185. Dichosa la rama

María de la Paz Osorio Lozano

                                   

Recordar cómo llegué hasta aquí me consuela. Hoy especialmente.

Desperté muy temprano aquel día, el drástico cambio que me esperaba había provocado en mi interior una inquietud desconocida. ¡Por supuesto que acepté la propuesta de la directora! Saldría de allí hacía un lugar concreto, desconocido, y con trabajo. Estaba confiado, porque aquella compasiva mujer me garantizó que iba a un buen sitio, aunque sin decirme mucho más. Cuatro meses atrás obtuve el título de Grado Medio de Comercial y Ventas. Lo saqué con facilidad, por eso quería acceder al grado superior de Técnico. Cualquier tipo de empleo me serviría de ayuda para cumplir mis propósitos. En ese momento solo me quedaba soplar las velas de una tarta que la cocinera preparó la noche anterior; disfrutarla con las únicas personas que eran algo parecido a una familia, mis compañeros, mis educadores; y esperar a que me recogieran a lo largo de la tarde. Creía estar tranquilo, pero no dejaba de sentir un abrazo opresivo en el pecho, frenando mi capacidad de respiración, haciéndome suspirar más de lo admisible.

Cumplía los dieciocho años, circunstancia que me llevaba a una frontera difícil de atravesar. Era la hora de abandonar definitivamente mi vida cotidiana, dejaba de estar tutelado por las instituciones del estado y tenía que emprender el camino solo. Desde tiempo atrás me preocupaba el qué hacer, sin dinero ni proyecto laboral; la única opción sería compartir con otros jóvenes uno de esos apartamentos que se usan de lanzadera hacía el mundo exterior. Intentaba insuflar algo de ilusión al miedo que se apoderó de mi, meses antes de la fecha, mirando ese futuro incierto. Pero, la encargada del orfanato, justo veinticuatro horas antes, me dijo que me pensara si estaba dispuesto a, en la misma tarde de mi cumpleaños, marcharme con una persona que me ofrecía un contrato laboral y lugar donde vivir. Poco tuve que recapacitar, evidentemente era una buena opción.

Me recogió el viejo, tenía la cara tallada de estrías, parecidas a la piel de los olivos entre los que resido desde entonces. Su mirada reflexiva y serena me inspiró seguridad.

Los sicólogos e instructores que me asistieron a lo largo de los años, dejaron claro que mi caso era especial. La documentación que me acompañaba, desde el momento de mi nacimiento, albergaba una clausula específica firmada ante notario, impidiendo que fuera adoptado o se me alojara en  casas de acogida. Como no conocía otra cosa que grandes edificios llenos de niños, fuera de la mirada de una madre o un padre, consentí desde pequeñito, sin traumas ni reproches, el ostracismo al que fui sometido, siempre refugiado en la lectura de toda clase de libros.

Cuando vino a recogerme ya estaba impaciente. El cielo amaneció como un cristal empañado y no cambió en lo más mínimo con el paso de las horas, recuerdo un ambiente fresco, algo desapacible, que hacía mi marcha tan solo un poquito más difícil. A fin de cuentas dejaba atrás lo único que conocí. Aún no había terminado el verano, tener de repente un día tan extraño cuando mi vida iba a cambiar de aquel modo era cómo hecho a propósito. Me presentaron a un hombre mayor, al estrechar mi mano me agradeció que aceptara a ciegas su oferta. Sencillamente le dije que el agradecimiento era mío, pues con ese contrato me solucionaba el porvenir más inmediato. Se brindó a responder todas las preguntas que quisiera durante el trayecto, entendiendo mis muchas cuestiones pendientes. Nos acomodamos en su coche y partimos en silencio y así continuamos durante largo rato. Mi cabeza, que estuvo como un carrusel la última semana encontró allí la tranquilidad. El hombre que conducía a mi lado me transmitió tanta despreocupación, que no sentí el deseo de saber nada, él entendiéndome respetó ese mutismo. Vi que embocábamos hacía la autopista del norte, aunque no esperaba salir de la ciudad, me resultó gratificante. Comenzaba a anochecer y las nubes se iban agrupando en un horizonte de color impreciso. “Borregos en el cielo, charcos en el suelo”,  dijo de pronto rompiendo nuestra reserva. Lo miré con gesto de sorpresa. “Las nubes dispuestas de ese modo preceden a la lluvia,” dijo con serenidad.

