145. Preparaciones del Egeo
En lo profundo de la región mediterránea, se encuentra un pequeño valle donde los olivos danzan bajo el cálido sol. El aire estaba impregnado con el aroma dulce y fresco del aceite de oliva, que ha sido apreciado desde tiempos inmemoriales por sus múltiples beneficios.
En medio de ese valle se alza un viejo molino de piedra, cuyas ruedas giran sin cesar mientras prensan las olivas recién recolectadas. Es en este lugar donde el líquido dorado es extraído lentamente, con paciencia y dedicación. Los lugareños han aprendido a respetar y cuidar de los olivos, pues saben que son una fuente saludable de alimentación.
En las mañanas tempranas, cuando los primeros rayos del sol acarician las hojas de los árboles, los recolectores emprenden su labor. Cuidadosamente seleccionan las olivas maduras, evitando dañar los árboles que les han dado tantos frutos a lo largo de los años.
con delicadeza, las colocan en sus cestas y las transportan hasta el molino.
Una vez allí. Las olivas son lavadas a conciencia y luego son trituradas lentamente, liberando el preciado ingrediente que yace en su interior. El aroma embriagador que se desprende en cada paso del proceso hace que los corazones de una pareja de labriegos que toda la vida se han dedicado a las labores del olivar se llenen de alegría y gratitud.
Después de la trituración, Valentín y Josefa, ya entrados en años y unidos por el amor y la pasión del oficio, comienzan con la extracción. El aceite de oliva, de color verde limón intenso, fluye como un rio dorado, impregnando cada rincón del molino con su esencia. Es entonces cuando el alma de los olivos se une con el de los hombres y mujeres que han cuidado de ellos por generaciones.
Era un día soleado y calmado. Los olivos altos y frondosos se alzaban orgullosos en cada rincón del pedazo del terreno familiar, extendiendo sus ramas hacia el cielo azul.
Desde tempranas horas de la mañana, Valentín y Josefa, comenzaban sus faenas. Valentín, con sus manos callosas pero fuertes, trepaba con gracia por los troncos, recolectando las aceitunas con destreza y experiencia. Josefa, por su parte, se encargaba de seleccionarlas y colocarlas en pequeñas cestas tejidas a mano.
El olor a tierra húmeda llenaba el aire, mientras que los rayos del sol descansaban en los rostros de los labradores. Ambos trabajaban en silencio, sumidos en su tarea y disfrutando de la paz que brindaba aquel entorno natural.
Pero un día, mientras se encontraban recogiendo las últimas aceitunas de la temporada, algo inesperado sucedió. Un pequeño zorro. curioso y ágil, se adentró en el olivar. Valentín y Josefa se quedaron sorprendidos ante la presencia del animal, que correteaba entre los árboles sin que ellos pudieran atraparlo.
Intrigados por la valentía y vivacidad del zorro, decidieron seguirlo en su travesía por el olivar. Los árboles parecían cobrar vida a medida que avanzaban, como si se movieran al compás de una melodía secreta que solo ellos podían escuchar. Los rayos del sol se filtraban a través de las hojas de los olivos, creando un juego de luces y sombras que guiaban su camino.
El zorro los llevó hasta un rincón donde Valentín pisó, y el terreno cedía, parecía haber un viejo pozo. Cautelosos pero emocionados, se acercaron al borde del lugar y descubrieron que en su interior había un ánfora y herramientas de labranza. Con curiosidad, observaron el recipiente y quedaron asombrados por la antigua y extraña de su forma, sin base alguna, terminaba en punta, estaba resquebrajada y entre las hendiduras se podía ver una especie de pergamino hecho de cuero degastado por el paso del tiempo, enrollados con pedazos de tiras de cuero, se sentaron sobre la tierra, observando el tesoro olvidado, imaginaron como seria el dueño de los artefactos y seguro dueño del olivar en el pasado y de seguro su nombre no saldría en los papeles de traspaso de las escrituras del terreno, debatían sobre épocas pasadas y se preguntaban ¿El porqué de ese refugio para ordinarios utensilios? ¿Qué contendrán los pergaminos?
No querían dañar el sitio del hallazgo, se la pasaban mirando juntos documentales de arqueología, ellos sabían lo que hacían.
Captaron imágenes del sitio y de lo encontrado con la cámara del teléfono móvil para enviárselo al señor Fermín, el dueño del único anticuario del pueblo, se demoraron algo, por actualizar la aplicación de mensajería, les parecía frustrante.
Luego de un buen rato de espera, el señor Fermín respondió por la misma plataforma de mensajería, esas ánforas son de origen griego, ánforas de transporte por la falta de decoración, el pie estrecho, vientre ovoide, cuello medianamente alto. Luego sonó el timbre del teléfono móvil de Valentín, era Fermín;
Fermín marca a Valentín: ¡Valentín, buenos días!
