla me hará bien. Un lugar donde reposar, descansar y volver a ser yo mismo. Es lo que me ha dicho la psicóloga, que necesito desacelerar, que me vendría recapacitar y reflexionar en, ya sabéis, esas preguntas que siempre se nos quedan grandes y nunca terminamos de responder: qué hago con mi vida, donde me gustaría verme… Y aunque no sepamos bien cómo responderlas, acontece que a veces sí atisbamos un halo de certeza que nos dice que sí podríamos empezar a dibujar una respuesta.
V
Tras la cena con Marcela y Anselmo, insistida por ambos de una manera tan hospitalaria que no pude resistirme a aceptarla, regresé calado de emotiva calidez a una casa que seguía tal como la dejé. Acogedora y sosegada, ya no la sentía como un lugar deshabitado, sino más bien como un íntimo hogar meramente en silencio, a la espera de otros sonidos, otras historias. Envuelto en estos pensamientos y agotado por el viaje, me quedé dormido en la oscuridad del que fue mi dormitorio.
Al día siguiente desperté desubicado, no recordando en un primer segundo que había dormido en el pueblo, en la casa de la abuela. Aun vagamente desubicado, me sentía profundamente descansado, como recordaba hacía mucho que no conseguía despertar. No había en mí un ápice de hondo cansancio ni fatiga. Había dormido tan reconfortante, me dije, que solo apetece empezar el día.
Y al incorporarme lo vi. Creía tenía la seguridad de que no estaba cuando llegué y yo no lo había puesto allí anoche. Mi única certeza era, sin yo saberlo, la de su compañía aquella noche. En mi mesilla de noche descubrí un vaso lleno de aceite de oliva. El olor que aún me llegaba no venía de la cocina como pensé al despertar, sino de aquel vaso tan delicadamente ubicado. Sonreí emocionado recordando “y el aceite de oliva, que el aceite cura el alma”, “el olor a aceite alivia las penas y ayuda a pensar con claridad”… Subyugado entre el vértigo y la nostalgia, me vino desde el pecho la respuesta para comprender con nitidez la verdad de esa casa. Volvió a mis oídos la voz de mi abuela y todavía noté su presencia jugando a preguntarme “¿sabes por qué esta casa es mágica?”.