Fue lo primero que aprendí en mi nueva vida. En ese instante no imaginé, que en muy pocos años conocería muchas de las señales que la naturaleza manda antes de determinados cambios meteorológicos. Dejamos atrás la ancha calzada para adentrarnos en una carretera provincial durante unos minutos, porque de seguida llegamos a un camino, que reconoció al coche nada más posar sus ruedas en él, y como si de una cinta mecánica se tratara nos dejó en la puerta de un conjunto de casas, sin problemas a pesar de lo abrupto del terreno. Más de ocho hectáreas de olivos, como supe más tarde, rodeaban con ternura a un grupo de edificaciones prístinas donde ya se vislumbraban algunas luces encendidas. No me hizo falta ver aquellos olivos a través de los ojos de la mañana, para saber que estaría bien allí. Cuando se paró el vehículo, tuve que reconocer que había disfrutado plenamente de aquel viaje de cartujo, donde gocé más la observación del paisaje y la paz que me traspasaba, que ninguna otra cosa. Antes de apearnos dijo que él era el propietario de esas tierras. Ahí estaban su casa, la del capataz y la de algunos obreros. Al día siguiente, tras la firmar de los documentos me informarían de todo.

Aquella noche prematura llego cargada de promesas que me quitaron el sueño.  Lo segundo aprendido ese día fue qué: lo bueno te puede llegar como una ofrenda cuando no lo esperas.

Firmé el contrato aceptando todas las clausulas sin poner objeciones y desde el primer momento comencé a faenar con los demás en los lugares asignados. Me dijeron que les constaba mi desconocimiento absoluto sobre ese mundo, pero era fácil de aprender si mostraba interés.

Llegué en septiembre, un mes en el que es necesario organizar muchas cosas para la cosecha, pues en octubre se espera que las aceitunas estén en el envero. Al final del mes anterior se colocaron las trampas contra la mosca del olivo y el blanqueante con jabón potásico, de manera que, aunque el suelo amaneció mojado por la lluvia de la noche anterior, tuvimos que empezar a segar debajo de los árboles y eliminar los restos de hierba, ceñidos por un sol de justicia que nos abrumaba con su calor. No sé cuántas jornadas duró esa labor. Cuando empezamos a disponer las redes a la segunda o tercera semana de estar allí, ya me llamaban “el callaíto.”

Mi condición de joven urbanita hizo que fuera la primera vez que me enfrentaba a un esfuerzo físico tan importante. El sueño placentero que no encontré la primera noche, acongojado por los nervios, vino a envolverme cada ocaso posterior, pues llegaba a la cama roto, aunque satisfecho. Funcionaba en silencio, por mi forma de ser y porque estaba ávido de aprender, aquellos compañero encargados de adiestrarme soltaban unas retahílas excesivas, poniéndome al tanto de todo lo que allí se cocía: El modo de gestionar las distintas labores; quienes eran fijos o quienes eventuales; que tanto el patrón como el capataz eran duros, pero hombres de palabra y cercanos. Me contaron que en otras ocasiones ya vinieron jóvenes como yo, procedentes de la ciudad, buscando oportunidades distintas a las que conocían, aunque ninguno aguantó demasiado el pulso con el verde que cantó el poeta, alejándose pronto del lugar…Y mucho, mucho más contaron. Yo no preguntaba, los otros eran como costureras en asamblea de cotillas despellejando todo el que estuviera en movimiento. Hacía caso omiso a los chismes, me quedé con lo que consideraba importante olvidando las naderías en las que no pensaba inmiscuirme.

Ubicados en plena sierra, estábamos rodeados de pendientes vestidas de olivos,  por lo tanto, me hicieron entender qué, la recolección se hacía vareando. Con esa orografía era imposible hacerlo con las máquinas que utilizaban en la campiña, cuya labor les aceleraba el resultado. Me daba igual, no conocía otra cosa que la que ellos me pusieran en las manos. La mañana del comienzo de la dura tarea de varear, la niebla nos envolvió como una sábana mojada, borrando lo de alrededor excepto el árbol  de turno, con el que la vara y yo bailábamos al son del sonido del movimiento de las ramas y la caída de sus frutos. Un ritmo suave, acompasado para no dañar nada, como me habían dicho. El campo olía a tierra mojada y al color de las aceitunas; a ozono aunque no llovió. Respirar tal aroma me hinchaba el pecho de optimismo. Bendita la hora en que este hombre me recogió. Comprendí qué, desde que tuve uso de razón, fui como el cuco que pretende un nido ajeno, un hogar que ocupar, como en los que irrumpía a través de las historias leídas, aunque no quería reconocerlo. Desde mi llegada tuve la certeza de que había encontrado el nido verdadero.

