162. En las oscura noche polar
—¿Lo has traído todo?
—Sí. Turrón y embutido. Espero que sea suficiente.
Venimos ilusionados hasta su casa, desafiando la helada oscuridad de la noche polar, con la esperanza de que acepten nuestros presentes.
¡Ninguno de nosotros verá ni un atisbo de luz en meses, y ellos pueden verla todos los días!
Al entrar en el salón, nos sobrecogen los matices verdes, amarillos y dorados que iluminan toda la estancia. Son los reflejos de la suave luz de la lámpara del techo en las botellas de cristal que lo contienen. Esos reflejos llenan de vida y calor la existencia de quienes allí viven. Y el aroma que se mezcla en el aire… es la esencia de la oliva.
—Solo necesitamos una botella—he suplicado, ofreciéndole nuestros regalos.
—Una es mucho —ha respondido amable.
—Solo una. Para poder mirarla cada día, y ver los añorados rayos de sol del Sur en su interior —he insistido.
—El Sur…—ha murmurado con añoranza al coger una, solo una, del estante.
Ahora ocupa un lugar especial en la vitrina del comedor. Solo con mirarla, vemos el sol de nuestra tierra, y sentimos que no está tan lejos.



