186. Olivar de olivos verdes

Ana Pozo Mohedano

 

Aquellos «arbolicos” pequeños de hojas frágiles, varetas sutiles y tronco ligero, que plantaron sus ancestros hace ya muchos años, en una llana campiña, hoy longevos, crecieron a la par que ellos.

Olivar de olivos verdes, que, en primavera, breve florecen, en las madrugadas frescas del caluroso verano, atienden y la poda de sus ramas en grandes les convierten, aclarando ese dosel de copas, dando vida para que el sol entre. Donde en el frio invierno, con labores culturales y cosechas de cultivo, entre fardos y espuertas se ven. Pasean en una gran máquina dando rigurosas maniobras y desde lo más alto, se divisa tan precioso paraje.

Donde él también creció, aprendió a andar, a caminar de la mano de su linaje y le salieron los primeros dientes. Sus canicas para jugar era aquel fruto que en oro se convierte, eran aceitunas, aceitunas verdes.

Donde pronto su pequeño correrá, por la llanura que hierve, donde pronto jugará con canicas verdes y allí le saldrán sus primeros dientes.

Olivar de olivos verdes. Donde el cansancio no está. Donde aprendió a respirar. Donde sus penas se pierden.