El calor intenso de finales de verano que acompañó durante las primeras semanas, iba cediendo poco a poco ante el frio, que se volvió  penetrante en los días de traslado de las cajas a la almazara. Insistieron en qué, si todo lo que hice hasta ese momento era delicado, más delicado era el transporte, para no estropear lo recogido. Conocí el olor intenso del alpechín, el del orujo y el del aceite de oliva más puro.  La temporada en la que llegué, esperaban conseguir un virgen extra de alta calidad porque la labor se realizó en el tiempo óptimo, y con el escrúpulo adecuado. Yo mismo no entendía porque alojaba en mi interior ese sentimiento de satisfacción tan grande, con aquella recompensa. Los acompañé al molino, aunque no era necesario, estaba el personal encargado de ello, sin embargo yo notaba que al viejo le satisfacían mis iniciativas y me gustaba agradarlo.

En aquel lugar escuché por primera vez hablar del único hijo que tuvo el patrón. Un niño que nació cuando más desesperanzados estaban de tener descendencia, un niño que lo había tenido todo y fue desagradecido desde que se acercó a la pubertad, convirtiéndose en un holgazán egoísta y agresivo, que andaba de pueblo en pueblo abriendo y cerrando bares, siempre buscando trifulca. La madre, débil de corazón, no resistió mucho tiempo las bataholas del hijo y murió cuando él dejó definitivamente de aparecer por la casa. Sin llegar siquiera a despedirse de ella en el cementerio. Supe de donde nacía el gesto adusto marcado en la cara del viejo, aunque después de trato fuera distinto. También entendí sus pocas ganas de hablar.

Coincidió que era año de poda y el trabajo duro se prolongó durante unos cuantos meses más, después vendría el abonar, para comenzar de nuevo el peregrinaje anual que la finca soportaba si se quería mantener vivo el negocio. Veía poco al patrón, si bien cada vez que nos encontrábamos mostraba un extraordinario interés por mí, nunca con largas conversaciones ni curiosidad por cosas demasiado personales. Recuerdo que se acercaba de nuevo el verano, cuando paseando el viejo entre los árboles, me encontró descalzo y con los ojos cerrados. Me preguntó preocupado si ocurría algo. Fui sincero, le dije que me gustaba, en los momentos de tranquilidad, sentir el abrazo de los olivos y el latido de la tierra en los pies. Esas palabras hicieron que el pasado que guardaba silencio se rompiera, abriendo una puerta por donde salieron verdades lacerantes, que compartimos con ademanes duros y expresiones dolorosas.

Supe que era mi abuelo. Me quiso junto a él desde el momento de mi nacimiento, pero se lo prohibieron. La mujer que me trajo al mundo, tras el parto rehusó verme, era una madre desnaturalizada por las drogas que se desentendió sin dolor alguno. Mi padre para dañarlo a él, me ingresó recién nacido en la casa cuna, con una orden de alejamiento de por medio, amparado en falsa acusaciones y sin un posible acercamiento, hasta que yo lo hiciera voluntariamente. Lo consiguió con la connivencia de la directora. Me rogó, sin muchas esperanzas, que lo perdonara por no haberse enfrentado a su hijo intentando evitarme esa vida. Un rio de emociones me ahogaba la garganta, no podía pronunciar palabra. No tenía nada que perdonar. Solo se me ocurrió rodearlo con los brazos, quise unir el repique de nuestros corazones alterados, mostrándole que los dos éramos de la misma madera que los árboles que nos circundaban.

En todos los años que la fortuna me ha dado para compartir con mi abuelo, ha sido con él con quien más he aprendido sobre el aceite de la vida. Me hizo terminar los estudios, sin dejar de lado las obligaciones del campo. Hoy por hoy me encargo de la gerencia comercial, la promoción y venta de nuestros productos en el mercado. Expandiéndonos, en los últimos tiempos, desde aquí hasta fuera de nuestras fronteras. Las aceitunas, el aceite, me han hecho viajar a lugares que siempre consideré inalcanzables para mí.

La despedida a mi abuelo me remueve lo vivido y me siento orgulloso de haber sido para él lo que esperaba. Mi padre no fue nunca el nexo entre los dos, desde el primer momento fueron los olivos, por eso se me hincha el alma pensando que dichosa la rama que del tronco sale.

 

20 de septiembre de 2024