181. Aceituna verde

Chupe

 

No tengo gente que quiera pasar el rato conmigo porque tengo fama de ser más rara que una aceituna verde. Desde pequeñita fui una rebelde, una inconformista, vaya. Mis predecesores siempre me decían que debía acomodarme al destino que me sería asignado. Y no hablo de destinos místicos, ¡ojalá! Hablo de destinos terrenales. Los más habituales son: triturarme para conseguir aceite, aplastarme para ser aliñada o meterme en salmuera, que ya les vale, qué nombre más feo, no me apetece nada, y claro, así no hay quien acepte su destino y es que no quiero ninguna de esas cosas. Lo que yo quiero es ver mundo. Saltar de esta hoja plateada y rodar campo a través para ver el océano, escalar montañas, aprender idiomas, ¡yo quiero ser una aceituna viajera! De esas que se arrugan con el paso del tiempo y no porque alguien haya abierto un bote y se olvide de mí durante semanas, menudo destino es ese, le pasó a una prima mía, ¡uf!, no quiero ni pensarlo, ella sola, flotando en ese líquido amarillo y maloliente, casi peor que el alpechín. Incluso dicen las malas lenguas que se volvió un poco loca, y que terminó teniendo alucinaciones.