25. La llamada
Cuentan que, por los cerros de Úbeda, infinitos como el pensamiento que los evoca, Antonio se perdió para siempre.
Llevaba unos días desasosegado, a decir de sus paisanos, durmiendo poco y mal, pese a los vasos de leche caliente recetados por su médico de cabecera. A él le contó que, cuando caía la noche, comenzaba a escuchar una especie de susurro tan prolongado que apenas podía conciliar el sueño.
−¿No es un pitido?−preguntó el galeno.
−No, es un susurro, como un rumor de voces lejanas.
−Pues debe verte un especialista.
−Sea.
No dio tiempo. La última noche Antonio se acostó resignado a no dormir y no lo hizo, sobre todo porque el volumen del susurro aumentó y del rumor fue capaz de deducir una palabra. Se incorporó en la cama, ladeó la cabeza y aguardó unos segundos hasta que confirmó que las voces le llamaban por su nombre. De repente, lo entendió todo y supo lo que tenía que hacer: se vistió, salió a la calle y anduvo deprisa hasta la salida del pueblo, respondiendo a la llamada. Abandonó la carretera, adentrándose en el olivar iluminado por la luna. Los olivos dejaron de susurrar… ¿O no?