Valentín: ¡Ah, Fermín!
Fermín: Veras, amigo, tenía que recordarte algo muy importante,
Valentín: ¡Dime!
Fermín: «Pues escucha bien, Valentín. Tienes que comunicar este hallazgo a la Dirección General de Patrimonio Cultural o al Ayuntamiento en un plazo de cuarenta y ocho horas. Es una obligación legal para proteger nuestro patrimonio».
Valentín entre risas: ¡Vaya! Me resulta gracioso que me lo recuerdes, siendo tú el alcalde del pueblo y propietario del único anticuario de la zona.
Fermín: «Si, ya sé que es irónico, pero en este caso tengo que dejarte claro que como alcalde tengo que velar por el cumplimiento de estas normativas».
Valentín: Entiendo y lo haré sin falta. Pero me surgen dudas… ¿Estas piezas podrían tener algún valor económico?
Fermín: «A ver, Valentín, yo no soy experto en antigüedades, pero tengo contactos en Tarragona, conozco un experto que podría avaluar las piezas y darte un estimado de su valor monetario por tu hallazgo y también te podría ayudar a gestionarlo con entidades privadas o particulares.
Valentín: ¡Eso suena interesante! Tal vez pueda sacarle provecho a este descubrimiento. ¿Me podrías dar el contacto de ese experto?
Fermín: «Claro, no hay problema. Te pasaré su número telefónico por mensaje. contáctalo y explícale tu hallazgo. Estoy seguro de que él te podrá asesorar de manera más precisa.
Valentín: «Mil gracias, Fermín. Realmente valoro tu ayuda. Me pondré en contacto con él de inmediato».
Fermín: De nada, Valentín. Estoy aquí para ayudarte en lo que pueda. No olvides comunicar el hallazgo a las autoridades también. Espero que todo salga bien y puedas sacar provecho de esta increíble situación. ¡Hasta luego!
Valentín: ¡Gracias nuevamente, Fermín! ¡Hasta pronto y cuídese!
Al colgar Valentín, observó el rostro de su mujer y ella lo miraba fijamente sin pestañear, comprendió que tenía autorizado la llamada para sondear el tema.
Valentín marcó el teléfono del experto directamente desde el mensaje que le dejó Fermín;
Valentín: ¡Sí!
El experto: ¡Bons dies!
Valentín: «Soy conocido de Fermín, el me dio su número».
El experto: ¡Hola! ¿En qué puedo ayudarte?
Valentín: «Soy un agricultor. Tengo un asunto urgente que necesito resolver en mi huerto de olivares».
Prosiguió Valentín: «Resulta que hoy hice un hallazgo muy extraño en mi tierra, en medio de los olivares. He descubierto utensilios o herramientas de un anterior agricultor que debió vivir aquí, mucho antes que mis abuelos y no tengo idea de cómo proceder, me ha dicho Fermín que debo reportar el hallazgo a las autoridades antes de cuarenta y ocho horas. Necesito ayuda urgente para resolver esto».
Experto: Mi nombre es Josep ¿Y el suyo?
Valentín: «Disculpe que no me haya presentado antes».
Josep: Entiendo su preocupación, Valentín. ¿Podría enviarme alguna descripción de las piezas a mi teléfono? una foto sería útil.
Valentín: ¡Si, claro! ¡Espere!
Valentín batalló con el teléfono móvil hasta que pudo acceder a las fotos y enviárselas al número de Josep, pero antes tuvo que guardar el número y le tomó algún tiempo.
Valentín: ¿Sigue allí?
El experto: «Si, sí, estoy observando las fotos, deme un momento».
Luego de una espera de varios minutos, el experto vuelve a ponerse en el auricular,
Josep: Es increíble, si notas una silueta al lado de la vasija, podemos apreciar un arado de madera, muy bien conservado, no se ha encontrado ninguno en condiciones reconocibles y la piedra que ves tallada al frente, esa es la azada que debió desprenderse de su mango de madera.
Valentín estupefacto y nervioso: «No, no lo había notado».
Valentín añadió: ¿Qué opina?
Josep: Es una oportunidad extraordinaria este hallazgo ¿Ya lo reportó a las autoridades?
Valentín: «A Fermín que es el alcalde, él fue quien me dio su número por si se podía hacer algo que no afectara a nadie y pudiera beneficiarme». (A Valentín le costó decir la última frase con la incertidumbre de ser juzgado por el experto)
El experto: » Tu descubrimiento lo podemos catalogar como azar, no tuviste la intención de encontrar nada por tu cuenta, no has violado ninguna ley por el momento».
Valentín: ¿Que gano?
Josep: «Ganas la gratitud del estado y del mundo de la arqueología, si con diversos estudios se analiza el suelo y solo tenemos este hallazgo, tu tierra podría tener un valor turístico, podrías estar autorizado a sacar reproducción del hallazgo con la autorización de la Dirección General del Patrimonio Cultural y exhibir en el museo la foto de tu terreno y tu figura».
Prosiguió Josep: «Si, se analiza el terreno y se comprueba que efectivamente hay más artefactos en tu predio, el gobierno podría decretar que es un parque arqueológico y podrían pasar dos cosas, o te lo expropian por bien general, en el sentido que con sus propios peritos te obligaran aceptar un precio o podrían entrar a negociar con el propietario, que en este caso sería usted señor Valentín».
Valentín suspiró casi inaudiblemente: ¡Que calamidad!
Valentín desesperado preguntó: ¿Hay aparatos que yo podría traer al terreno y verificar todo antes del gobierno?
Josep el experto con estratégica parquedad: «Yo los poseo».
Valentín: ¿Como procederíamos?
Josep: «Por consultas fuera de Catalunya, hay un costo de 1600 euros, pero si debo trasladarme sin agendamiento y con mucha premura, el costo se elevaría, por ser conocido de Fermín que me recomendó 2800 euros, llevaría los aparatos de rayos x, scanner y la última tecnología en 3D y resonancia».
Valentín inconscientemente abrumado: ¡La ostia!
Josefa gritaba: ¿Cuánto? ¿Cuánto?
Valentín interrumpiendo la llamada y dirigiéndose a Josefa, el hombre quiere quitarnos 2800 euros, le decía a su mujer.
Josefa enfadada le aleccionaba: «Cuélgale, cuelga, ya buscaremos a otro».
Valentín susurraba: No hay tiempo y no tengo recomendado a más nadie, ¡Por favor!
¡Déjame hablar con el hombre!
Valentín retomando la conversación telefónica con Josep: ¡No poseo esa cantidad de pasta!
El experimentado experto negociador: ¿Cuánto tiene?
Valentín: No le voy a mentir ni tratar de timarlo, solo poseo…
Valentín hablaba lentamente buscando la aprobación de Josefa que estaba al pendiente a su lado: «Poseo 800 euros, es todo lo que tengo».
Josefa lo regañaba con gestos, susurros y gesticulaciones y Valentín encolerizado le gritaba en voz aguda: «Te di chance, te di la oportunidad que me dijeras cifra».
Josep al otro lado del teléfono: «Le propongo lo siguiente, acepto sus 800 euros, pero me quedo con las copias de las visualizaciones que arrojen los aparatos sobre los pergaminos que están en el ánfora y me permitirá sacar impresiones digitales de los utensilios antes que lleguen las autoridades».
Valentín meditó un momento: ¡Vale! Acepto.
Josep: «Estaré allí en horas de la tarde».
La incertidumbre cubría a la pareja, hasta pensaron en echarle tierra al hallazgo para que el gobierno no se quedara con la huerta.
Pasadas las horas, Josep marcó el teléfono para que en una hora lo recogieran en la localidad de Senija, la más cercana al terreno.
Valentín se subió a su camioneta Toyota y voló entre el tierrero del sendero, pasando por cultivos de viñas, almendros, olivares, algarrobos y cereales.
Allí, en la pequeña terminal de autobuses de Senija, se encontraba Josep acompañado de dos asistentes y una interminable hilera de equipajes.
No hubo protocolo, se montaron de inmediato en el viejo campero, al llegar al huerto, desplegaron todo su menaje, lo que impresionó a Valentín fueron los rayos láser de color verde azulado que formaban cuadriculas en el aire, luego pasaron una especie de podadora que jalaban de un lugar a otro, que emitía frecuencias que dibujaban todo lo que estuviera enterrado, pasaron las horas y decaía la fuerza del sol, los asistentes de Josep sacaron grandes lámparas como de estudio de cine y siguieron con sus exhaustivos análisis forenses arqueológicos. Pasaron horas e interminables suposiciones hasta que, al fin, ya tenían suficientes análisis para ser documentados.
Josep invitó a Valentín y a Josefa para que se acercaran al monitor, donde develarían lo escrito en griego antiguo los pergaminos, era el tesoro de un agricultor;
Estaban las técnicas milenarias de los griegos para sembrar y cosechar los frutos de los olivares, el uso del aceite en medicina, como detener infecciones, fertilizantes orgánicos con las cenizas de las raíces muertas y frutos maduros para revitalizar olivares viejos, y fórmulas de fertilidad de aceite extra virgen más la jalea real de las colmenas para concebir descendencia.
Josep les concedió la oportunidad de copiar con lápiz y papel todas las fórmulas del monitor que el previamente tradujo y así despedirse de Josefa y regresar por donde vino.



